Gestión de recursos sanitarios

LA COMPLEJIDAD DE LO COTIDIANO (Maxi Gutiérrez)

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Una mañana de miércoles que empieza a ritmo pausado. Un vistazo a la agenda con varios huecos libres genera una suspiro de alivio. Solo un repaso a los nombres y apellidos que se desgranan en las tareas pendientes ya genera sensaciones diversas. Es lo que produce la longitudinalidad: ya sabes por lo que algunos vienen antes de que lo cuenten. Nuestro barrio está en crecimiento y por ello se producirán en la mañana encuentros nuevos que requieren presentaciones, conocimientos y “mediciones varias” entre el médico y su paciente. Como todo lo nuevo, la sorpresa me inquieta, me reta y por momentos me extenúa.

 

Comienza la mañana con una crisis asmática. Precisa inhaladores y eso obliga a tratamiento y reevaluación además de la pertinente intervención sobre el tabaco que engancha y ahoga a la paciente en igual medida.

Andreas ha vuelto del hospital a casa después de una intervención en neurocirugía. Viene con dolor en la cabeza y en el alma porque ambas han sido revueltas durante el ingreso. El corticoide le descontroló el azúcar. Toca ajustar los fármacos que nadie mecanizó en el sistema informático y poner calma a la ansiedad no resuelta del paso por el hospital, ese lugar tan necesario como rechazado. Me despido con un “Andreas mañana hablaremos para ver cómo va todo”.

A Cristina le duele el cuello. Le han tratado en la mutua y de momento, aceptan su causa laboral pero, viene a contarlo porque… no sabe porqué pero acude y expresa sus miedos, sus peticiones de segunda opinión, sus incertidumbres. Se marcha con las mismas pautas aunque quizás un poco más descargada de sus contracturas. Volverá.

Y entre medio hay consultas de resultados analíticos que hay que contextualizar en la persona que tengo delante, explicar y proponer un plan.

Una llamada enciende todas las alarmas. Viene Ahmed a pedir una consulta al domicilio porque su tío ha llegado hoy mismo del Sahara y está enfermo. Es urgente… era urgente pero, se pudo demorar con unas pautas de cómo tomarle la temperatura, darle paracetamol y calmar la espera. Llevó tiempo pero, aliviamos los síntomas y nos libramos de salir y dejar todo empantanado.

Lumbalgia repetida, resultado de la radiografía y faringitis que nunca debieron venir… van desfilando.

Una llamada de servicios sociales que anuncia que mañana vendrá a consulta una mujer con sospecha de depresión postparto que han detectado porque quería dar su hijo en adopción. ¡Bendita coordinación y continuidad!.

Antonia viene a por unos resultados pero, también quiere contar la preocupación con su marido por su comportamiento incoherente y violento en ocasiones. Hay que diseccionarlos para desgranar una situación de violencia de pareja o una enfermedad mental o qué se yo que más… Elaboramos un plan para observar y abordar la situación con él sin incluir toda la información explícita que Antonia me ha aportado. Hay que anotar con detalle porque si no todo se olvida.

Vuelve Pilar con su mareo: “ya se sabe que a los noventa y pico uno no tiene esperanza de mejoría pero, esto es lo peor que me ha pasado en la vida”. Creo haberle oído lo mismo en consultas previas. A pesar de todo hay que reevaluar, explicar y proponer… “y si algo empeora, ya sabes dónde estoy”.

Un joven con condilomas se acerca entre avergonzado e indefenso. Requiere hablar de sexo, de protecciones, de relaciones y de vida que en definitiva, es lo que nos preocupa. Porque los condilomas que se van crio-tratados eran una excusa.

“¡Ah! y que me pongas para recoger en la farmacia lo de la alergia que ya sabes que todas las primaveras…”

El último paciente es Javier que viene con su hermano porque apenas se vale por sí mismo. La ELA va degenerándolo todo y ahora estamos con la diabetes y los ajustes de insulina. Al fin y al cabo es lo único que va bien porque esta enfermedad va deteriorando a la familia al completo. Y todo esto merece un tiempo de escucha y de apoyo.

Aún queda una ecografía clínica programada que nos permita quitar preocupación a la espera de la ecografía hospitalaria. Alfredo está esperando un tanto nervioso. Difícil concentrarse cuando miro el reloj y son cerca de las dos de la tarde.

Y para terminar hay que ir a visitar al tío de Ahmed que espera en su domicilio aliviado por el paracetamol pero, necesita un diagnóstico y tratamiento para un cuadro de gastroenteritis que se está prolongando y que habrá que estudiar con varias pruebas.

 

¿Complejo? Nooooo. Solo difícil de gestionar el tiempo para repartirlo de forma adecuada. Tolerar la incertidumbre para que nada grave quede oculto. Y adecuar la práctica a la utilización de pruebas, recursos y tratamientos ajustados a la patología y desde una perspectiva bio-psico-social.

No quiero decir que todo lo complejo se concentre en la consulta del médico de familia pero, sí reivindicar el respeto debido a nuestro trabajo. Le pido respeto a nuestros gestores para que valoren nuestra trabajo en su justa medida y lo manifiesten en acciones más allá del aburrido discurso sobre la importancia de la atención primaria. Y te pido respeto a ti cuando acudas a la consulta de tu médico, que comprendas que lo de antes y lo de después condiciona y preocupa, que no le midas por un único encuentro, que seas paciente (de paciencia) y tolerante.

 

El estudiante de sexto curso que me acompaña… ¡Ah claro, no había dicho que también soy docente!. En medio de todo esto uno pretende enseñar lo que es la medicina de familia como disciplina apasionante y extenuante. Digo, que el estudiante expresa un suspiro y me dice que odia los días que empiezan con huecos en la agenda.

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¿POR QUÉ NO CELEBRAMOS MAS LO QUE TENEMOS? (Maxi Gutiérrez) en el Día de la Atención Primaria

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IMG_4762Hoy la mañana se presenta tranquila. La agenda está despejada a primera hora pero, en este trabajo nunca se sabe cómo terminará el día. Un vistazo a los pacientes para reconocer algunos nombres y hacerme una idea de por dónde irán las cosas hoy.

La visita de las responsable del área administrativa suele ser habitual. Siempre atenta a todo lo que pasa en el centro, repasando las agendas y las ausencias, organizando las reclamaciones, pendiente de cada miembro del equipo. Sin ella sería imposible.

Repasar, reponer y colocar la consulta para que todo esté listo y que cada uno de los que entren por la puerta encuentren ayuda de forma ágil y eficaz.

IMG_4761La primera paciente del día tenía una cita concertada. Su infección respiratoria se ha complicado con afectación bronquial y precisa un tratamiento y un seguimiento más intensivo. La auscultación tiene que ser exhaustiva para poder determinar si la evolución está siendo satisfactoria aunque, la expresión de su cara lo dice todo y sonríe cuando le digo “Palmira ¡hoy sí que traes otra cara!”.

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Pasa Ana Rosa que no ha podido dormir en toda la noche por un dolor de oídos. Sin embargo, no ha tomado ningún tratamiento. Prefiere venir para que le diga lo que tiene… o lo que no tiene, quién sabe.

 

 

IMG_4764La tercera es Margarita que, exhausta lanza sobre mi mesa un papel con algunas manchas de grasa donde se leen hileras de cifras. “Ahí tienes las glucosas de la amatxo… que no hacemos carrera!”. Y seguimos ajustando las cifras de insulina mientras hablamos de la imposible dieta y de los disgustos y cansancios de la vida.

Y después entra Mikel que comienza hablando de la vasectomía y terminamos compartiendo las desesperaciones de un padre al que nunca le explicaron qué era aquello de convivir con un bebé.

Va pasando la mañana y el ordenador bien parece la pantalla vibrante del aeropuerto que anuncia las próximas salidas de vuelos; siempre interminables. Un sintrom ® desajustado viene de manos de la enfermera. Y apenas nos da tiempo a un pequeño descanso para reponer fueras y relajar esfínteres mientras la sala del café rebosa de bullicio por la última anécdota de mi compañera de enfrente. Me esperan Joaquín y María Luisa que quieren que les explique lo que les dijo “el de digestivo” porque no les quedó muy claro si era mejor operarse. Además de tres pacientes con fiebre. Varias consultas telefónicas “para que me arregle lo de las medicinas”. Una infección de orina… Y qué se yo qué mas.

Cuando al fin consigo ganarle el pulso a la agenda aún quedan varias tareas administrativas. “¡Suerte que hoy no hay domicilios porque tenemos sesión clínica!” me digo a mí mismo. Hoy toca repasar la reanimación cardio-pulmonar que de manera magistral ha preparado un compañero del equipo.

Siete horas después, uno ya no sabría enumerar todas las tareas ni las interacciones realizadas. ¿Satisfecho? sí. ¿Inquieto? también… y ciertamente cansado.

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Médicos con Valor (Mónica Lalanda)

Así he celebrado el “Día De la Atención Primaria”. Desde el habitual lugar en el que me siento, escucho, pregunto, exploro y propongo. Preocupado por hacer lo mejor posible un trabajo que tiene tanto de arte como de ciencia. Orgulloso de poder ser testigo de tantos relatos vitales. Satisfecho por contribuir a ese estado de bienestar que llaman salud o a ese proceso de acompañamiento que llaman cuidado. Y me pregunto, ¿por qué no celebramos el Día de la Atención Primaria desde lo que tenemos y lo que disfrutamos?:

. Son los pacientes, sus historias y sus agradecimientos.

. Las escasas barreras que generan la cercanía y la accesibilidad para que lleguen hasta mí las preocupaciones y los desazones de las personas.

. El conocimiento de las familias y sus dinámicas a veces, perversas y muchas más veces ejemplo de sustento y cuidado.

. Poder acompañar en el tiempo: desde el que nace hasta el que se consume por la enfermedad o la vejez a las puertas de la muerte.

. La presencia en la comunidad, el barrio, la asociación de vecinos, los colegios, el centro cívico, las asociaciones, etc. para escuchar lo que se necesita y llevar lo que es propio nuestro y que mejora al conjunto.

. Es el privilegio de sentirse útil, sin duda.

Celebrar la habitualidad y la grandeza de la consulta es tarea de todos los días para poder conservar una Atención Primaria y una sanidad pública amenazada. Porque, no soy un ingenuo, celebrar desde lo que vivo no me impide tener claro todo lo que falta por conseguir (o por recuperar… ya que alguien nos lo robó) pero, eso será motivo de otra entrada.

INVISIBLES (Alberto Meléndez)

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Un buen compañero nos definió así. Invisibles. “Es que los que trabajáis en esto de los Cuidados Paliativos sois invisibles” dijo. Y el lema de este año para el Día Internacional de los Cuidados Paliativos es “Paliativos más Visibles”. Dejar de ser invisibles…

Invisibles para los ciudadanos que prefieren no tener que conocernos. Para la “opinión pública” que prefiere opciones de blanco o negro que enciendan debates y afiancen posiciones ancestrales ya inamovibles. Para muchos compañeros que ven en nuestro forma de trabajo una amenaza, un juicio o un compromiso. Y para nuestros gestores, que de vez en cuando se limitan a dar muestras de apoyo moral mientras racanean los recursos que necesitamos para hacer nuestro trabajo.

Invisibles. Pero insistentes. Tercos. Debe ser eso de la vocación de cuya existencia dudaba Maxi en su reciente post.hands-image-web

Sin embargo, lo más grave no es nuestra invisibilidad. Al fin y al cabo tenemos el privilegio de trabajar en lo que nos gusta, de que nos paguen por ello, de seguir creciendo y aprendiendo. Lo más grave es cómo ese desconocimiento forzado, esa ocultación de nuestro trabajo se extiende (¿de forma intencionada?) a pacientes y familias, a los perdedores biológicos de esta vida de sanos y ricos que nos hemos montado. La sensación de soledad, de abandono, que percibimos en muchos domicilios es aterradora. Como en el gran cortometraje “Alumbramiento” (aquí su promoción), en esas casas el tiempo parece haberse parado. O mejor, parece haber tomado otro rimo, otra cadencia, sólo entendible para los que habitan entre esas paredes… Nonagenarios agarrotados, ancianos que preguntan, mujeres que lloran por ser cuidadas, hombres que aprenden a cocinar, jóvenes que nunca volverán a ser “jóvenes”… No aparecen en planes ni en organigramas. Ni en estudios ni en ensayos.

Invisibles. Pero existentes. Ciertos. Aunque desviemos la mirada. Aunque torzamos el morro al verlos citados en nuestra agenda. Aunque finjamos no ver la continuidad de cuidados que nos anuncia que de nuevo, otra vez, ha sido dado de alta del hospital…

Invisibles. Ocultos. Ocultados. Ellos y nosotros. Nosotros pero sobretodo ellos.

Quizá será que nuestra labor tenga que ser así. Invisible para ser eficaz. Oculto y ocultado porque “lo esencial es invisible a los ojos” que decía El Principito. Porque es otra mirada, son otros ojos los que ven y valoran este trabajo.

Prefiero pensar que somos como los Gigantes de mi Pamplona. Gigantes que giran, danzan, hacen felices a niños y grandes. Gigantes que son fotografiados, grabados en video, dibujados, serigrafiados en camisetas y bolsos. Y que cuando el baile acaba, de sus faldas salen unos seres que parecen diminutos a su lado. Sudorosos, dolidos, satisfechos. Orgullosos de dar vida a un icono. Felices por provocar sonrisas y hasta lágrimas. Y que, despacito, vuelven a sus casas gigantesen el anonimato de un autobús. Sabiendo que nunca estarán a la altura de lo que representan. Que si fueran más conocidos que lo que escenifican sería el fin de su grandeza.

Seguiremos tercos. Mostrando a nuestra sociedad y a nuestra profesión que esas personas que sufren son nuestra razón de existir, que merecen nuestro esfuerzo. Y que al hacerlo crecemos como personas y como profesionales. Pero sin esperar grandes reconocimientos. Porque quizá sea mejor así…

NO HE TENIDO TIEMPO (Maxi Gutiérrez)

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imageEs cierto, no he tenido tiempo. No he atendido este blog como debiera porque no he tenido tiempo. Hay veces que uno no llega a todo y al final, la conclusión es que falta tiempo y todo se puede zanjar con un “lo siento, no he tenido tiempo”.

Es curioso, hay personas a las que parece que siempre les sobra el tiempo. Que viven abandonados a la suerte de la inactividad. A otros, sin embargo, un segundo les resulta imprescindible para concluir una tarea que siempre se queda escasa de tiempo. No parece que el problema sea el tiempo porque las agujas del reloj tienen la misma cadencia para ambos.

Ciertamente el tiempo es limitado. Todos reclamamos un tiempo adecuado para poder desarrollar con calidad una tarea. Todos agradecemos cuando otra persona nos dedica un tiempo de calidad para atender nuestra necesidad.

La consulta del médico de familia es una continua fuente de conflictos con el tiempo y con los derechos que cada uno de los actores tiene para ejercitar su función en un tiempo.
El derecho que la persona tiene a que el profesional le dedique un tiempo justo acorde con su necesidad o con sus múltiples necesidades. El derecho del médico a poder disponer del tiempo adecuado para tomar las mejores decisiones. El derecho que tiene la siguiente persona a ser recibida a tiempo. O el derecho del profesional a terminar su jornada a la hora.
Demasiados derechos que los acontecimientos caprichosos de la vida se encargan de desdibujar unas veces en favor de unos y otras en detrimento de otros.

Y otra cosa que me llama poderosamente la atención son los compañeros que no tienen tiempo para desarrollar algunas cosas en la consulta. Los que no pueden dedicar su atención a mujeres víctimas de violencia de género, los que no atienden pacientes con necesidades paliativas y de enfermedad terminal, los que no introducen las actividades preventivas oportunistas o los que no pueden prestar atención a las necesidades sociales. Y entre otros, surge el mismo argumento: “no tengo tiempo”.
¿Os imagináis que un profesional de la atención primaria no tratara a sus diabéticos? ¿o que otro no tuviera tiempo para explorar la faringe ante un dolor de garganta?… Posible pero, poco frecuente. Quizás se parezca al traumatólogo que deriva la mano a un compañero porque lo suyo es la cadera. Pero, lo nuestro, lo de la medicina de familia es la atención integral de la persona, sin parcelas, sin fronteras.

imageNadie nos explicó en la facultad que los profesionales de la medicina somos gestores del tiempo. Que esa es una tarea difícil que se debe aprender y mejorar con la práctica. Y que aunque hay técnicas y mecanismos la gestión sigue siendo igual de difícil pero, que es parte inevitable de nuestra tarea.
Yo mismo experimento muy a menudo cómo me equivoco en hacer un justo reparto del tiempo. Lamento cómo no dediqué el tiempo adecuado a quien lo necesitaba, cómo la prisa impidió que aquella persona me contara lo verdaderamente importante,… y tantas otras pero, lo intento. Intento cada día priorizar y dedicar más a quien más necesita haciendo equilibrios en una cuerda sin red.

Por supuesto que debemos reivindicar los mejores medios para desarrollar nuestro trabajo, sin duda. Y el tiempo es uno de ellos porque, en sí mismo es terapéutico y cuando no dispongo de él es fácil que pueda tener la tentación de sustituirlo por una prueba diagnostica o por un fármaco innecesario. Tenemos que exigir que nuestros jefes y gestores velen para que el tiempo sea un valor en alza. Pero, en el fondo no se trata de que nadie nos haya robado el tiempo ni de que el jefe imponga una u otra manera de hacer las cosas: nada evitará nuestra necesaria intervención en hacer una adecuada gestión del tiempo.

El tiempo es la excusa perfecta, en la consulta y en la vida, para no hacer aquello que menos sabemos, en lo que menos habilidad tenemos o también, lo que menos nos gusta.

Podría deciros que no tuve tiempo para escribir y contar en este blog lo que me iba pasando pero, no seria justo. Prioricé otras tareas, otras personas y desatendí mis compromisos. Así es. image

LUJOS EN LA SANIDAD VASCA (Alberto Meléndez)

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Hacía mucho frío en la calle. Sin embargo, en el pequeño salón del piso de Ángela hacía calor. En realidad no sé si era tan pequeño. Pero desde luego se hacía pequeño para el número de personas que nos habíamos juntado en él aquella fría mañana de finales de febrero.

Ángela reinaba en su sillón a modo de trono, y desde él nos miraba ahora ya mucho más tranquila. Yo sentado en el brazo del sofá. Elena, su médico de cabecera, de cuclillas en el otro lado. Carmen, su enfermera de cabecera, luchaba con la manga de la bata de Ángela para tomarle la tensión. Aurkene, la enfermera que trabaja conmigo (ya dije en alguna ocasión que no diré “mi enfermera” salvo en presencia de mi abogado) hablaba con la hija de Ángela, Itziar, sobre algunas recomendaciones de la alimentación de su madre y de su estreñimiento. Elena le toca la tripa. Después ambos le miramos y palpamos las piernas. Algunas risas cuando queremos intercambiar nuestras posiciones alrededor de Ángela.

Después un momento más serio; pregunto a Ángela cómo se siente, qué le preocupa, qué desea. Y se emociona un poco, pero habla con paz de sus temores, de su miedo a ser una carga, de su intención “si es posible” de seguir en esta casa donde cabemos a duras penas pero donde ha pasado sus últimos 46 años en Vitoria. Y mira a su hija, y esta mira a su madre. Y luego habla de ese dolorcillo que, aunque mucho más apaciguado, en ocasiones le recorre el costado y le recuerda lo que tiene. Y de lo que le cuesta comer, pero lo bien que le sientan los politos de sabores que le recomendó Carmen.

Aurkene y Carmen revisan la piel de Ángela. Elena y yo reorganizamos el tratamiento farmacológico y lo dejamos escrito en la hoja.

Nos vamos despidiendo de uno en uno. Desde su trono, Ángela espera a que uno a uno nos vayamos agachando (yo con más dificultades) a besarla. Itziar en la puerta nos espera para lo mismo. Ya no disimula su emoción. Ni una especie de “alegría” que aunque no puede apagar el dolor que siente le hace sonreír entre lágrimas. O llorar entre sonrisas.

Al salir las mismas preguntas que a Ángela; ¿necesitas algo? ¿quieres preguntarnos algo? “Nada. De momento nada. Sólo gracias. Esto es un lujo”… Y entonces Aurkene, con su sonrisa, como si lo que iba a decir fuera lo más habitual del mundo, le dice a Itziar; “No. No es un lujo. Lujo es todo aquello bueno pero de lo que se puede prescindir. Esto no es un lujo. Esto, aquí y ahora, es lo necesario, lo que necesitáis…” Y seguimos con las despedidas.

Una vez en la calle comentamos los cuatro las cosas que nos han parecido más relevantes. Y acordamos cómo haremos el seguimiento a partir de ahora; quién llamará, cuando pasaremos… Hace frío en la calle así que nos despedimos de forma efusiva pero rápida. Casi corremos al coche.

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Necesidad / Lujo. Encontrar las diferencias…

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Y yo sigo con el lujo en la cabeza.

Si esto no es un lujo, ¿por qué se hace tan poco? Si es lo necesario, ¿es justo que unos lo tengan y otros no?  ¿Por qué a Itziar le parece un lujo esto que es cotidiano para mí? Porque… ¿ya no lo espera? Entonces, ¿por qué ya no lo espera? ¿Será porque sólo espera recetas, prisas, demoras…? “No es lujo, porque lujo es algo bueno de lo que se puede prescindir. Es lo que necesitáis…” ¿No están para eso los Servicios Públicos de Salud, para proporcionar lo necesario? ¿Por qué cuesta entonces tanto extender esto de los Cuidados Paliativos?

Y me surgen “otras cosas lujosas”; control del niño sano, chequeos de adultos sanos, consultas y re-consultas de especialistas hospitalarios cuyo objetivo es mantener actividad, programas de eficacia dudosa y nula eficiencia, fármacos novedosos que no aportan nada, pruebas preventivas para cubrir espaldas, cribados indiscriminados para aumentar no los sanos, sino los enfermos… ¿Serán eso lujos prescindibles? ¿Será que si se diera prioridad hacia lo necesario (atención centrada en la persona, dicen) podrían ofrecérselo a todas las Ángelas e Itziares?

No. Imposible. No puede ser tan fácil. ¡¡Esta Aurkene tiene unas cosas…!!

 

Nota. En Euskadi los equipos de Cuidados Paliativos específicos son excepcionales. Como soporte para atención primaria sólo existe el de Álava (un médico y una enfermera), otro en la OSI Alto Deba (un médico a mitad de jornada y una enfermera) y el del Hospital San Juan de Dios de Santurce. En los hospitales tampoco la realidad es mucho más halagüeña. Recientemente un informe de la AECC calcula que para realizar una atención adecuada harían falta en Euskadi 13 equipos más de Paliativos. Es cierto que los cuidados paliativos básicos los realizan cientos de compañeros de Atención Primaria y Hospitalaria, pero la literatura ha demostrado que la atención sólo es completa si existen estos equipos específicos que coordinan, asesoran, asumen casos complejos…

Otra nota. La situación es real. Los nombres son ficticios. Menos el de Aurkene. ¡Que es que dice cada cosa!

MIS MIEDOS COMO ENFERMO EN TIERRA EXTRAÑA (Maxi Gutiérrez)

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Es curioso como la vida a veces nos pone del derecho y del revés, en la cara y en la cruz, en la cima y en la base. Curioso cómo somos unas veces príncipes y otras mendigos, actores y protagonistas, unas veces sanitarios y otras veces pacientes.

Esta vez me ha tocado el rol de paciente. Y yo que he reflexionado, escrito y compartido algunas cosas sobre lo que supone ser inmigrante enfermo, la vida me ha dado la “oportunidad” de vivirlo en carne propia.

Nada grave: una rotura de tendón de Aquiles de mi pierna derecha. Si hay que elegir, mejor que sea algo mecánico aunque eso suponga contactar con el inquietante mundo de la traumatología y los traumatólogos.

Eso sí, nada cerca. Lo más lejos que se puede, en Nueva Zelanda.

Obviaré los detalles de lo que sin duda ha sido la aventura de visitar un país con una sola pierna y que conté en mi blog de viaje para centrarme en lo que es recibir atención sanitaria en tierra extraña.

 

Nueva Zelanda es un país desarrollado con un sistema sanitario bien estructurado al que le fallan los recursos humanos. En una zona de glaciares, en la isla sur, donde hay una afluencia de turismo importante y donde se practican deportes con cierto riesgo, nos ofrecieron atención por una enfermera a veinte minutos de coche o llegar a un hospital comarcal a algo más de dos horas. Por suerte mi situación era buena y el diagnóstico estaba hecho a pesar de las miradas con cierta incredulidad de los responsables de la agencia que organizaba la excursión al glaciar. Pensaba en situaciones peores (siempre uno busca la salida en aquello de “podía haber sido peor”) en el que el dolor o la emergencia podrían requerir de servicios sanitarios cercanos. Finalmente, decidimos buscar un hospital con atención traumatológica para valorar intervención aunque esto supusiera 480 kilómetros y unas cinco horas de viaje.

En este tiempo tuve oportunidad de experimentar miedos diversos. Miedos de quien se sabe enfermo. Miedos de quien se sabe extraño.

El primer miedo es a que te entiendan. En situación de enfermedad uno quiere contar muchas cosas, o al menos yo quería contarlas. Detalles de lo ocurrido, detalles de lo que sentía, síntomas actuales y previos,… todos ellos para ayudar a los profesionales a situarse. También quería participar en la toma de decisiones, creo que soy capaz y además tengo conocimientos para ello. Pero, no iba a poder hacerlo en mi idioma y sentía que una lengua extranjera me impediría concretar detalles y matices. Además mi inglés es muy limitado. Repasaba durante la espera la palabra o la expresión inglesa más adecuada. Suerte que mi compañero de viaje podría hacerlo mucho mejor que yo, también médico de familia y amigo en el que deposito mi total confianza… pero, no dejaba de inquietarme el que no pudiera hacerlo directamente yo.

los miedos a las distorsiones en la comunicación y la impotencia del que quiere colaborar y se enfrenta a la barrera del idioma son terribles.

Experimenté el miedo a conocer la medicina de allí. A qué remedio me propondrían porque en realidad temía que sus criterios discreparan de los criterios conocidos de nuestra medicina desarrollada, avanzada y tecnologizada. Uno no puede olvidarse de su experiencia previa, de lo que siempre ha visto hacer y de lo que tiene archivado como “lo que hay que hacer”.

Y eso que se daban todas las condiciones para no tenerlo: un país occidentalizado, una medicina pública, un hospital en que casi todas las imágenes eran similares a los nuestros. A pesar de todo, el miedo estaba ahí.

También se hizo presente el miedo a los problemas económicos. Cuando llegamos a la puerta de las urgencias un enfermero nos comunicó que sólo que te viera un médico supondría al cambio unos 240€. Y uno no puede dejar de hacer suposiciones y sumar lo que costará el diagnóstico, el ingreso, la intervención… y qué se yo que más. Todo eso sabiéndome con un seguro de viaje y con posibilidades económicas para afrontar el adelanto de una factura. Pienso qué se le pasa a alguien por la cabeza cuando sabe que nunca podrá afrontarlo o que perderá la salud por no tener recursos.

Los que habitualmente tratamos con nuestra sanidad pública borramos de nuestro imaginario el aspecto económico. Vivimos en un mundo mercantilizado, todo tiene un precio, todo se compra o se vende y sin embargo lo hemos hecho desaparecer. Quizás por eso también lo sanitario va perdiendo valor.

Miedo al idioma, miedo a la medicina, miedo al costo, entre otros. Miedos quizás exagerados cuando son vistos con la distancia de que todo ha ido discurriendo por caminos razonables.

Quiero desde aquí agradecer el trato amable, el esfuerzo de comunicación y la sonrisa como paradigma de lo no verbal. Es un gusto escuchar propuestas y poder discutir posibilidades en un clima de respeto. Alivia el que alguien te diga que arreglar los papeleos del seguro no es lo importante, que lo importante es tu salud. Y conmueve el que un sistema sanitario público cubra los accidentes ocurridos en el país incluso a turistas extranjeros.

a5e07399d46242f25e73a64c3117172fTodos debemos reflexionar sobre nuestros propios miedos. Estoy convencido que el miedo quizás sea el arma de mayor destrucción del ser humano. Hay que identificarlos, darles unas vueltas, compartirlos y a veces gritarlos para ser capaces de tirarlos a la basura.

Pero, también es bueno sentirlos para ponernos en la piel de otros que cuando llegan a nuestra consulta tienen esos miedos a flor de piel. Esos y otros mucho más difíciles.

Ojalá que lleguemos a tiempo.

TODOS SOMOS MIGRANTES Y EXTRANJEROS (Maxi Gutiérrez)

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Foto cedida por Luis Salgado

“Lo que tienen que aguantar con esta gente”, me dijo una paciente cuando se cruzó en la puerta de mi consulta con Janina, una mujer de Marruecos. Esto, es signo de una imagen que algunos se han encargado de ir creando para echar la culpa de muchas de las lacras de nuestro sistema sanitario a los inmigrantes.

Las personas que vienen de otros países no están más enfermos que la población autóctona, al contrario, sólo se plantean venir aquellos que están más fuertes, más sanos y en mejores condiciones para poder buscar una nueva vida aquí. La propia dureza de la inmigración se encarga de hacer su selección para que sólo lleguen los más sanos. Las enfermedades por las que consultan son las enfermedades banales más frecuentes en nuestro medio, similares a las del resto. Aunque es cierto que tienen más posibilidades de enfermar, a mi entender por dos razones fundamentales:

–  En muchos casos no han podido disfrutar de prácticas de salud preventivas como ocurre aquí: vacunaciones, revisiones de salud, cribados, educación en determinados hábitos… y la falta de educación conduce a la enfermedad.

–  Y además la exclusión social favorece la enfermedad física y sobre todo mental. Cuanto más deficientes son las condiciones de la vivienda, la alimentación y la situación laboral, más fácil es contraer enfermedades infecciosas, crónicas y accidentes. El aislamiento, la falta de apoyos familiares y la incertidumbre generan enfermedad mental en forma de ansiedad, depresión u otras patologías más graves.

Los inmigrantes no consultan más ni consumen más recursos que el resto de la población, lo dicen muchos estudios que se han realizado al respecto. Y desde luego no son los responsables de que nuestro sistema se esté haciendo insostenible, como dicen algunos. A mi entender no es un tema de sostenibilidad sino de redistribución y optimización de recursos estableciendo prioridades para algo tan importante como la salud. Es cierto que los inmigrantes tienen más dificultades para acceder a los servicios habituales por sus largas jornadas de trabajo y la falta de regularización de sus derechos. Esto les hace visitar con más frecuencia los servicios de urgencias o no respetar las pautas de seguimientos recomendadas. Si a eso añadimos la falta de conocimiento y costumbre para saber dónde acudir, la situación se agrava. images

Los problemas de comunicación con un idioma desconocido o apenas iniciado, generan una dificultad añadida que desespera al extranjero enfermo y al profesional que le atiende. A veces el traductor es un hijo pequeño o una persona cercana, ni siquiera familiar o amigo, al que hay que utilizar para contar cosas muy personales. Eso es indigno. Contamos con medios que nos ayudan a paliar la dificultad: Google Traductor es una buena idea o el teléfono de traducción simultanea aunque, un poco más engorroso. Ninguno tan fluido y amable como la conversación cara a cara.

No olvidemos que la salud es un derecho contemplado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y que nuestro país tiene (o tenía) el privilegio de disponer de un sistema de aseguramiento público y universal. Que lo más preocupante de que deje de serlo no es que los que no accedan al sistema sanitario nos vayan a contagiar enfermedades sino que habrá personas a las que privaremos de un derecho fundamental y muchas veces vital.

Hace unos días recibí a Francisco un anciano procedente de Cádiz que venía con su esposa a quedarse a vivir en el barrio donde trabajo. Me costó entender algunas de sus palabras y expresiones. Su historia clínica de mi sistema informático estaba vacía. Olvidó sus informes en casa. Tomaba siete medicamentos crónicos, algunos con dudosa justificación. También me descolocó, me llevó tiempo conocer algo de él y de su vida, de sus intereses, aclarar algún diagnostico y sus tratamientos. Francisco no es extranjero pero, sí es migrante. Francisco es un paciente complejo, ¿por qué su atención no la ponemos en duda?

La consulta con la persona migrante (¡todos somos en algún momento migrantes y extranjeros!) no es fácil. Cuando voy con retraso, no comprendo el idioma o me cuesta aclarar sus problemas de salud, me desespero. Pero, ya no estamos en momentos de hacer guías de atención ni protocolos para inmigrantes. Tratemos a cada cual como una persona única, con sus antecedentes y condicionantes propios que nos harán tomar una actitud para su caso, diferente a la del resto. Claro, para eso, necesitamos formación, sensibilidad, tiempo y, una vez más, contemplar lo bio, lo psico y lo social.

Quiero agradecer la invitación a impartir el taller salud e inmigración en la iniciativa “No me llames extranjero” de la Diócesis de Vitoria que me ha permitido reflexionar sobre este tema.