distancia terapéutica

¿DÓNDE PERDIMOS LA HUMANIDAD DEL PRIMER ENCUENTRO? (Maxi Gutiérrez)

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La llegada de un estudiante de medicina a la consulta me produce novedad y misterio. Todo me resulta interesante: observarle, compartir, conversar y pedir impresiones. Me gustan que los estudiantes reflexionen y escriban. Iker escribió esto en su primera semana: 

¿Cuál ha sido mi valoración de la semana en Atención Primaria? Es una pregunta que personalmente no me resulta difícil de contestar; muy buena. Para algunos esto puede sonar “pelota” pero de verdad que no lo es y a continuación van las razones. 
En primer lugar; el recibimiento que tuve por parte no solo de mi tutor sino de todo el personal que compone el centro de atención primaria fue increíble. Aunque para la mayoría de las personas el presentarse y presentarnos sea algo cotidiano y de pura educación, no todo el mundo lo hace. Y hablo desde mi humilde experiencia de 3 años de practicas hospitalarias que aunque parezca triste, el mero hecho de que nos saludaran o nos preguntaran como nos llamábamos hacia de esa rotación una de las mejores.  
Segundo, el hacernos participes de la consulta, presentarnos a los pacientes,…”

Mi reflexión fue inmediata: la calidad del encuentro siempre esta marcada por los primeros momentos, por el primer contacto visual, por el primer acercamiento. Nos gusta presentarnos y que nos presenten. Es signo de acogida, de respeto inicial, de humanidad básica. Algo como dice Iker, cotidiano y de pura educación. Pero, lo triste es que no todo el mundo lo hace.

Y detrás de esto la pregunta: ¿por qué un estudiante de medicina se siente reconfortado con la simple presentación y el saludo?. Sencillo. Porque cuando me reconocen y cuando se hacen conscientes de que estoy ahí siento que me valoran, que me tienen en cuenta y que me hago uno más. La presentación es el vínculo, la acogida, el permiso para formar parte de un grupo, de un lugar, de una tarea.

Y esto que parece tan humano ¿dónde lo perdimos los médicos? ¿por qué resulta tan extraño que los sanitarios nos presentemos?¿quién nos enseño a despreciarlo? ¿por qué no estrechar la mano de un compañero con el que voy a compartir una jornada de trabajo? ¿tanto cuesta? ¿una vez más la rutina y las prisas como la excusa perfecta?.

Y eso nos lo brinda Iker desde una humilde experiencia de 3 años. 3 años invisible a los ojos de muchos ilustres doctores, permitidme el sarcasmo, que perdieron la capacidad de integrar a alguien que empieza.

Hace poco alguien decía que no hay que humanizar la práctica médica porque no hay práctica médica sin humanidad. La medicina sin humanidad ni es medicina ni es nada… Y tiene razón pero, algo no funciona cuando Iker se queda sorprendido porque en un centro de salud se le presenta y se le acoge.

¿Tanto cuesta estrechar una mano, compartir un gesto o decir una palabra de bienvenida?. Va a ser que muchos profesionales de este sistema sanitario están sedientos o quizás, deshidratados de humanidad.

Y con los pacientes pasa algo parecido. Muchos de los que vienen por primera vez a mi consulta, dicen buenos días y en cuanto toman asiento parece como si les activaran el gatillo y disparan a diestro y siniestro sus síntomas apresuradamente. Suelo pedir una tregua, hacer un gesto y decir “creo que no nos conocemos, mi nombre es…” y lanzo mi mano a su encuentro para entablar un mínimo de contacto que nos permita seguir hablando en un plano razonablemente humano. Ellos no esperaban una presentación porque pocas veces la tuvieron. ¿Cómo se puede poner sobre la mesa cuestiones de alto contenido emocional cuando ni siquiera nos hemos presentado y saludado?

Por tanto, sanitario o sanitaria ¿cuántas veces te presentas a tus pacientes? ¿cuántas veces te acercas al nuevo compañero para decirle tu nombre? ¿cuántas manos estrechas? ¿cuántos gestos de bienvenida compartes? ¿cuántas veces ofreces tu mirada acogedora al que te llega? y una pregunta de más nivel ¿cuántas veces miras a los ojos a tus pacientes y compañeros?. Parece sencillo y no lleva mucho tiempo aunque quizás nos exponga demasiado y al principio nos de un poco de miedo.

Pudieran ser estos unos buenos indicadores de calidad para el próximo Contrato de Gestión Clínica. No espero que sean propuestos por los gestores de lo sanitario. Son indicadores más de calidez que de calidad.

 

Después de estas reflexiones estimuladas por Iker, permitidme que me sugiera a mi mismo mirar a los ojos a mis compañeros y a mis pacientes al menos en el primer encuentro. Puede ser que quizás nunca más deje de hacerlo en los encuentros siguientes.

 

PD: Agradecimiento a lo mucho que nos enseñan nuestros residentes y estudiantes. A los más recientes: a Iker, a Asun, a Eleder, a Eduardo… ¡Siempre aprendiendo!

CONSULTAS “SAGRADAS” DESDE EL LADO DEL PACIENTE (Maxi Gutiérrez)

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Una vez leí que las personas se mueven en la vida por tres cosas: el amor, el hambre y la muerte.

Y me parece que tiene mucha razón. Nos mueve el amor y también el desamor, el recuerdo de lo que amamos y lo que deseando nunca fue; hay quien sólo se siente movido por el odio. En el hambre se escenifican las necesidades básicas mal cubiertas, la pobreza y la exclusión; la falta de lo fundamental. La muerte nos inquieta en su llegada pero, también en su deseo, en su miedo y en sus pérdidas dolorosas; los límites de la vida, su final y su inicio, generan grandes inquietudes.

De esto quiero escribir hoy, de las personas que vienen a la consulta a poner sobre la mesa cuestiones de alto valor emocional y a veces, lágrimas.

Me interesó cómo sería vivido eso como paciente y tuve el atrevimiento de preguntar a personas con las que creo haber tenido una “consulta sagrada”. Sobre cómo lo habían vivido, cómo lo evaluaban y cómo lo querían contar. Yo atrevido y ellos dispuestos. Me lo han relatado con sencillez y con sinceridad, desde la generosidad que produce el agradecimiento. Así he recogido sus enseñanzas y sus palabras textuales que van en cursiva.

Me he dado cuenta que las personas necesitan un síntoma orgánico, biológico o físico para poder venir a la consulta. Es lo que han aprendido que este sistema les pide como peaje. Lo que les hemos vendido, lo primero que preguntamos y deseamos: ¡¡¡el síntoma!!!. Quizás es lo que ellos mismos pueden permitirse para poder acudir. Porque venir con las miserias por delante es demasiado duro para ser aceptado. Necesitan el insomnio, el dolor o el mareo para poder reservar la cita.

Antes de llegar a la consulta hay mucha elaboración previa, mucha duda. Miedos y contextos que han sido muy rumiados. Porque hay cosas que no son fáciles de contar, porque no lo había contado antes, porque no hacía más que llorar o porque no sabía como iba a reaccionar mi médico. Por eso vienen protegidos -con la coraza– aunque saben que tienen que abrirse y buscan que nosotros se lo pongamos fácil.

Me han hecho consciente que la acogida es fundamental. Las personas buscan ser escuchadas, sentir confianza y notar que merecen nuestra atención. Sin burocracias ni juicios. Sentirse protegidas. Precisamente “lugar sagrado” también se define como sitio donde nada ni nadie puede dañarte. Y no todo tiene que ser dicho. Lo perciben con todos los sentidos: palabra, gesto, contacto y tono.

También reclaman su tiempo. El tiempo necesario. Sin prisas. Aún siendo muy conscientes de que es un bien escaso y limitado. Agradecen los espacios de silencio, cuando dice: callaba mientras yo lloraba. Tomemos nota y que parezca que el tiempo se para mientras gestionamos el tiempo que corre.

Sin prisas, las personas quieren vivir su propio proceso. Desean profesionales que se lo permitan. Quieren contar todo lo sucedido y sentido, compartir sentimientos -de soledad, de ideas autolíticas, de cosas inconfesables…-, sentirse comprendidos y aceptados sin juicios. Saben que esto no es trabajo de un día, quieren longitudinalidad. Y quieren recibir acogida incluso cuando saben que no han hecho bien. Sin broncas y con respeto.

Buscan un plan que puedan acordar y discutir con su profesional. Necesitan que les hagamos caer en la cuenta, necesitan compañía y consejo. A veces desean que tiremos de ellos y otras que respetemos su parálisis. En definitiva, esperan que hagamos arte. Ser ayudados para buscar apoyos aunque a veces sean tan cercanos y tan íntimos que teniéndolos al lado no se dan cuenta que existen: los psicoterapeutas de la vida diaria que me gusta llamarles. Y aceptan ser derivados a otros profesionales para encontrar la mejor ayuda posible. Eso supone aceptar nuestras propias limitaciones. Sabiendo que derivar no resta nada, sólo suma o multiplica cuando no es abandonarlo en el otro sino acompañarlo juntos.

Y quieren resultados que pueden ser sólo comprensión, alivio o liberación para vivir, hacer lo que quiero o salir del agujero. Necesitan tiempo para cambiar y recuperar lo fundamental: aprender lo importante de la vida. Si además, mi médico me llama cuando ve algo raro o siento que se preocupa por mí, eso deja en la relación una huella imborrable.

 

Y así lo han relatado:

 

Siempre me enseñan, me transforman, me modelan y hacen que mi práctica vaya cambiando. Ellos, los pacientes, y todos aquellos compañeros con los que comparto dudas e inquietudes (#siapBILBAO)

Por eso, quiero comprometerme a:

  • Seguir teniendo en cuenta la opinión de mis pacientes y mantener vivo el espíritu de aprender juntos.
  • Acercarme con el respeto debido para acompañar el proceso de cada uno, hasta dónde y cómo quiera.
  • Acoger y dedicar tiempo a aquellos que nunca consiguieron tener su consulta sagrada conmigo porque no se dieron las circunstancias o porque no se lo facilité.
  • Desarrollar herramientas para sistematizar y enseñar cómo facilitar la expresión de las emociones en el contexto de la consulta.
  • Explorar los espacios comunitarios como lugar privilegiado para gestionar las emociones donde la comunidad sane a sus propios miembros.
  • A seguir investigando y explorando estos terrenos de “lo sagrado”.

 

“No te acerques. Quítate las sandalias de los pies pues, el sitio que pisas es lugar sagrado” Éxodo 3,5

CONSULTAS “SAGRADAS” DESDE EL LADO DEL PROFESIONAL (Maxi Gutiérrez)

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Así entro yo cada mañana a mi consulta: todavía dormido -la noche me atrapa en estudio y reflexión noctámbula- pero, generalmente contento porque camino abierto a la sorpresa del encuentro. Y porque tengo la sensación de que cada día la consulta me enseña algo. Algo para la vida.

No tengo que subir escalones para llegar a la sala 10. Mi consulta esta “a pie de calle”, donde se filtra la vida sin pedir permiso. Allí se cuelan las preocupaciones, los desvelos, las alegrías y las desgracias. Sanitarias o no. En definitiva, las cosas importantes de la vida.

Así puedo retomar el término que inició Juan Gervas: LAS CONSULTAS SAGRADAS

IMG_4483Según dice Wikipedia, lo sagrado es “lo que atañe a lo fundamental”, “a los principios que fundan algo”, “a lo que se tiene mucho aprecio”.

Cambio mi atuendo y cambio mis zapatos quizás por comodidad, no sé. Ahora pienso que igual tiene que ver con que el lugar que piso es el “lugar cotidiano de lo sagrado a pie de calle”.

 

 

 

Todo depende del contexto.

Cuando alguna vez me ocurre que en las tres primeras consultas del día se producen tres enfrentamientos, paro, miro alrededor y pienso “va a ser que algo me pasa y quizás ellos no tienen nada que ver”. Y a veces lo encuentro. Son mis circunstancias personales que van conmigo a todas partes, aquellas de los que no puedo apearme.

El contexto de la prisa me mata. No puedo soportar cuando la sala de espera esta llena de personas con ocupaciones y tareas que aguantan pacientemente su turno. Y me debato entre el respeto que les debo y el necesario tiempo de atención que necesita cada uno. A veces, consigo recomponerme, centrarme en lo importante y buscar tiempo donde no existía. Otro arte.

Pretendo hacer una intervención justa dando más al que más necesita. Volcarme en el más discapacitado, en el más desvalido, en el más sufriente. Y a veces no es fácil saber quién es “el más” o ni siquiera quién es el sufriente y su grado de sufrimiento.

Los relatos vitales de las personas y sus consultas me conmueven. Me conmueven sobremanera. Puede ser por la forma en la que lo cuentan, por la empatía que me producen o por el desgarro que experimentan. Me alegro que me conmuevan, siempre digo que me hace sentir que estoy vivo porque estar vivo muchas veces es eso, sufrir con el otro.

Entonces vienen a mí todas las cuestiones aprendidas: lo que se espera de mí como profesional, como persona y específicamente como hombre. Abandero la distancia terapéutica como imprescindible para ser médico y absorbo las lágrimas de mis párpados inferiores para que ninguna de ellas salga por otros caminos visibles.

A veces no puedo y sé que, aunque lo disimulo, ellos ya se han dado cuenta de mi emoción contenida.

Aquí me descubro como “hombre-varón-masculino” en tránsito. En un largo proceso vivido en grupo he descubierto como el hecho de serlo marca mis emociones y sobre todo, la expresión de las mismas. Tímidamente voy avanzando en el camino de la capacitación emocional que un día me robaron. Así me descubro más humano y más persona.

Intento evitar la dependencia, el enganche profesional que impide a las personas volar por sí mismas. A medida que avanza el proceso busco fórmulas que me permitan distanciar las consultas y pasar a segundo plano. Por supuesto, dejando la puerta abierta a lo que hiciera falta. Retirarme es una buena evaluación de si el proceso ha sido reconstituyente.

Mirar y compartir con tantos compañeros y compañeras que se dejan la piel cada día en esto. Que dan tanto de sí mismos, restando a veces a su familia y a su vida personal… Y eso también me parece sagrado.

Por otra parte, ¡cuánto nos focalizamos en los que son los contrario!, ¡cuánto nos distorsionan y envenenan! Haré el propósito de poner en valor más a los primeros que a los segundos y seguiré viviendo con pasión mi profesión.

 

Después de haber reflexionado y compartido durante meses sobre las consultas sagradas en torno al #siapBILBAO quiero comprometerme a:

  • Saber recoger las necesidades de las personas que vienen a mi consulta, facilitar la expresión de sus emociones y saber esperar.
  • Aprender a manejar el arte de establecer una distancia empáticamente terapeútica
  • Gestionar el tiempo y los recursos para ofrecer lo mejor de mi mismo
  • Enseñar a los estudiantes y residentes lo sagrado de nuestra profesión
  • Facilitar espacios entre profesionales para hacer un ejercicio de introspección y diálogo que nos ayude a crecer en cuidar “lo sagrado” de nuestro trabajo.IMG_3806

MEDICO Y AMIGO (Maxi Gutiérrez)

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Recibí una de esas llamadas telefónicas que hacen que todo lo que estabas haciendo deje de ser importante. Una llamada de las que nublan la vista, producen sensación vertiginosa y finalmente, te encogen el corazón. Fernando, mi AMIGO y fiel lector de este blog, estaba en urgencias con un ictus.Parietal lobe - Human brain in x-ray view

Ya lo dicen los libros: los procesos vasculares se presentan de forma brusca… y uno no comprende está frase hasta que no le ocurre algo así… hasta que no compara el Fernando de antes con el Fernando de ahora.

También dice la ciencia que existen factores de riesgo y todos sabemos que no son causas pero, quizás por sobrevivir mejor, grabamos en nuestro inconsciente que si no fumamos, no engordamos, si comemos saludable y hacemos ejercicio físico,… nunca nos pasará. Ni a nosotros ni a nuestros cercanos. Sin embargo la vida se encarga de explicarnos los “casos esporádicos” en Fernando.

Así que uno sólo siente miedo, miedo a todo: a la muerte, a la pérdida, a la incapacidad, a la debilidad… a casi todo.

 

A la vez, sin previo aviso (como un “accidente vascular”) uno nota que todas las miradas se ponen sobre ti. Porque eres médico, porque sabes, porque en las palabras científicas puedes leer algo más, porque…images

Te conviertes en improvisado portavoz de los tuyos. Tienes que medir tus palabras y tus expresiones y escribir con sumo cuidado aquellos mensajes que con esto de las redes nunca sabes hasta dónde o hasta quién llegarán. Debes ser entendible a la vez que riguroso y realista sin romper la esperanza.

Al portavoz también le llegan las preguntas. Unas son de esas que no tienen respuesta, de las que nadie sabe y en las que sólo se puede hablar de “probablemente”. Otras tienen la espontaneidad del lego; inocentes e ingenuas. Con estas últimas me doy cuenta de lo difícil de la comunicación, de lo mucho que los médicos damos por supuesto y de la necesidad de volver a dedicar tiempo a explicar y resolver.

Complicada pero, importante tarea: gestionar bien la información cuando el miedo se apodera de todos.

 

En estas situaciones valoro más nuestro sistema sanitario y, especialmente a los excelentes profesionales que además de hacer bien las técnicas oportunas (fibrinólisis, arteriografía, trombectomía…) son capaces de ponerse a pie de cama para dar un trato exquisito al enfermo, empatizar con el miedo de la familia y acompañar la angustia de los amigos.

¡Estos días hemos alabado tanto las buenas manos en las que se encuentra nuestro amigo Fernando! que los veo menos “profesionales” y más “compañeros-sanitarios

Manos-entrelazadasUn buen sistema sanitario no es nada si no existe un sustento socio-familiar adecuado. Aquí también tenemos tarea: proponer, organizar y acompañar unos cuidados adecuados a las necesidades del enfermo. Cuando todos quieren hacer, alguien debe ser quien facilite la información y empodere a las personas para que ofrezcan el cuidado y el cariño en su justa medida.

Contamos con la colaboración de muchos pero, las recomendaciones de Berta, neuro-psicóloga experta en estimulación precoz en daño cerebral ha sido insustituible. Fernando ha dedicado mucho tiempo a la debilidad de los demás y ahora, en la suya, cuenta con una red de sustento que hace la vida mucho mejor en su hemiplejia y afasia que ahora debe ser estimulada precozmente.

 

En estas situaciones los médicos de familia hacemos lo de todos los días en la consulta: gestionar la información, integrar la actuación de los compañeros sanitarios y proponer unos cuidados acompañados. Pero, ¡qué difícil resulta cuando la amistad impide poner una justa distancia!, ¡qué complicado cuando el miedo a la pérdida se apodera de nuestra ciencia!. Al fin y al cabo, no es sino pura humanidad y… lo humano nos hace sentirnos vivos.

En el día de la Atención Primaria: lo primero, las personas
En el día de la Atención Primaria: lo primero, las personas

QUE NO ME RECETEN PACIENCIA (Maxi Gutiérrez)

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Desde hace unos días me aburro de escuchar la palabra paciencia.

“¿Qué tal vas?… ¿todavía así?… pues, paciencia… no queda otra”
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Entiendo la simplicidad y facilidad del comentario pero, no comparto el trasfondo que habla de soportar dificultades con la esperanza de encontrar un bien. Me parece que todo se pone en manos del devenir como si uno se sentara en el borde del camino esperando que la mejoría pase por su puerta y puede cogerla al vuelo. Y además, resulta que la paciencia es propia de la personalidad madura que soporta sin lamentarse y con la calma del que piensa que las cosas no dependen estrictamente de uno mismo.

Hay circunstancias en las que es inevitable lamentarse y quejarse para ser conscientes de la situación en la que uno se encuentra. Un lamento que no paralice, una queja que no se perpetúe y se estanque. Quejarse no es malo ni inmaduro cuando desde la consciencia del sufrimiento uno es capaz de ponerse a caminar.

 

Representación renacentista de la paciencia
Representación renacentista de la paciencia

No creo en una salud que se pierde o se encuentra por el azar. Casi todo tiene un porqué, casi todo es consecuencia de algo que debe ser cuando menos buscado aunque, nos resulte dificultoso de encontrar. También la ciencia y los científicos tenemos que hacer un ejercicio de humildad para asumir las incertidumbres en los mecanismos fisiopatológicos.

Creo que la enfermedad en determinadas circunstancias se presenta implacable pero, que en el difícil camino hacia la salud siempre uno puede hacer algo por recuperar, cultivar o asumir.

Teniendo en cuenta que a veces “el hacer” no es ejecutar una acción propiamente dicha. Considero que estoy “haciendo” cuando una escayola inmoviliza mi tobillo durante dos meses porque soy consciente de la necesidad del reposo para recuperar la funcionalidad.

Pero, no es “hacer” estar en una lista de espera de rehabilitación sabiendo que es algo recomendable para mi y que no llega porque no hay espacio. Sobre todo cuando es una cosa programada (todos saben que detrás de una inmovilización larga llega una rehabilitación necesaria) y cuando nadie te ha dado una pauta de lo que puedes ir ejercitando mientras tanto. En estas circunstancias no quiero que me recomienden paciencia.

 

Otra de mis denostadas frases favoritas es la de “no te preocupes, el tiempo lo cura todo”. Una expresión que considero tan ineficaz como fácil de decir. Tan poco constructiva como vacía.

El paso del tiempo en sí mismo no cura nada. Es más, quien sólo se dedique a esperar puede sentirse desesperado o incluso ver agravadas sus lesiones por la propia inactividad.

Lo que resulta sanador es el trabajo, del tipo que sea, para recuperar la funcionalidad o para asumir las inevitables secuelas o recomponer las pérdidas. Para eso a veces hay que buscar ayudas, quejarse, compartir angustias, superar los miedos, arriesgarse a probar y fallar, reintentar,… hacer. El tiempo haciendo es lo que sana.

 

Si bien como seres humanos recomiendo ser cautos al utilizar la palabra paciencia mucho más a los profesionales sanitarios. Casi todo el mundo desea restablecer su salud y espera de nosotros algo más: escucha, interés, exploración y análisis para poder indicar acciones y caminos para recuperar la salud perdida. No se espera que recomendemos paciencia o dejar pasar el tiempo. Medir nuestras palabras y evitar vaguedades puede ser una buena cosa.

Y como colectivo profesional, por lo que escucho a mis compañeros y por lo que leo en las redes parece que tampoco estamos para mucha paciencia. Llevamos tiempo escuchando como se les llena la boca a políticos y gestores de la importancia de la Atención Primaria, lo imprescindibles que somos para el sistema. Sin embargo, bajan los presupuestos, desaparece los sustitutos, se explota a los eventuales y los residentes que hemos formado cogen las maletas para buscar mejor acogida. Después de 30 años parece que el paso del tiempo nos enferma la Atención Primaria y como dice mi admirado Sergio Minué el 2015 es ahora o nunca. Parece que se nos está acabando la paciencia.

Con este panorama lo tengo claro, a mí, que no me receten paciencia.

AGRADECER (Maxi Gutiérrez)

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¿Quién no ha sentido el agradecimiento como regalo? ¿Quién no se ha conmovido ante el que se acerca con el único propósito de reconocer algo que es obra tuya? ¿Quién puede contener la emoción ante un gracias sencillo y sincero?.

Estos días he sentido el agradecimiento de varios personas en la consulta. Cada uno a su manera, como su educación y sus vergüenzas se lo permiten:

. Juan Ramón es un paciente diabético descompensado al que le he agilizado una consulta con el endocrino. Entre su discurso verborreico, para un segundo y dice “por cierto, muchas gracias”.

. Josefa tiene un corazón que ha dejado de bombear con facilidad produciéndole grandes limitaciones y la necesidad de muchos ajustes de tratamiento. Cuando se despide, preocupada, mira hacia atrás y dice entrecortada “Gracias, ¿cómo te voy a pagar toda la guerra que te estoy dando?”.

. Gorka perdió recientemente a su padre en una de esas muertes súbitas, en las que se añade el desconsuelo de no haberse podido despedir adecuadamente. Tras varias consultas de escucha, algunas lágrimas y un poco de ansiolítico la sonrisa asoma un día para decir “gracias”.

. Y Ernesto preocupado por su hija.

. Y la hija de Josefa preocupada por su madre.

. Y Hafida que apenas sabe castellano pero, sabe decir “gracias”.

Es cierto que también hay agradecimientos interesados. A veces se intuyen. Son pocos pero, cuando uno lo recibe sintiendo que le están comprando o comprometiendo a algo a lo que se siente forzado, se produce un sentimiento agridulce de saber que no es verdaderamente sincero.

Las gracias construyen y reconstruyen. Son una parte del proceso de curación.

También son terapéuticas para el que las recibe. Aunque estamos poco acostumbrados a recibir el agradecimiento. Yo también busco mis propias expresiones de excusa: “es mi trabajo”, “yo no he hecho nada”… sin ser consciente que las gracias no se dan por lo que has hecho, por lo que eres o por lo que ejerces sino por un sentimiento que el que se siente reconfortado ofrece de forma gratuita. Últimamente trabajo para recibir el agradecimiento como regalo, con orgullo y con poco rubor. Manifestando mi alegría por recibirlo.

Cuando en mis tareas profesionales he estado alejado de la consulta he dejado de sentir mi propia “utilidad social” como médico. Pocas veces me he sentido tan recompensado por mis jefes como me ocurre en la consulta. Quizás no pueda ser de otra forma pero, estoy convencido que este sistema sanitario se mantiene por muchos profesionales y por el agradecimiento que reciben de sus pacientes. Sin duda, no vivo del agradecimiento pero, crezco por él.

La consulta del médico de familia genera muchos agradecimientos y unos pocos sinsabores y reproches. Sin embargo, nos fijamos más en estos últimos porque generan más ruido, más malestar exterior e interior y porque parece que contarlo es políticamente más correcto. Nos dan juego para muchas conversaciones entre compañeros. Y pienso ¿no sería mucho más constructivo recordar todo lo positivo que recibimos de las personas que pasan por nuestras consultas? ¿no será posible empezar nuestras reuniones compartiendo la última vez que nos hemos emocionado con el agradecimiento de alguien?