Compromiso social

EL VIAJE A LA COMUNIDAD (Maxi Gutiérrez)

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Dicen todos los manuales que la Atención Primaria necesita estar conectada con su medio social. Sin embargo, todos tenemos la impresión que con el tiempo hemos ido traicionando a nuestros ancestros y perdido la mirada que un día nos pusieron en el apellido: medicina de familia Y COMUNITARIA.

Hemos reducido la mirada comunitaria a hacer un par de grupos al año de personas que quieren dejar de fumar. Ni tan mal, porque hay memorias de calidad que en el proceso de intervención comunitaria desgranan los grupos de preparación al parto como la acción más novedosa al respecto. Perdonad que sonría. No hay mujer en este país (y unos pocos hombres) que no haya pasado por esa experiencia durante un embarazo que se haya producido en los últimos 30 años. Bendita experiencia pero de novedosa, poco.

Reducimos lo comunitario a la enfermedad o al riesgo de enfermar como si no hubiera marco más allá.

Y hablamos de intervención, de intervención comunitaria como si la comunidad solo fuera objeto de nuestra intervención en un alarde de sanitario-centrismo-salvador-de-la-comunidad.

Probablemente han pasado los tiempos de los “Consejos de salud” aquellos con los que llenamos páginas (y leyes) para establecer cauces estables de participación. Aunque conozco algunas experiencias de su pervivencia, esta es la era de las pertenencias líquidas en que lo asociativo y la representación sectorial se fueron con aquellos pantalones de campana que nos vestían nuestros padres.

Vivimos momentos en que las redes sociales existen pero, las formas en que se entretejen tienen otros colores, otra trama, otra urdimbre. Redes que no pasan por juntar a un puñado de lideres sociales alrededor de una mesa para diseñar planes. No digo que no fueran útiles, no. Digo que las conexiones sociales son inherentes al ser humano pero, sus formas han cambiado de recipiente mientras nosotros seguimos empeñados en meterlo todo en la caja del ColaCao

Creo que la idea de lo comunitario pasa por acercarse al otro, atreverse a decirle una palabra, mirarlo de arriba abajo, interesarse y abrirse a su mensaje. Dejar que se produzca el idilio y enamorarse para aprender y recorrer un camino juntos. Demasiado bonito para ser verdad. Claro, el proceso supone dejar mis verdades, no mirarme al ombligo y hacer un ejercicio de confianza para experimentar que la riqueza está en la mixtura.

Y así surgen alianzas con la asociación de vecinos del barrio. Que me dicen que no hace falta reunirse mucho ni hacer informes. Que quieren actuar sobre las necesidades y los problemas de los vecinos. Y cuando te fías de su análisis y lanzas un taller para cuidadores de niños se te apuntan tantos que cuesta dar abasto a la demanda. Así se producen las cosas, en la confianza.

No hace falta reunirse para que te escuchen, no. Una página web vecinal puede ser un buen altavoz para proponer una sencilla y correcta información de salud. Sólo hace falta escuchar demandas y proponer ciencia eso si, utilizando un lenguaje para todos los públicos.

img_0849Por otra parte, la educación y la atención primaria de salud se parecen tanto que cuando se descubren ya siempre quieren caminar de la mano. Cuando niñas y niños del barrio vienen a conocer el centro y a los que trabajamos en él nos valoran más. Sólo se valora lo que se conoce y sólo se conoce lo que se abre y se presenta.

img_0961Es una alegría encontrar el centro de salud lleno de pequeños que con apenas 8 años vienen a vivir una experiencia que hemos llamado “Ume sorosleak” (Niños y niñas socorristas). Tumbados en el suelo, con sus chalecos y con un poco de imaginación experimentan cómo actuar ante situaciones de urgencia sencillas. Una actividad que genera satisfacción en los profesionales sanitarios y educadores.

También es comunitario hacerse la pregunta de ¿Cómo nos presentamos ante las personas que atendemos en el centro de salud? ¿Qué imagen queremos trasmitir?. Y así montamos un lío de narices (7) para ofrecernos en un vinilo bien grande a la puerta del centro sonrientes, amables, atrevidos y cercanos para ofrecer una atención primaria con calidad y calidez.

No queda la cosa ahí. Nos atrevimos a pedir a los pacientes que entren y se sumen al juego de las narices (8) para establecer compromisos de ayuda por la salud. Y lo han hecho, sin dudarlo.

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En definitiva, que en este tiempo lo comunitario no son sólo los grupos. Que hay que arriesgar, salir de lo conocido y explorar para equivocarse mientras se emprende un viaje apasionante como el Viaje a Ítaca

 

“Cuando emprendas tu viaje a Ítaca 

pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias…

Que muchas sean las mañanas de verano 

en que llegues -¡con qué placer y alegría!- 

a puertos nunca vistos antes…

Ten siempre a Ítaca en tu mente. 

Llegar allí es tu destino. 

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años 

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin esperar a que Ítaca te enriquezca”

C.P.Cavafis

PROFESIONALES DE NARICES (Maxi Gutiérrez)

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Los profesionales de la atención primaria nos dedicamos a trabajar con cosas serias. Porque la salud de las personas es una cosa muy seria y, así intentamos poner la máxima atención y respeto en cuidar un bien tan valioso.

Los profesionales de la atención primaria somos gente seria. Estudiosos y aplicados hemos pasado nuestras horas entre libros y apuntes, en el laboratorio y las plantas hospitalarias, en la biblioteca y en el silencio nocturno de nuestras casas. Hemos superado pruebas y exámenes. Quizá tanto folio nos hizo ponernos demasiado serios.

No corren buenos tiempos para la atención primaria. Aunque mi cada vez más frágil memoria se pregunta si alguna vez lo fueron… lo dudo. Estos nuevos experimentos organizativos parecen ofrecernos algunas cortas oportunidades y mucha desorientación y desconfianza. Así describe Sergio Minué lo que ha llamado el “desguace de la atención primaria” que ya lleva escritos ocho (VIII) capítulos donde se desgrana lo que los profesionales vamos percibiendo en mayor o menor medida.

Malos tiempos que generan que esos profesionales tan serios se encuentren sumamente cansados, desinflados y desorientados. Profesionales que han olvidado aquel ímpetu vocacional que les hizo dedicarse a la medicina , a la enfermería o a la atención al cliente sanitario.

cy7bzv3xeaavdrf-jpg-largeY en esta situación, un día un grupo de profesionales decide hacerse una foto. Ponerse delante de la cámara para retratarse y recuperar su imagen. Presentarse a la población con la que trabajan ofreciendo lo mejor que tienen: a ellos mismos.

En el juego de seducción a la cámara aparecen unas narices de payaso que rondan las narices propias y que juegan a
colocárselas al compañero de al lado. Y así van dejando el pudor porque aquello resulta divertido.

czjhmmaucaatddf-jpg-largeComo siempre, el humor se vuelve terapéutico y con las narices van perdiendo la seriedad y gran parte del hastío.

Un humor que no quita compromiso ni responsabilidad en lo que viven pero, que hace más sencillo el camino.cy_ptrvwgaaxufi-jpg-large

 

Aquello queda reflejado en una imagen que deciden utilizarla como forma de presentarse al barrio y a la población que cada día acude al centro de salud para ofrecer una imagen cercana, amable y amiga. Intentando recuperar lo que en esencia debe ser la atención primaria. Con un lema que reza: “Tu salud es cosa seria. Estamos para ayudarte”.

Este es el equipo con el que trabajo cada día. Serio, científico, formado y vocacionado para cuidar la salud de las personas. También sonriente, amable, atrevido y cercano para ofrecer una atención primaria con calidad y calidez.

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¿POR QUÉ NO CELEBRAMOS MAS LO QUE TENEMOS? (Maxi Gutiérrez) en el Día de la Atención Primaria

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IMG_4762Hoy la mañana se presenta tranquila. La agenda está despejada a primera hora pero, en este trabajo nunca se sabe cómo terminará el día. Un vistazo a los pacientes para reconocer algunos nombres y hacerme una idea de por dónde irán las cosas hoy.

La visita de las responsable del área administrativa suele ser habitual. Siempre atenta a todo lo que pasa en el centro, repasando las agendas y las ausencias, organizando las reclamaciones, pendiente de cada miembro del equipo. Sin ella sería imposible.

Repasar, reponer y colocar la consulta para que todo esté listo y que cada uno de los que entren por la puerta encuentren ayuda de forma ágil y eficaz.

IMG_4761La primera paciente del día tenía una cita concertada. Su infección respiratoria se ha complicado con afectación bronquial y precisa un tratamiento y un seguimiento más intensivo. La auscultación tiene que ser exhaustiva para poder determinar si la evolución está siendo satisfactoria aunque, la expresión de su cara lo dice todo y sonríe cuando le digo “Palmira ¡hoy sí que traes otra cara!”.

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Pasa Ana Rosa que no ha podido dormir en toda la noche por un dolor de oídos. Sin embargo, no ha tomado ningún tratamiento. Prefiere venir para que le diga lo que tiene… o lo que no tiene, quién sabe.

 

 

IMG_4764La tercera es Margarita que, exhausta lanza sobre mi mesa un papel con algunas manchas de grasa donde se leen hileras de cifras. “Ahí tienes las glucosas de la amatxo… que no hacemos carrera!”. Y seguimos ajustando las cifras de insulina mientras hablamos de la imposible dieta y de los disgustos y cansancios de la vida.

Y después entra Mikel que comienza hablando de la vasectomía y terminamos compartiendo las desesperaciones de un padre al que nunca le explicaron qué era aquello de convivir con un bebé.

Va pasando la mañana y el ordenador bien parece la pantalla vibrante del aeropuerto que anuncia las próximas salidas de vuelos; siempre interminables. Un sintrom ® desajustado viene de manos de la enfermera. Y apenas nos da tiempo a un pequeño descanso para reponer fueras y relajar esfínteres mientras la sala del café rebosa de bullicio por la última anécdota de mi compañera de enfrente. Me esperan Joaquín y María Luisa que quieren que les explique lo que les dijo “el de digestivo” porque no les quedó muy claro si era mejor operarse. Además de tres pacientes con fiebre. Varias consultas telefónicas “para que me arregle lo de las medicinas”. Una infección de orina… Y qué se yo qué mas.

Cuando al fin consigo ganarle el pulso a la agenda aún quedan varias tareas administrativas. “¡Suerte que hoy no hay domicilios porque tenemos sesión clínica!” me digo a mí mismo. Hoy toca repasar la reanimación cardio-pulmonar que de manera magistral ha preparado un compañero del equipo.

Siete horas después, uno ya no sabría enumerar todas las tareas ni las interacciones realizadas. ¿Satisfecho? sí. ¿Inquieto? también… y ciertamente cansado.

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Médicos con Valor (Mónica Lalanda)

Así he celebrado el “Día De la Atención Primaria”. Desde el habitual lugar en el que me siento, escucho, pregunto, exploro y propongo. Preocupado por hacer lo mejor posible un trabajo que tiene tanto de arte como de ciencia. Orgulloso de poder ser testigo de tantos relatos vitales. Satisfecho por contribuir a ese estado de bienestar que llaman salud o a ese proceso de acompañamiento que llaman cuidado. Y me pregunto, ¿por qué no celebramos el Día de la Atención Primaria desde lo que tenemos y lo que disfrutamos?:

. Son los pacientes, sus historias y sus agradecimientos.

. Las escasas barreras que generan la cercanía y la accesibilidad para que lleguen hasta mí las preocupaciones y los desazones de las personas.

. El conocimiento de las familias y sus dinámicas a veces, perversas y muchas más veces ejemplo de sustento y cuidado.

. Poder acompañar en el tiempo: desde el que nace hasta el que se consume por la enfermedad o la vejez a las puertas de la muerte.

. La presencia en la comunidad, el barrio, la asociación de vecinos, los colegios, el centro cívico, las asociaciones, etc. para escuchar lo que se necesita y llevar lo que es propio nuestro y que mejora al conjunto.

. Es el privilegio de sentirse útil, sin duda.

Celebrar la habitualidad y la grandeza de la consulta es tarea de todos los días para poder conservar una Atención Primaria y una sanidad pública amenazada. Porque, no soy un ingenuo, celebrar desde lo que vivo no me impide tener claro todo lo que falta por conseguir (o por recuperar… ya que alguien nos lo robó) pero, eso será motivo de otra entrada.

¿POR QUÉ NOS HICIMOS MEDICOS? (Maxi Gutiérrez)

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Hace unos días mi amigo Pancho ha compartido conmigo una foto de una de las personas que más quiere en el mundo. Una de esas fotos que produce tal derroche de sentimientos que me siento enamorado por ella.  Mírala… Contempla… Disfruta… Y déjate decir… Te la regalo.

José Tomás y el Sheriff Woody
José Tomás y el Sheriff Woody

José Tomás esta envuelto en una de esas historias que nunca buscó y que nadie imaginó a su alrededor. El cáncer y él se encontraron un día y José Tomás lo saluda con la inocencia que sólo un niño posee. José Tomás adora a sus médicos. Quiere parecerse a ellos y cuidar al Sheriff Woody como le cuidan a él… ¿Hay algo más bonito? ¿puede haber más ternura en una imagen?

Alguna de las personas a las que acompaño en la consulta también percibo que si tuvieran muñecos, su agradecimiento llegaría hasta ellos. Pero, como no son niños no se atreven a mostrarlo tan gráficamente.

 José Tomás me hizo pensar en ¿por qué nos hicimos médicos? ¿por qué me hice médico?. Confieso que no creo en las vocaciones infundidas por fuerzas superiores. Tampoco reconozco en mi ADN genes médicos ni haber mamado de fuentes sanitarias cercanas. Por suerte, no fui un niño enfermo, al contrario, en aquel tiempo éramos “sanos sin revisiones”.

Recuerdo haber participado en un ambiente de infancia y sobre todo, de juventud donde el deseo de justicia y las reivindicaciones de los derechos humanos estaban en el aire que respirábamos. El deseo de un mundo mejor se impulsaba desde muchas fuentes: la política en su anhelo democrático, la religión con una Iglesia comprometida con la justicia social, el asociacionismo deseoso de libertad,… y más.

Si a eso le añadimos un baño de realidad cuando tu padre te dice “elige algo que tengas cerca de casa” (porque no daba para mas), entonces me encuentro haciendo la matrícula en la Facultad de Medicina.

Sin duda, el deseo de hacer algo por los demás, de contribuir a la mejora social y de sentirse interesado en el ser humano fue lo que a muchos nos movió a ser lo que somos. Y a partir de ahí se construyó la vocación. Y empezamos a sentirnos llamados hasta vivirlo con la pasión del que se siente satisfecho por colaborar en la mejora de la salud de las personas. Quizás demasiado pretencioso pero, seguramente, por eso nos hicimos médicos. Por eso me hice médico.

 No dudo de la vocación de mis jóvenes residentes al contrario, son personas entregadas y dispuestas pero, no estoy seguro si ahora el proceso es el mismo. Sin duda algo tienen que ver las desorbitadas notas necesarias para poder acceder a la carrera de medicina. Porque cuando uno tiene el listón tan alto seguramente la vocación se apaga sola: es cuando el “no puedo” se convierte en “no quiero”. En cualquier caso, lo que más me preocupa es lo contrario, que cuando uno es brillante en sus notas (que no siempre en su persona) se sienta empujado a matricularse en medicina aunque las personas le importen un carajo. Eso, permítanme, es un suicidio sanitario y social.

Los que elegimos ser médicos y médicas hace años no tuvimos que hacer salto de altura para llegar a la Universidad y… tampoco hemos salido tan mal ¿no?.

 Debe haber otro sistema más humano y mas humanizador para que José Tomás el día de mañana, sea lo que quiera ser. Y si su deseo es auscultar a muchos Sheriff Woody pueda serlo sin tener que demostrar a nadie que es un portento en superar pruebas examinatorias. Que si se siente movido por contribuir en el cuidado tanto como a él le cuidaron, pueda hacerlo sin límites.

Si no es así, la medicina perderá a los mejores profesionales y a las mejores personas.

 

 

NOTA AL PIE: Todavía no tengo el gusto de haber podido conocer en persona a Jose Tomás pero, desde aquí quiero desearle lo mejor en su aventura sanitaria y personal. Quiero agradecer su gesto fotografiado para la contribución de una profesión médica compuesta por los mejores hombres y mujeres. Gracias porque tu gesto nos hace crecer, nos hace “grandes”.

ABRIENDO PUERTAS___ DE LOS DOMICILIOS (Maxi Gutiérrez)

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He tenido la oportunidad de abrir 47 puertas que me han conducido a 47 domicilios donde 47 personas han compartido su historia vital conmigo. Y ha sido en Ecuador.

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Versión 2Algo me “tocó” en el barrio de “La Argelia” de Quito cuando hace tres años hice un viaje turístico a Ecuador. Uno siempre desea volver a los lugares donde ha encontrado intuiciones… además de personas maravillosas que te acogen y facilitan las cosas para que te encuentres en familia. Y así he vuelto. Nervioso. Abierto a lo que la experiencia me deparara. Consciente de la disposición a aprender más que a enseñar. Y sobre todo, preocupado por no molestar y ser respetuoso con tanto trabajo callado y continuo.

Con la tarea encomendada he estado practicando una disciplina que apenas hacemos (o ¿queremos hacer?) los médicos de familia en España. Que un médico de familia visite a 47 personas en su domicilio en apenas 6 jornadas es algo tremendamente extraño en nuestro medio. “…ya has hecho muchos más domicilios de lo que yo hago en un año…” me dijo un compañero. Y tampoco es nada frecuente en Ecuador, en muchas casas ningún profesional sanitario había cruzado el umbral de la puerta.IMG_2953

Versión 2Paso a paso, con el esfuerzo del desnivel de la ladera Quiteña y la dificultad de los casi 2.900 m. de altitud fuimos recorriendo los lugares. Y digo fuimos, porque me acompañaban voluntarios del Comedor Social Parroquial que cada sábado recorren las calles portando comida. Hoy acompañaban a un médico “gringo” que se presenta sin avisar.
Así llegué y así me abrieron sus casas. De par en par. Con un agradecimiento inmenso que siempre se traducía en un “Dios le pague, doctorcito” que resonaba en mí en cada encuentro. Y ciertamente, me sentí pagado.

He encontrado Hipertensión Arterial diagnosticada y tratada. Deterioros cognitivos y demencias también con sus tratamientos, algunos de dudosa eficacia. Artrosis, mucha artrosis de huesos desgastados por la longevidad y Versión 2el trabajo de la vida agudizada por el frío andino. Discapacidad como consecuencia de una parálisis cerebral o un ictus que cuando se mezclan con pobreza hacen que la discapacidad se multiplique. Hipotirodismos con sus tratamientos. Depresiones y ansiedades… de nuevo la vida. Bronquitis crónica. SIDA

Así es la globalización. Nos hace a todos iguales en las etiquetas diagnósticas que nos ponen y nos uniformiza en los tratamientos farmacológicos administrados porque, allí también se palpan los intereses de la industria farmacéutica. Sin embargo, en muchos casos lo que más falta hace es paracetamol o algún otro analgésicos que alivie los dolores que probablemente le acompañarán toda la vida.
Y también he encontrado cuidadoras. Sí, como aquí, casi todas mujeres. Que se esfuerzan por atender el deterioro de su progenitor mientras sacan adelante una familia numerosa. Sí, de nuevo, las mujeres.

Aún con toda esa situación descrita no he descubierto en los problemas sanitarios la mayor preocupación de mis visitas. Sí, he podido contribuir de forma discreta a mejorar alguna situación puntual. Soy consciente de que la propia visita y  la escucha han podido ser terapéuticas en sí mismas. Más importante ha sido redescubrir como el domicilio es el observatorio perfecto para detectar otros problemas que, afectando a la salud no son estrictamente sanitarios.

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He visto personas en situación de semi-abandono y maltrato por parte de sus hijos y nietos. Personas que con 85 años viven en un lugar que yo calificaría como una cuadra, junto a la casa familiar. Personas en soledad que sólo reciben la visita de aquellos voluntarios del comedor que cada sábado les acercan un poco de comida. Problemas sociales, al fin.
Versión 2He palpado problemas económicos como consecuencia de la falta de trabajo pero, también, por la incultura que genera el desconocimiento de los derechos a los bonos de solidaridad o bonos a la discapacidad. Derechos establecidos por el gobierno pero, que con el analfabetismo y la burocracia nadie se preocupa de atender.

Otro tema son las infraestructuras. Cuando vas al domicilio observas (y sufres) en directo los problemas: desniveles o escalones que impiden una movilidad que preserve o que prevenga las discapacidades.

Problemas sociales, económicos o arquitectónicos que dificultan un envejecer saludable o que agravan las situacioneVersión 2s de enfermedad. Quizás más difíciles de solventar y, sin duda, de imposible resolución con un fármaco. Son problemas evidentes que sólo se ven cuando uno deja la comodidad de la consulta para salir al entorno donde viven las personas que tratamos.

Abandonando la disciplina domiciliaria los profesionales de la medicina de familia perdemos información, perdemos habilidad para detectar otros problemas y el paciente pierde la posibilidad de recibir un tratamiento mucho más integral e integrado.

No quiero decir con esto que el abandono sea voluntario. Ha habido muchas circunstancias para ello. La casa se ha convertido en un ámbito mucho más preservado a la privacidad familiar, cierto. Pero, también hemos (o nos han) ampliado las agendas de consulta hasta ahogar otras actividades imprescindibles, entre ellos, los domicilios.

Ya lo han reivindicado mis compañeros (y amigos) Salvador Casado, Raul Calvo o Sergio Minué… y seguimos haciendo oídos sordos. Cada cual verá lo que puede hacer para recuperar esta disciplina “robada”.

 

Lo mejor es que esos 47 enfermos forman parte de mi propia experiencia personal y son huellas imborrables que me permitirán seguir ejerciendo la medicina de familia y vivir la vida desde otro punto de vista.

Hubo quien me dijo que estos días había “abierto algunas puertas” en el barrio de La Argelia… y lo agradezco pero, los que me abrieron sus puertas, de par en par, han sido ellos y serán de los que me acordaré cuando tenga que hacer la próxima visita domiciliaria aquí.IMG_2959Versión 2

EN EL DÍA DE LA MUJER: HABLEMOS DE GÉNERO Y SALUD (Maxi Gutiérrez)

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Mujeres y hombres pero, sobre todo mujeres, pasan por la consulta manifestando malestares, ansiedades, dolores, a veces miedos y sólo algunas pocas veces enfermedades con daño orgánico. Pero, mujeres y hombres no se manifiestan igual cuando se sientan en la silla de la consulta y expresan sus síntomas.

Existen diferencias biológicas que lógicamente afectan a la salud pero, esta cultura y esta sociedad asignan a las mujeres unos roles tan específicos que condicionan su estado de salud y su manera de enfermar.

Pondré dos ejemplos. Durante mucho tiempo el hábito tabáquico ha sido una práctica fundamentalmente masculina que ha condicionado que las cifras de cáncer de pulmón y otras enfermedades crónicas pulmonares hayan sido mucho menores en mujeres. En eso se han visto beneficiadas hasta que una actitud de imitación del modelo masculino ha extendido el hábito entre ellas haciendo que estas cifras cambien sustancialmente.

Por otra parte el rol de cuidadoras atribuido mayoritariamente a las mujeres hace que muchas vivan sobrecargadas por la asistencia dispensada a sus mayores, a sus hijos e hijas y, en muchos casos también a sus parejas. La mujer tiene interiorizado el mandato del cuidado hasta tal punto que lo normaliza y se lo autoimpone como una cuestión de deber moral en solitario. Mochilas que se cargan a la espalda llenas de ocupaciones y pre-ocupaciones que pueden transformarse en dolor, insomnio, depresión o angustia. No sé si es enfermedad pero, desde luego, es sufrimiento del que muchas mujeres no son capaces de salir.

12960_3a43c6197dSin embargo los hombres consultamos menos o más tarde porque hemos sido educados en la necesidad de aguantar, de exponernos y sobreponernos. Muchos hombres sólo consultan empujados por sus parejas. Es frecuente escuchar como se disculpan: “vengo porque la pesada de mi mujer…” “yo creo que no es importante pero, se ha empeñado…” dejando bien claro que quería (¿o debía?) soportar la situación como sólo un hombre sabe hacerlo.

Así aguantamos malestares o diagnósticos en estadios más avanzados de enfermedad que dificultan su tratamiento. Participamos menos de los programas preventivos de cribado de enfermedades. Y desarrollamos conductas de riesgo que generan enfermedad: el abuso de sustancias tóxicas, los accidentes de tráfico, los traumatismos y agresiones… se producen típicamente en hombres.

El rol familiar del cuidado ante la enfermedad está bien determinado. Si es el varón el que enferma casi todo está asegurado cuando hay una mujer que dispensa y organiza las cuestiones necesarias. Si lo es la mujer, entonces toca hacer muchas cábalas para facilitar un funcionamiento familiar razonable y aportar los cuidados necesarios que aseguren la recuperación de la salud.

Si los hijos contraen la enfermedad, será la mujer la que centre las atenciones y cuidados. Es curioso observar a muchas madres cómo se acercan a la consulta con sus hijos adolescentes aportando todo tipo de información y detalles sobre el proceso sin dejar apenas que el enfermo pueda contar lo que le ocurre y cómo se siente, sin oportunidad de permitirle intervenir bajo la percepción de que no lo va a hacer adecuadamente. Sin embargo, cuando es el padre el que acude a la consulta permanece casi en la puerta ejerciendo de mero acompañante al que alguien encargó la tarea. Todos son mandatos de género establecidos por los roles repartidos.

Sólo la observación de estos comportamientos me permite reflexionar sobre cómo presto una atención diferenciada a hombres y mujeres más allá de lo puramente biológico (ginecología y alrededores). Siempre es necesario tener en cuenta los condicionantes sociales en general, y los de género en particular para ofrecer una atención más ajustada a la persona. Así contribuiremos a una cultura donde éstas no sufran como consecuencia de unas desigualdades asignadas por el hecho de pertenecer a uno u otro género.

Es sabido que el sector sanitario es un colectivo mayoritariamente formado por mujeres, sobre todo en la enfermería y cada vez más en el colectivo de la medicina pero, eso no asegura una mirada ponderada de género. Entre nosotros sigue reproduciéndose el tópico que cuidar es de mujeres (enfermeras) y curar de hombres (médicos). Y eso produce perversas consecuencias para la atención y para el sistema.

La cuestión será generar procesos de reflexión y formación de los profesionales donde se introduzca la variable de género como algo valioso para interpretar los procesos de enfermar de las personas.arton1644-b1dc3

Y además, nada nos hará mejores profesionales que nuestro trabajo para constituirnos como mejores personas. La cuestión se juega en las cosas de la vida cotidiana, en las actitudes del día a día y en todas aquellas cuestiones que tenemos “grabadas” y de las que apenas somos conscientes. Las actitudes sólo pueden cambiarse con procesos de reflexión, con espacios de diálogo, corriendo riesgos en el cambio y disfrutando de los logros.

Veo avances en mis compañeros y compañeras que cada día se esfuerzan en hacer mejor su trabajo. Experimento en mí mismo que es posible cambiar y generar dinámicas nuevas. No es fácil pero, cuando se experimenta ya no hay marcha atrás, es imposible mirar con otros ojos y, a mí este camino me resulta apasionante.

¡Estoy esperanzado!.

MUJERES DOLORIDAS (Maxi Gutiérrez)

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punto.lilaMujeres doloridas, mujeres nerviosas, mujeres cansadas, mujeres tristes, mujeres todas que acuden a la consulta haciendo preguntas y buscando remedios que solucionen sus dolencias. Estas son las responsables de mi reflexión y las que con su protagonismo han ido configurando un proceso profesional y ahora ya personal, con pocas certezas y muchas intuiciones.

Hoy he encontrado los apuntes que hace 12 años tomé en un congreso nacional de médicos de familia cuando casi nadie hablaba sobre violencia de género. Hablaban de la violencia contra las mujeres como un problema de salud e intentaban desgranar cuál era el papel del sistema sanitario. Busqué, leí, estudié, y hablé de ello con mis compañeras y compañeros. Sonaba curioso, había quienes lo recibían con negación, otros (y otras) con escepticismo. A unos pocos nos produjo preguntas e inquietudes.
Así fue como empezaron a llegar a mi consulta mujeres que finalmente atribuían sus síntomas a situaciones de maltrato por parte de sus parejas (¿casualidad?). He escuchado historias muy duras.
Recuerdo el caso de Patricia de 27 años que acudió con un informe de urgencias por haberse caído de la cama cuando en realidad su novio tras 15 días de convivencia la apaleó hasta dejarla totalmente contusionada.
Dolores, que con sus 69 años tiene que soportar prácticas sexuales no deseables ni placenteras y plantea que ante su incapacidad para seguir soportando y su imposibilidad de romper la situación, pueda existir una pastilla para su marido que alivie sus sufrimientos.
Noelia, una ecuatoriana de 31 años que intentó suicidarse tomando pastillas porque no entendía que su marido le animara a dejar su país y sus hijos para maltratarla.
Acuden con los signos evidentes que su agresor ha dejado marcados pero, todas están siendo heridas en lo que no se ve: la autoestima, su capacidad de desarrollo personal, sus ilusiones, su vida, sus relaciones,… Acuden paralizadas por el miedo, los sentimientos de culpabilidad y la impotencia. Mujeres rotas que alguien se ha empeñado en romper.

Imposible no sentirse conmovido por aquello de lo que uno es testigo directo. Seguramente, una de las situaciones más duras que se pueden dar en la vida de una persona que se dedica profesionalmente a los cuidados médicos es palpar los efectos de la violencia especialmente cuando esa violencia es infringida por otro ser humano.
Imposible no preguntarse el porqué. Comprendí que eran las consecuencias más crueles del poder y control masculino. La máxima expresión de la forma en que esta sociedad nos configura como hombres y lo que se espera de nosotros.
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Y a veces he escuchado la pregunta de por qué las mujeres no denuncian a sus agresores, por qué no se separan,… Yo mismo me he preguntado por qué aguantan tanto.
Es cierto que esta violencia tiene connotaciones muy particulares. El agresor habitualmente presenta una buena imagen que incluso permanece en la memoria de sus vecinos al día siguiente del asesinato.
La propia mujer siente vergüenza por lo que está viviendo. Confesar una situación de violencia no es nada fácil. Y además, ya se ha encargado el maltratador de hacerle entender que ella es la culpable y él sólo se ve obligado.
La amenaza se cierne constantemente, sabe que la próxima puede ser ella.
La violencia cronificada ha llegado al punto en que la mujer ha perdido todas sus relaciones. El se ha encargado de ello con la apariencia de que su nido de amor no se vea roto por el bullicio de familia o conocidos. Puede ser que cuando decida pedir ayuda mire a los lados y no encuentre a nadie.
Y después está el inevitable miedo a cómo afrontar el futuro: economía, trabajo, hijos, relaciones… Quien vive en esta situación sabe que su presente es duro y su futuro más incierto.
No son víctimas agredidas por alguien que se cruza por casualidad en su camino. Su agresor es la persona elegida para construir un proyecto de familia y una vida entera. Aceptar que ese sueño se ha quebrado y lo ha hecho de forma violenta no es fácil. Son agredidas por quien amaron o quizás, siguen amando. Porque en esto de los sentimientos es complicado poner barreras.

Así que, el próximo día, cuando escuches la pregunta “¿por qué aguantan tanto?” no calles porque, el silencio dubitativo o cómplice de los que escuchan puede ser interpretado como “aguantan… porque quieren”. Digamos alguna de estas razones. Sólo una. Será un gran paso para no victimizar a unas mujeres demasiado violentadas.