Muerte

A VECES… (Alberto Meléndez)

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A veces creo que mi trabajo no tiene sentido. A veces me siento un intruso, un farsante… Entro en la vida de las personas, de las familias, en un momento especialmente frágil. Sí, soy bien recibido. Y luego el agradecimiento sincero carga mis pilas. De energía. De vanidad. De argumentos…

A veces creo que formo parte de la rueda que tanto critico. A veces siento que el dolor del otro no me alcanza, no me penetra. Solo lo observo mientras paso tiempo en cosas banales. Aliviar el sufrimiento a veces no es fácil. Casi nunca. Y cuando se profesionaliza, cuando se protocoliza, cuando se convierte en un formulario….

Muchas veces siento que priorizo la atención sobre el acompañamiento, la discreción sobre la palabra, el bosque sobre el árbol. La medicina frente al remedio.

Hoy es un día de esos.

Hoy se ha ido Bego. Hace un rato. En su casa. Con sus padres, uno a cada lado. Con su melena teñida de rojo como último acto de rebeldía. Con 40 años recién cumplidos. Con el permiso de su madre que se lo ha ido dando al oído desde que hace menos de 48 horas comenzara su sueño final. Con su padre al lado. Como siempre. Con su belleza intacta que la enfermedad no hizo sino acentuar. Con su mirada. Que se clava hoy en la mía como hace tres meses, cuando la conocí. Cuando dijeron que no se podía hacer más. Cuando nos preguntó enfadada qué íbamos a hacer, que basta de pruebas, que basta de “pirulas”, que basta..

Y tres meses después yo hoy también estaba allí. Como un grafiti en un cuadro de Velázquez. Pintura menor sobre Pintura mayúscula. Como un buceador en la luna. Equipado para nada. Con la incomodidad de quien sabe que sobra y que sabe que nadie le dirá que sobra.

Tres meses después. Con el recuerdo lejano de esos tres meses. En los que Bego pudo volver a reír, pudo volver a bañarse en su playa de Zarautz, donde creyó incluso que todo era un error, que ella podría con ello. Mi mente se aferra a esos recuerdos alegres buscando justificar y sanar lo que siento.

Hoy es un día de esos en los que me enfrento con mi finitud, con mi incapacidad, con mi frustración. Días en los que dudo de todo, del sistema, de los fármacos, de mí. Días en los que se reafirma en mi alma que lo que vale son las personas, el contacto, la relación honesta. Que los programas, servicios, planes, protocolos… sirven a otros intereses, no al enfermo. No a Bego.

Hoy es un día de esos.

Se (me) pasará.

(Antes de terminar esta entrada me han hecho una visita. Una amiga, una compañera, una enfermera. Me ha “leído” el blog en los ojos. Y, como es buena amiga, no me ha dado ánimos, no le ha quitado importancia a mis dudas, no me ha regalado con palabras amables. Ha hecho más. Me he sentido con permiso para tener estos días… )

CALIDAD DE VIDA. CALIDAD DE MUERTE. CUESTIÓN DE ¿SUERTE? Alberto Meléndez

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“Morirse es un trabajo duro”. Esto nos decía el otro día Jesús [1], un señor de más de 80 años mientras desgranaba sus últimas horas en su pisito de Vitoria-Gasteiz. Acompañado de los suyos, Jesús seguía dando muestras de cariño pese a su debilidad. Cariño y orgullo hacia unos hijos (Andrea y Kike) que habían conseguido protegerlo del sistema sanitario. No sin esfuerzo. Pero había merecido la pena…

Euskadi cuenta con un sistema sanitario envidiable. Su red hospitalaria y de atención primaria de salud cubre con garantías todo el territorio vasco. Estructuras modernas, servicios bien dotados, profesionales preparados…

Sin embargo algo no funciona bien. Todos estos servicios, estructuras, tecnologías parecen sorprendentemente orientados a una población joven y sana (o potencialmente curable) que dista mucho de ser la que la demografía vasca muestra. Y cuando un individuo de esa población no es “o joven o curable” el sistema se le vuelve hostil de tal forma que la misión de quienes le cuidan se basa más en protegerlo del mismo que emplearlo en su beneficio.

Cuando Jesús fue diagnosticado de un cáncer avanzado tanto él como su familia tenían muy claro que serían ellos quienes tomaran las decisiones más importantes del proceso. Así, fue Andrea, la hija de Jesús, la que insistió a su médica de cabecera que no les mandase al hospital cuando su estado empeoró; que Jesús, su hermano y ella misma asumían que su padre simplemente se iba a morir. También fue Andrea la que decidió suspender las consultas pendientes con tres especialistas hospitalarios distintos, así como que su padre dejara de tomar esa medicación que le “vuelve la sangre más líquida” y que le obligaba a realizarse controles periódicos. Conocían bien esa medicación. También la tomaba Esperanza, la esposa de Jesús. Su enfermedad les sorprendió cuando Andrea y Kike criaban a sus hijos. El “sistema” les engulló. Pruebas, consultas, ingresos, urgencias. Un sinfín de procedimientos que ni siquiera bajaron de intensidad cuando se descubrió que el tratamiento no podía con la enfermedad. Nunca olvidarán esas últimas noches en el hospital, el frío del pasillo, la ansiedad de la mañana esperando indicios que anunciasen que venía la médico, deseando que al menos fuera la misma que el día anterior…

Hace años que la Medicina ha redefinido sus objetivos. Cuando curar no es posible, empeñarse en ello no sólo es inútil y extremadamente caro, sino que aumenta el sufrimiento hasta límites que nadie desea. Nadie desea pero “todos toleran”. Buscando adecuarse a esos nuevos objetivos, los Cuidados Paliativos nacieron ya hace medio siglo en Reino Unido y han mostrado ser la respuesta más adecuada para pacientes con cáncer y con enfermedades distintas al cáncer, donde la curación no es previsible y el final de vida se está acercando. Hoy día nadie duda de que esta “mirada paliativa”, esta forma de atención, produce una mejoría en la calidad de vida de los enfermos y de las familias cuidadoras, mientras provoca un drástico ahorro de recursos económicos al sistema de salud. “Esperando lo mejor y preparados para lo inevitable”.

El desarrollo de los Cuidados Paliativos, creciente en los países más avanzados y muy heterogéneo en el Estado, presenta un crecimiento especialmente lento en Euskadi. De esta forma, estudios como el publicado este mismo año por la Asociación Española de Lucha Contra el Cáncer (AECC) la sitúan a la cola dentro del Estado Español.

Hace unos meses el Parlamento Vasco aprobó por unanimidad la Ley 11/2016, de 8 de julio, de “garantía de los derechos y de la dignidad de las personas en el proceso final de su vida”. Poco antes, en abril de este mismo año 2016, se publicaba el Plan de Cuidados Paliativos de Euskadi 2016-2020 que marcaba las líneas generales para estos cuatro años, pretendiendo homogeneizar la atención al final de la vida en los tres territorios de la Comunidad. Pero ambos textos, sin duda un avance esperanzador, siguen sin hacer una apuesta clara por los cuidados paliativos. Sin presupuesto económico asociado, la Ley (y el Plan) se limitan a dar unas orientaciones generales. Con esas orientaciones confían en que las estructuras existentes adquieran esa “mirada paliativa” y depositan en las direcciones de las distintas Organizaciones Sanitarias Integradas la responsabilidad de ese giro. Y ese giro no se va a producir.

No, mientras los Cuidados Paliativos no sean una asignatura en la Facultad de Medicina de nuestra UPV (ya lo es en 14 facultades del Estado). No, mientras la formación en Cuidados Paliativos no forme parte de los programas formativos de las especialidades más relacionadas (medicina interna, medicina de familia, oncología…). No, mientras las estructuras actuales de Cuidados Paliativos no estén presentes en todos los niveles asistenciales, con igual potencia de recursos que las tradicionales. Mientras los recursos específicos sean exiguos y poco prestigiados. Mientras nuestro sistema de salud no se enorgullezca de tenerlos y los apoye…

Sin duda, tanto Plan como Ley son pequeños pasos. Pero “hay precipicios que no se pueden superar a pasitos…”.

Andrea y Kike han venido a vernos. Estuvimos con ellos en todo el proceso de Jesús. Andrea nos buscó, nos conocía “de oídas”, sabía que había un equipo que daba apoyo a los médicos y enfermeras de atención primaria en casos como el de Jesús. Se había propuesto que no volverían a vivir lo que sucedió con su amatxu. Estuvimos “ahí”. Les ayudamos en la toma de decisiones y pudimos apaciguar los síntomas más incómodos, especialmente en el final. Vienen emocionados a mostrarnos su agradecimiento. Orgullosos de haberlo logrado.  Nos dicen que, aun con todo, creen que han tenido suerte.

[1] Nombres ficticios, situación real salvo algunos cambios para mantener la confidencialidad

Nota: este artículo obedece a un encargo realizado por eldiarionorte.es para un editorial de opinión de esta revista

CUESTIÓN DE TIEMPO (Alberto Meléndez)

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No podían seguir así. El tiempo pasaba. En pleno siglo XXI…, ¿no se podía adelantar? La espera estaba siendo terrible. 7 meses, les habían dicho. Quizá 8. ¿Pero de verdad era necesario esperar tanto? Las piernas inflamadas, la tripa hinchada, esa cara… ¿De verdad es necesario sufrir tanto?

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Las miradas acusadoras se dirigían al médico. Sí, habían optado por quedarse en casa. Y sí, pretendían que la naturaleza marcara su curso. Pero trabajos esperando, la incertidumbre del “cuándo será”, las obras pendientes en la casa, la baja laboral… ¿Cómo era posible que no se pudiera elegir el momento, una vez que estaba todo decidido? ¿Dónde está la autonomía de la persona? ¿Seguimos como hace 300 años, a merced de la Naturaleza?

El médico bajaba la cabeza. Iniciaba frases que se quedaban en murmullos. No era la primera vez. No sería la última. “Esto antes no pasaba”, le decían sus compañeros veteranos. “Antes la gente aceptaba sin más. Sin embargo ahora…”.

Pero no. No podía ceder. Sabía que había formas. Había oído que había fármacos, otras estrategias… No. No sería él quien actuara de esa forma.

Unos días después nació un niño precioso. A su debido tiempo. Cuando tocaba.

DÍA INTERNACIONAL DE LOS CUIDADOS PALIATIVOS. AQUÍ Y ALLÁ. (Alberto Meléndez)

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El próximo día 8 de octubre se celebra el Día Internacional de los Cuidados Paliativos. El lema de este año reivindica el acceso al tratamiento del dolor para todo el mundo (“Vivir y morir con dolor, algo que no debería suceder”).

No debería suceder. No en nuestro entorno más cercano. No en nuestro país. No en Europa. No en ninguna parte del mundo. Pero sucede. Aquí y allá.

Allá, por unos sistemas sanitarios empobrecidos, donde el acceso a los medicamentos es errático, donde la salud es un negocio de unos pocos, donde el tráfico y el abuso de sustancias impiden (o sirven de excusa) la comercialización normalizada de ciertos medicamentos esenciales.
Allá, por unos gobiernos manejados desde afuera (desde “aquí”), donde lo esencial en todos los aspectos de la vida está lejos de ser cotidiano.
Allá, en lugares donde la vida de un enfermo no vale nada, donde los esfuerzos han de dirigirse sólo a donde haya posibilidad de curar…
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Y aquí.
Sí, aquí. En pleno siglo XXI en esta sociedad de confort, de los grandes avances. Aquí. Aún se vive con dolor y se muere con dolor.
Con exceso de fármacos y déficits de sonrisas. Con mucho hospital y poca hospitalidad. Con muchos fonendos y pocas manos. Con muchas palabras y pocas verdades.
Aquí todavía los cuidados paliativos no son garantizados por un sistema sanitario que presume de puntero. Aquí se sigue distinguiendo entre lo “social” y lo “sanitario”, como si la persona sufriera por parcelas y la atención pudiera fraccionarse y ser “buena”. Se confunde dignidad con rapidez, sufrimiento con estorbo, calidad con registro, valor con precio,…
Pero aquí seguimos unos cuantos. Cada vez más. Peleando para hacer visible otra forma de atención. Para sacar a la luz el verdadero alivio de cientos y cientos de personas, cada día. En centros de salud, en hospitales, en residencias, en domicilios… Mostrando y demostrando que “cuando curar no es posible, siempre es posible cuidar”. Afrontando el dolor desde todas sus facetas, sin ignorar ninguna. Para apartar del proceso de final de vida todo aquello que lo hace innecesariamente doloroso; la soledad, el aislamiento, el engaño… Y además, algunos de nosotros mirando hacia “allá” con cariño y respeto. Intentando que lo que aquí sobra llegue a los que allá necesitan.
Es necesario recordar esto, aunque sea un día al año, aunque suene a lo mismo de siempre. Es necesario.
Para aquí y para allá.
Día internacional de los Cuidados Paliativos.
8 de octubre de 2016

DUELO Y CULPA (Alberto Meléndez)

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Como CARTELdef.jpgparticipante en el próximo SIAP he redactado un caso de duelo que será valorado por una residente y expuesto para ser comentado. No estaba previsto que fuera además una entrada en el blog, pero Maxi me ha animado a hacerlo. Como siempre, los nombres son ficticios. El resto no. Ni mi pudor que se acentúa especialmente en esta entrada.

Si seguís leyendo entenderéis por qué… Y comentad lo que queráis. Ayuda mucho cuando lo hacéis…

 

Como seguro que ya sabéis los que nos leéis en este blog, yo trabajo en un equipo de soporte en cuidados paliativos. Nuestro soporte varía entre “nada” y “todo”, y entre “toda la etapa final” a “un momento puntual de la misma”. Por este modo de entender el soporte no solemos seguir lo que se han llamado trabajos de duelo. Creemos que no es nuestra función ya que además apartaría aún más al equipo de cabecera de una función especial y “sagrada”… Sí que solemos hacer una llamada pasados unos días del fallecimiento del paciente. No lo tenemos protocolizado (para bien y para mal), pero son llamadas (en algunas ocasiones visitas) que pretenden “cerrar” historias y dar la oportunidad al cuidador principal de comentar cómo se siente y cómo ha iniciado su trabajo de duelo. Teóricamente sirve también para detectar situaciones de riesgo de duelo complicado, pero estos casos son excepcionales.

El caso de Silvia era especial. Una amiga común nos llamó para decirnos que estaba fatal. Que casi un mes después de fallecer Emilio, su padre de 87 años, seguía sin acudir a su trabajo (una pequeña tienda de ropa de señora), sin responder a los mensajes, contestando con monosílabos al teléfono fijo y con el móvil “apagado o fuera de cobertura”… Emilio había estado sus últimos 10 años de su vida luchando contra una enfermedad hematológica “crónica” que al final había desgastado sus fuerzas y sus ganas de vivir. Cuando le conocimos, desde el servicio de hematología descartaban realizar más transfusiones y recomendaban “control por su médico de cabecera”. Médico al que, a pesar de la elevada edad y sus problemas crónicos, apenas conocían dado el carácter “hospitalario” de sus dolencias. Hasta ahora…

Nos costó localizar a Silvia. Varias llamadas a su móvil, muchas más al teléfono fijo… Sin embargo fue ella la que nos llamó al ver las llamadas perdidas. Con voz baja, de tono aséptico, inició la conversación agradeciendo lo que habíamos hecho por ellos. Insistimos en verla. No fue difícil quedar. Seguía en casa de sus padres “ayudando a su madre” según nos dijo. Allí les conocimos…

Entonces fueron apenas tres visitas. Emilio estaba sentado en un sillón aquel primer día. Más que sentado, atrapado entre cojines para que su debilitado cuerpo no cayera vencido hacia los lados. Su palidez cérea contrastaba con la oscuridad del entorno. No se quejaba de nada. Apenas respondía con monosílabos y en un hilillo de voz. Estaba “bien”. Casi no comía ni bebía desde hacía un par de días. Todos, creo que incluido él, sabíamos que era el final. Su esposa Teresa, bastante más joven que él, parecía tremendamente tranquila y adaptada. A su lado Silvia.

images-2.jpgComo decía las cosas fueron yendo fluidas. Una palomilla subcutánea para administrar la medicación para dormir y para el dolor que ya no podía tomar por boca, unos consejos de higiene, las posturas en la cama, unos silencios acompañados… Medicación “de rescate” por si aumenta el dolor. Y por si está más nervioso. Y por si aparece disnea, agitación, o secreciones que no pueda expulsar. Todo escrito en un papel que aquí se queda. Unos teléfonos para el fin de semana. Un abrazo al despedirnos el viernes. Un “ya hablamos”…

Emilio falleció ese fin de semana. No necesitaron llamar a ningún servicio de emergencias salvo unas horas antes de fallecer ante la persistencia de una respiración irregular y ruidosa; usaron el servicio que aquí en Euskadi se llama “Consejo Sanitario”. Pero no fue necesaria la visita de ningún profesional.

Todo bien.

Estos y otros detalles aparecen en mi memoria cuando Silvia nos abre la puerta. La casa, las alfombras, el reloj grande del salón… El sillón donde estaba sentado Emilio parece ahora mucho mayor, libre de los cojines y de aquel cuerpo que ya se iba. Silvia nos ha preparado en una bolsa las medicaciones que images-1.jpgya no usarán. Ha guardado hasta las jeringuillas vacías de la morfina y el midazolam. Nos da las gracias por todo. Pero algo no va bien.

Le preguntamos cómo fue. No nos mira. “Horrible”, dice. “Su pecho metía un ruido como el de una olla hirviendo. Nada le calmaba. Llamé al teléfono que me disteis.” Calla. Llora. Llora hacia adentro. Su cuerpo sentado se endereza esforzándose en sacar pecho y elevar la cabeza. Pero no es capaz de mantenerlo y con una espiración ruidosa dobla la espalda y entonces llora hacia fuera. “Sé que hice bien. Eso os había entendido. Me dijeron que tanta medicación podría tener efectos secundarios. Pero yo os entendí eso. Que si se agitaba le pusiera. Todo lo que necesitara. Creo que yo le maté. Yo entendí eso. Pero creo que se murió por mi culpa. Yo lo maté…”.
La sorpresa nos paraliza. Repaso en mi memoria aquella última visita. Lo que hablamos. Lo que no dijimos. Lo que dejamos escrito. Me salen un montón de explicaciones, de excusas… Esa medicación, por esa vía y a esas dosis no es capaz de provocar nada, ni siquiera de adelantar un final que era inevitable. ¿No hablamos de esto? Podría explicarle. Darle datos de estudios, de nuestra experiencia.  ¿Por qué no nos preguntó nada? Pero me callo. Creo que no es el momento. Siento rabia y vergüenza. Me siento culpable…

Permanecemos en silencio. El reloj del salón sigue marcando el ritmo de un tiempo que parece parado.

Habrá otra visita. Tendrá que haberla.

CARGAS (DE PROFUNDIDAD) (Alberto Meléndez)

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Marisa ronda ya los noventa. Dicen los que la han conocido que nunca aparentó la edad que tenía. Enviudó lo suficientemente tarde para no necesitar buscar pareja y lo suficientemente pronto como para vivir plenamente otra etapa de la vida. Esta, la vida, no la trató mal. Ahora en la cama de su amplia habitación sus cuatro hijos revolotean a su alrededor intentando adivinar qué pueden hacer para mejorar su estado. Porque Marisa está mal. Muy mal, nos dice. “¿Qué es lo que más te molesta?”, pregunto yo con mi eterna frase fruto de las enseñanzas del gran Dr. Viguria. “Ser una carga”, contesta ella cerrando los ojos.

Xabi no llega a los siete. Cara redonda, de luna llena, que dicen en los libros. De sol lleno, diría yo. El ojo izquierdo parece buscar algo cerca de su sien izquierda, pero el derecho nos mira con fijeza y calidez. Edurne, su madre, nos traduce lo que balbucea. Es algo de Bob Esponja. Sentado en el sofá parece un Buda. Desde luego, algo tiene de iluminado. Aitor, su padre, nos dice que creen que es feliz. Que ya no camina. Que un brazo yace muerto sobre su abdomen estriado. Que no te ve si te acercas por el lado malo. Que se atraganta aunque no pararía de comer. Pero que es feliz… Dependencia-emocional-300x180

Marisa no puede vivir su final de forma feliz porque se siente una carga. Esa sensación se convierte en angustia que lo invade todo. Sus hijos, que la quieren y a los que quiere, se ven impotentes ante esto. Xabi no se siente una carga. Asume como normal que aita y ama estén día y noche a su lado. No sabe del permiso laboral de su madre ni de la baja de su padre. Saborea el helado mientras Bob Esponja grita no sé qué de un calamar…

Sentirse una carga es la razón más repetida a la hora de pedir que todo termine. Es el miedo más atroz, el sufrimiento más real… Es (en parte al menos) lo que diferencia el sufrimiento de Marisa del de Xabi. Y sin embargo…

Como hacemos por rutina (aunque no rutinariamente) llamo a Cristina, la hija mayor de Marisa. El día previo a su fallecimiento ya nos despedimos de ellos de una forma especial. Estas cosas nunca se saben, pero todos teníamos la “certeza” de que Marisa se iba. Han pasado doce días y ahora tengo un momento de calma. Cerrar el caso es una necesidad. Al menos en mí… Cristina responde emocionada. Me cuenta cómo en el funeral se habló de nosotros cinco (de nosotros tres y de su equipo de cabecera), de lo satisfechos que habían quedado todos sus  hermanos con lo que habían podido hacer por su madre. De lo triste que está, que están. De lo duro que es. De su agradecimiento hacia nosotros (intento cambiar de tema, es un problema mío, no me gusta que me lo agradezcan…)… Pero sobretodo de la profunda satisfacción que acompaña a su tristeza. La sensación del deber cumplido, de “haber hecho lo que había que hacer”.

No es nuevo. Casi podría decir que es una constante. Tanto la queja de Marisa como la satisfacción de Cristina. Van de la mano. ¿Cuándo empezó esto a ser así? ¿Qué originó que lo que es consecuencia lógica del amor se transformara en castigo? ¿Quién merece el cuidado? ¿Hay que merecer ser cuidado? ¿Es cuidar una condena? Vemos que se puede ser feliz cuidando. ¿Se puede ser feliz sin cuidar?

Muchas preguntas. Mi trabajo me proporciona esto. Preguntas. Que me hago y comparto. Que no respondo. Que me responderé cuando me toque. ¿Amaré tanto como para dejarme cuidar?

PD1. Fernando, ojalá pronto puedas leer esto. Y contarnos lo que piensas. Y aprender de nuevo de ti. Y sentirme idiota por escribir de algo que conozco sólo de oídas, sólo desde un lado de la barrera…

PD2. Por supuesto, los nombres del relato son falsos. No las situaciones ni la gran admiración que siento por ellos.

PD3. Cerrando ya el post (ya os he contado que me cuesta…) recibo de Emilio Herrera esta diapositiva en torno a la creación de la asociación Public Health & Palliative Care International. La pregunta (traducción libre);

¿Cuánto de lo que hacemos como profesionales podría ser hecho por no profesionales y propiciar así a familiares, vecinos y amigos tener una vida más plena y llena de significado?

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VARICELA COMPLICADA (Maxi Gutiérrez)

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En estos días hemos tenido la triste de noticia de la muerte de una niña por una complicación de la varicela en nuestra ciudad. Quiero en primer lugar, manifestar mi solidaridad y apoyo a los familiares de Anne que sin duda estarán sufriendo la pérdida y la incomprensión de una muerte así.

Hospital Universitario de AlavaSi cualquier persona no puede por menos de sentirse sobrecogido, a los profesionales sanitarios se nos añade la preocupación por el proceso patológico y cómo se ha dado curso a tal situación. Seguramente por que nos ponemos en el papel de qué habríamos hecho nosotros o de cómo nos sentiríamos si fuéramos nosotros los profesionales implicados.

Este acontecimiento se ha visto magnificado por circunstancias que, si no ajenas si un tanto accesorias, nos han hecho escuchar todo tipo de valoraciones de personas supuestamente cualificadas para dar su opinión en los medios públicos.

Circunstancias como el domicilio en el Condado de Treviño han producido intervenciones con intereses claramente políticos o las recientes decisiones sobre la gestión de la vacuna de la varicela han producido intervenciones en uno y otro sentido. Todo ello no ha contribuido sino a mantener la polémica, confundir a la opinión pública y, sin duda, aumentar el sufrimiento.

Desconozco los detalles y el procedimiento seguido como para poder hacer un juicio. No descarto ninguna de las hipótesis ni me corresponde a mí realizarlo. De eso ya se encargarán los que deben y será bueno que lo hagan de forma pausada, medida y con la sensibilidad suficiente para hacerse entender sobre todo por los más directamente implicados.

Sólo quiero reivindicar una circunstancia que cada día vivimos los sanitarios. Somos gestores de los recursos públicos. Nos hemos formado y se nos paga para que hagamos bien nuestro trabajo, para que indiquemos los recursos necesarios y suficientes para que las personas puedan mantener o recuperar su salud. Todos los días tomamos decisiones de trascendencia, a veces en condiciones que no son del todo óptimas, intentando hacerlo lo mejor posible. Pero, no somos infalibles, podemos equivocarnos.

Sólo espero que quien nos encarga esa difícil tarea, ante nuestra ineficaz actuación con resultados a veces lamentables, analice y pida cuentas de ello pero, que también manifieste apoyo y capacidad de entendimiento a los profesionales porque entre ellos también hay mucho sufrimiento.

Mi recuerdo y apoyo va también para los profesionales sanitarios que atendieron a Anne.