Compromiso social

TRISTEZA (Alberto Meléndez)

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Me cuesta escribir. Me cuesta mucho. Llevo intentándolo meses. Pero no nacen palabras como lo hicieron antes. Y eso que en este tiempo no han faltado historias, sensaciones, experiencias que en otras ocasiones generaron entradas a este blog… Pero una emoción me pesa estos meses y lo empapa todo. Quizá escribir me ayude a aligerarla. A ponerle coto. A “definirla”; a ponerle nombre…

Tristeza.

Tristeza vivida en familia. Contemplando como el tiempo merma a lo que quieres. Como la dependencia toma protagonismo al final de la vida. Lo mal que estamos diseñando la vejez de los nuestros, nuestra propia vejez. Triste por ser triste un final que no debería ser triste.

Tristeza compartida en el equipo. Cuando la muerte azota “dentro de casa” se vuelven ridículas frases hechas que forman parte de nuestro “kit de condolencia”. Duele el dolor. Lo invade todo, lo engrisece todo. Las sonrisas son medias sonrisas, las bromas medias bromas. Los saludos, los abrazos, cobran sentido (triste) fuera del ritual. Intensidad de dolor que no mide una escala. Que no mitiga una pastilla. Tristeza de fondo, de base, del alma.

Tristeza “laboral” al ver que, en la lucha de David contra Goliat, lo más fácil es que venza Goliat. Que los mismos que animan a David con palmaditas en la espalda apuestan por Goliat en las casas de apuestas. Que las buenas palabras ceden al poder del dinero, al poder del prestigio, al poder del poder.. Que proyectos, planes, protocolos, “design thinkings“, “bottom-ups“… solo sirven para perpetuar la injusticia, para vitorear al emperador que nos mantiene. Para tapar su desnudez y prolongar el dolor de la mediocridad.

Tristeza en fin porque “ya está en el aire girando mi moneda”, como cantan a dúo Jorge Drexler y la gran Mercedes Sosa.

Y cuesta decir que “sea lo que sea”. Cuesta sentir que “sea lo que sea”.

 

Me estaré haciendo mayor…

 

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UN PARTE DE LESIONES (Maxi Gutiérrez)

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Ayer recibí en mi consulta a Lucía. Vino fuera de hora. Solicitó atención inmediata porque su abogado le pidió un informe para el juzgado.

Entró silenciosa con esas miradas cabizbajas que tímidamente parecen hacer un rastreo inmediato de todo. Le noté nerviosa. Detrás, una mujer mayor con un bolso grande colgado del brazo izquierdo, daba los buenos días a la vez que parecía pedir permiso y cerrar la puerta de la consulta con extremo cuidado.

Ambas se sentaron, se miraron y parece que ninguno nos atrevíamos a iniciar aquella consulta que yo ya aventuraba difícil. Silencio tenso que dio paso a una tímida entrada:

-Vengo para que me haga un parte de lesiones. Me lo ha pedido mi abogado… -susurró-.

-Y… ¿qué es lo que ha ocurrido? –hice la inevitable pregunta-

Fue desgranando con calma una escena de Nochevieja poco común: un forcejeo, una mano al cuello, un zarandeo interminable y una huida atropellada con su hija a hombros. Un eco de fondo con gritos e insultos. Un fondo sin fin, que ponía cada vez más prisa a aquella carrera desesperada.

Era técnicamente fácil certificar aquellos leves hematomas en muñeca y cuello. Sin embargo, no resultaba tan fácil escuchar aquel relato de una historia de amor que nadie sabe cómo fue convirtiéndose en un infierno de violencia. Y que una noche de campanadas sólo la mano ardiente en el cuello y la mirada de una niña de apenas cinco años presenciándolo todo, fue suficiente para pensar que el año nuevo debía comenzar en casa de su madre.

Escuché. Escuché con calma y os aseguro que nada, nada hay tan terrible como la expresión violenta de un ser humano contra otro y cuando no es presenciada, el relato de la víctima desgarra y hiere hasta las paredes que lo escuchan.

Acogí el relato con toda la empatía que puede hacerlo alguien que ni siquiera imagina una relación así. Y pensé en aquella mujer que permanecía al lado, silenciosa, como sólo las madres saben permanecer. Eso sí que me pareció empatía.

Me dispuse a ir poniendo letra a todo lo escuchado en el formato del Parte de lesiones. A Lucía le resulto imposible pronunciar a la primera el nombre y apellidos del agresor. Primero el silencio, después el llanto y finalmente, una mirada perdida que parecía recorrer toda su historia de vida. Los minutos se nos hicieron largos pero, se hacía imprescindible sostener el  silencio previo a escuchar el nombre de su marido.

 

Anotar los hechos referidos. Explorar y escribir con detalle. Describir el estado emocional de Lucía. Hacer un diagnóstico y proponer un plan de tratamiento. Todo resultó una tarea ardua bajo la atenta mirada de esas dos mujeres que leían palabra a palabra lo que en el ordenador se iba plasmando y no se atrevían a rectificar por respeto o quizás por miedo. Sí, eso era, entonces caí en la cuenta, era el miedo el que lo invadía todo. El miedo estaba presente y había conseguido contagiarme hasta el punto de dudar sobre cualquier cosa que tecleaba.

Lucía dobló con exquisito cuidado aquel papel que le había hecho llegar hasta mi consulta. No sé si recogió algo más de todo aquello que fueron mis propuestas: disposición a elaborar un plan de acción para seguir acompañando el proceso, coordinación con los servicios sociales y jurídicos, búsqueda de ayuda psicológica para ella y/o para su hija… La “continuidad eterna” de la atención primaria quizás nos permita seguir en ello.

Cuando Lucía y su madre se despidieron amables y cerraron la puerta, pensé en cómo uno intenta hacer estas cosas con exquisito cuidado para no colaborar con el destrozo de lo que ya está roto. Incluso si es posible, en facilitar la recomposición de alguna de sus piezas. Y pensé en el miedo, en el miedo que me invadía, en el miedo contagiado y en el miedo que me generan todas las violencias…

 

ANEMIAS INSÓLITAS (Maxi Gutiérrez)

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Cuando llegan a la consulta acompañados por Raquel y en su historia clínica luce un blanco inmaculado quiere decir que se trata de una persona refugiada. Raquel trabaja en CEAR y se presenta discreta para acompañar, asesorar, traducir y ordenar. Todo es más fácil con Raquel. He aprendido que cuando su sonrisa asoma por la puerta toca preguntar de dónde vienes, desde cuándo estás, con quién viniste, cómo te encuentrasy muchas preguntas más para recomponer el puzle de una vida al otro lado de nuestras fronteras. Lo nuevo asusta, y por eso me miran con miedo, o quizás con respeto, o tal vez con ambos. A veces pienso que me gustaría sentarme con cada uno en una larga sobremesa y dejar que me hagan partícipe de su ajetreada vida. Quiero COMPRENDER (en mayúsculas) para ayudar. Quiero APRENDER(en mayúsculas y subrayado) para valorar y agradecer más.

Aquel mes de junio llegó Juan Francisco desde Venezuela. Con poca carga de enfermedad. ¡Menos mal! porque alguien débil no hubiera podido soportar todos los interminables trámites para poder salir hacia una vida mejor. Un volante de analítica y un apretón de manos (calidez latina) despidieron nuestro encuentro con la tranquilidad de que Raquel acompañaría todos los pasos necesarios para hacer llegar el resultado de aquella analítica a mis manos.

La hemoglobina de 9,5 desató todas las alarmas. “¿Has sangrado por algún lugar? ¿Has tenido diarrea? ¿vómitos? ¿dolor abdominal?” y más y más preguntas que se sucedieron para negando, resistirse a mi búsqueda etiológica (algo así como quedarme sin saber de dónde demonios venía esa anemia).  Finalmente: suplementos de hierro y a esperar el resultado de la colonoscopia y gastroscopia. Esto sí que le complicó la tarea a Raquel que salió inundada de volantes, formularios, consentimientos y citas.

Juan Francisco ha vuelto cuatro meses después por la consulta. Más calmado. Más sonriente. Con mejor color. Esta vez solo y dispuesto a recibir los resultados de tanta prueba diagnóstica. Nada de nada en la endoscopia (¡pufff, qué alivio!) y un pletórico hemograma con una Hemoglobina de 14,2. Solo queda asumir la inevitable incertidumbre de la consulta del médico de familia y decir:

“- Juan Francisco, sabemos que no tienes nada aparentemente grave, pero no sabemos de dónde vino tu anemia. Por suerte, ya le hemos recuperado.

– Doctor, no se si tendrá algo que ver, pero yo hacía meses que no comía carne ni pescado. Recuerde que vengo de Venezuela. En mi país no es fácil sobrevivir si no…”

Y salió por la puerta feliz. Sin aparente incertidumbre. Agradecido y dispuesto a emprender su vida sin anemia.

Me acordé de tantas pacientes (suelen ser ellAs) que vienen contando cansancio con el temor de tener anemia. Me acordé de tantas madres (también suelen ser ellAs) que vienen con sus hijos adolescentes “porque no come nada”para que les mida la hemoglobina.

No recuerdo haber visto en mi trayectoria profesional muchos cuadros de anemia por problemas de alimentación. Los vi en mis breves estancias en La India o en Ecuador, pero verlo aquí me impresionó y… me preocupó y… me indignó. Que un país con recursos ejerza una política que impide a las personas vivir sanas es signo de que algo no estamos haciendo bien. Y que la comunidad internacional no reaccione con dureza ante casos como este es que la construcción política que nos hemos dado no funciona.

Por cierto, ya no sé si Juan Francisco camina de la mano de CEAR. Raquel acompaña sin generar dependencia. Tiene la extraña y hábil capacidad de desaparecer cuando debe.. Juan Francisco vuela solo, sin anemia, con salud.

AGUJEROS DEL SISTEMA (Maxi Gutiérrez)

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14:50H . Suena el teléfono de la consulta para pasar una llamada de un paciente que solicita atención domiciliaria.

Surgen todas las alarmas en mi cabeza: “¡A estas horas!” “Seguro que es un catarro” “Encima un hombre joven” “Ni siquiera se habrá puesto el termómetro” “Ni que no hubiera tenido tiempo en toda la mañana!”… Mis reproches llegan hasta el otro lado del auricular y sólo soy capaz de vislumbrar la realidad cuando dejo de colocarme en el centro para escuchar e interesarme por la situación de Juan.

Porque el paciente se llama Juan, tiene 60 años y apenas lo he visto por la consulta. Tiene una psicosis residual que trata con varios ansiolíticos y antipsicóticos. Hace meses que dejó de ir a las consultas de Salud Mental. Dice que le insistieron en que tomara la medicación pero que nadie le mando volver. ¡Vete a saber!. Un compañero le renovó la medicación crónica hace unos meses sin hacer muchas preguntas o quizás sí pero, Juan sólo quiere tomar sus medicinas y olvidar la psiquiatría.

Además, hepatopatía por virus C también abandonada a su suerte. Adicto a lo relativamente confesable: tabaco y alcohol. ¡Quién sabe si a algo más! .

Juan vive sólo y en algún sitio de su historia anoté que intenta recuperar la custodia de un hijo de 6 años de una relación perdida en el tiempo. Pareciera que Juan no vive sólo sino que está solo.

Resignados a la necesidad de acudir a ver a Juan, prolongando nuestra jornada laboral, camino de nuestra casa y con cierta curiosidad por lo que nos vamos a encontrar en aquel lugar emprendemos la marcha la residente y yo. El día está desapacible y gris. Hace frío. Una fina lluvia mantiene el parabrisas activado. Todo invita a buscar un hogar agradable pero, no será hoy.

 

Una bofetada de olor a tabaco nos espera en el umbral de la puerta. La persiana hasta abajo confirma que aquello no ha sido ventilado desde hace días. Las colillas se apelotonan en un vaso ennegrecido y los restos de un café con leche son parte del desorden sobre aquella mesa junto al camastro. Medicinas, papeles y la televisión de fondo. El cuerpo de Juan deambula de la puerta a la cama y se entretiene en el camino para retirar la ropa que oculta la única silla de la casa a mi petición de un lugar donde poder escribir. Sin fuerzas y con la mirada perdida apenas es capaz de relatar sus síntomas con cierta conexión.

Varias botellas junto a la cama que Juan dice que sólo trasportan agua porque “si bebo no me dejan ver a mi hijo en el centro de acogida”.

Interrogamos y exploramos para intentar poner un poco de orden en el caos. Cualquier intervención resulta complicada en aquella atmosfera de aislamiento.

Juan escapa a los controles. Juan tiene el arte de introducirse por los agujeros de nuestro sistema sanitario y social para huir hacia ninguna parte. Para rechazar caminos normalizados. Para seguir anhelando una vida distinta que se le resiste con intensidad. Juan es consecuencia de su aislamiento, de su pobreza y de su enfermedad que al fin y al cabo, son la misma cosa.

 

¡Y nosotros que creíamos tenerlo todo controlado! sólo hay que recibir una llamada a las 14:50 para demostrarnos todo lo que queda por hacer cuando ponemos a Juan “en el centro del sistema”. En el lugar que la vida y sus circunstancias le han colocado. En su centro.

Parece que una losa nos ha caído encima cuando salimos de esa casa en la que no hay ningún indicio de que es Navidad. Muchos creyeran que en nuestra ciudad no hay lugares así.

Y la residente me dice:

– ¿Te has fijado en la foto de mesita?. ¡Juan y su hijo, impecables!. ¿cómo ha podido llegar a esto?

– Los agujeros, Sandra… son los agujeros que se nos escapan.

 

EL VIAJE A LA COMUNIDAD (Maxi Gutiérrez)

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Dicen todos los manuales que la Atención Primaria necesita estar conectada con su medio social. Sin embargo, todos tenemos la impresión que con el tiempo hemos ido traicionando a nuestros ancestros y perdido la mirada que un día nos pusieron en el apellido: medicina de familia Y COMUNITARIA.

Hemos reducido la mirada comunitaria a hacer un par de grupos al año de personas que quieren dejar de fumar. Ni tan mal, porque hay memorias de calidad que en el proceso de intervención comunitaria desgranan los grupos de preparación al parto como la acción más novedosa al respecto. Perdonad que sonría. No hay mujer en este país (y unos pocos hombres) que no haya pasado por esa experiencia durante un embarazo que se haya producido en los últimos 30 años. Bendita experiencia pero de novedosa, poco.

Reducimos lo comunitario a la enfermedad o al riesgo de enfermar como si no hubiera marco más allá.

Y hablamos de intervención, de intervención comunitaria como si la comunidad solo fuera objeto de nuestra intervención en un alarde de sanitario-centrismo-salvador-de-la-comunidad.

Probablemente han pasado los tiempos de los “Consejos de salud” aquellos con los que llenamos páginas (y leyes) para establecer cauces estables de participación. Aunque conozco algunas experiencias de su pervivencia, esta es la era de las pertenencias líquidas en que lo asociativo y la representación sectorial se fueron con aquellos pantalones de campana que nos vestían nuestros padres.

Vivimos momentos en que las redes sociales existen pero, las formas en que se entretejen tienen otros colores, otra trama, otra urdimbre. Redes que no pasan por juntar a un puñado de lideres sociales alrededor de una mesa para diseñar planes. No digo que no fueran útiles, no. Digo que las conexiones sociales son inherentes al ser humano pero, sus formas han cambiado de recipiente mientras nosotros seguimos empeñados en meterlo todo en la caja del ColaCao

Creo que la idea de lo comunitario pasa por acercarse al otro, atreverse a decirle una palabra, mirarlo de arriba abajo, interesarse y abrirse a su mensaje. Dejar que se produzca el idilio y enamorarse para aprender y recorrer un camino juntos. Demasiado bonito para ser verdad. Claro, el proceso supone dejar mis verdades, no mirarme al ombligo y hacer un ejercicio de confianza para experimentar que la riqueza está en la mixtura.

Y así surgen alianzas con la asociación de vecinos del barrio. Que me dicen que no hace falta reunirse mucho ni hacer informes. Que quieren actuar sobre las necesidades y los problemas de los vecinos. Y cuando te fías de su análisis y lanzas un taller para cuidadores de niños se te apuntan tantos que cuesta dar abasto a la demanda. Así se producen las cosas, en la confianza.

No hace falta reunirse para que te escuchen, no. Una página web vecinal puede ser un buen altavoz para proponer una sencilla y correcta información de salud. Sólo hace falta escuchar demandas y proponer ciencia eso si, utilizando un lenguaje para todos los públicos.

img_0849Por otra parte, la educación y la atención primaria de salud se parecen tanto que cuando se descubren ya siempre quieren caminar de la mano. Cuando niñas y niños del barrio vienen a conocer el centro y a los que trabajamos en él nos valoran más. Sólo se valora lo que se conoce y sólo se conoce lo que se abre y se presenta.

img_0961Es una alegría encontrar el centro de salud lleno de pequeños que con apenas 8 años vienen a vivir una experiencia que hemos llamado “Ume sorosleak” (Niños y niñas socorristas). Tumbados en el suelo, con sus chalecos y con un poco de imaginación experimentan cómo actuar ante situaciones de urgencia sencillas. Una actividad que genera satisfacción en los profesionales sanitarios y educadores.

También es comunitario hacerse la pregunta de ¿Cómo nos presentamos ante las personas que atendemos en el centro de salud? ¿Qué imagen queremos trasmitir?. Y así montamos un lío de narices (7) para ofrecernos en un vinilo bien grande a la puerta del centro sonrientes, amables, atrevidos y cercanos para ofrecer una atención primaria con calidad y calidez.

No queda la cosa ahí. Nos atrevimos a pedir a los pacientes que entren y se sumen al juego de las narices (8) para establecer compromisos de ayuda por la salud. Y lo han hecho, sin dudarlo.

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En definitiva, que en este tiempo lo comunitario no son sólo los grupos. Que hay que arriesgar, salir de lo conocido y explorar para equivocarse mientras se emprende un viaje apasionante como el Viaje a Ítaca

 

“Cuando emprendas tu viaje a Ítaca 

pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias…

Que muchas sean las mañanas de verano 

en que llegues -¡con qué placer y alegría!- 

a puertos nunca vistos antes…

Ten siempre a Ítaca en tu mente. 

Llegar allí es tu destino. 

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años 

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin esperar a que Ítaca te enriquezca”

C.P.Cavafis

PROFESIONALES DE NARICES (Maxi Gutiérrez)

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Los profesionales de la atención primaria nos dedicamos a trabajar con cosas serias. Porque la salud de las personas es una cosa muy seria y, así intentamos poner la máxima atención y respeto en cuidar un bien tan valioso.

Los profesionales de la atención primaria somos gente seria. Estudiosos y aplicados hemos pasado nuestras horas entre libros y apuntes, en el laboratorio y las plantas hospitalarias, en la biblioteca y en el silencio nocturno de nuestras casas. Hemos superado pruebas y exámenes. Quizá tanto folio nos hizo ponernos demasiado serios.

No corren buenos tiempos para la atención primaria. Aunque mi cada vez más frágil memoria se pregunta si alguna vez lo fueron… lo dudo. Estos nuevos experimentos organizativos parecen ofrecernos algunas cortas oportunidades y mucha desorientación y desconfianza. Así describe Sergio Minué lo que ha llamado el “desguace de la atención primaria” que ya lleva escritos ocho (VIII) capítulos donde se desgrana lo que los profesionales vamos percibiendo en mayor o menor medida.

Malos tiempos que generan que esos profesionales tan serios se encuentren sumamente cansados, desinflados y desorientados. Profesionales que han olvidado aquel ímpetu vocacional que les hizo dedicarse a la medicina , a la enfermería o a la atención al cliente sanitario.

cy7bzv3xeaavdrf-jpg-largeY en esta situación, un día un grupo de profesionales decide hacerse una foto. Ponerse delante de la cámara para retratarse y recuperar su imagen. Presentarse a la población con la que trabajan ofreciendo lo mejor que tienen: a ellos mismos.

En el juego de seducción a la cámara aparecen unas narices de payaso que rondan las narices propias y que juegan a
colocárselas al compañero de al lado. Y así van dejando el pudor porque aquello resulta divertido.

czjhmmaucaatddf-jpg-largeComo siempre, el humor se vuelve terapéutico y con las narices van perdiendo la seriedad y gran parte del hastío.

Un humor que no quita compromiso ni responsabilidad en lo que viven pero, que hace más sencillo el camino.cy_ptrvwgaaxufi-jpg-large

 

Aquello queda reflejado en una imagen que deciden utilizarla como forma de presentarse al barrio y a la población que cada día acude al centro de salud para ofrecer una imagen cercana, amable y amiga. Intentando recuperar lo que en esencia debe ser la atención primaria. Con un lema que reza: “Tu salud es cosa seria. Estamos para ayudarte”.

Este es el equipo con el que trabajo cada día. Serio, científico, formado y vocacionado para cuidar la salud de las personas. También sonriente, amable, atrevido y cercano para ofrecer una atención primaria con calidad y calidez.

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¿POR QUÉ NO CELEBRAMOS MAS LO QUE TENEMOS? (Maxi Gutiérrez) en el Día de la Atención Primaria

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IMG_4762Hoy la mañana se presenta tranquila. La agenda está despejada a primera hora pero, en este trabajo nunca se sabe cómo terminará el día. Un vistazo a los pacientes para reconocer algunos nombres y hacerme una idea de por dónde irán las cosas hoy.

La visita de las responsable del área administrativa suele ser habitual. Siempre atenta a todo lo que pasa en el centro, repasando las agendas y las ausencias, organizando las reclamaciones, pendiente de cada miembro del equipo. Sin ella sería imposible.

Repasar, reponer y colocar la consulta para que todo esté listo y que cada uno de los que entren por la puerta encuentren ayuda de forma ágil y eficaz.

IMG_4761La primera paciente del día tenía una cita concertada. Su infección respiratoria se ha complicado con afectación bronquial y precisa un tratamiento y un seguimiento más intensivo. La auscultación tiene que ser exhaustiva para poder determinar si la evolución está siendo satisfactoria aunque, la expresión de su cara lo dice todo y sonríe cuando le digo “Palmira ¡hoy sí que traes otra cara!”.

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Pasa Ana Rosa que no ha podido dormir en toda la noche por un dolor de oídos. Sin embargo, no ha tomado ningún tratamiento. Prefiere venir para que le diga lo que tiene… o lo que no tiene, quién sabe.

 

 

IMG_4764La tercera es Margarita que, exhausta lanza sobre mi mesa un papel con algunas manchas de grasa donde se leen hileras de cifras. “Ahí tienes las glucosas de la amatxo… que no hacemos carrera!”. Y seguimos ajustando las cifras de insulina mientras hablamos de la imposible dieta y de los disgustos y cansancios de la vida.

Y después entra Mikel que comienza hablando de la vasectomía y terminamos compartiendo las desesperaciones de un padre al que nunca le explicaron qué era aquello de convivir con un bebé.

Va pasando la mañana y el ordenador bien parece la pantalla vibrante del aeropuerto que anuncia las próximas salidas de vuelos; siempre interminables. Un sintrom ® desajustado viene de manos de la enfermera. Y apenas nos da tiempo a un pequeño descanso para reponer fueras y relajar esfínteres mientras la sala del café rebosa de bullicio por la última anécdota de mi compañera de enfrente. Me esperan Joaquín y María Luisa que quieren que les explique lo que les dijo “el de digestivo” porque no les quedó muy claro si era mejor operarse. Además de tres pacientes con fiebre. Varias consultas telefónicas “para que me arregle lo de las medicinas”. Una infección de orina… Y qué se yo qué mas.

Cuando al fin consigo ganarle el pulso a la agenda aún quedan varias tareas administrativas. “¡Suerte que hoy no hay domicilios porque tenemos sesión clínica!” me digo a mí mismo. Hoy toca repasar la reanimación cardio-pulmonar que de manera magistral ha preparado un compañero del equipo.

Siete horas después, uno ya no sabría enumerar todas las tareas ni las interacciones realizadas. ¿Satisfecho? sí. ¿Inquieto? también… y ciertamente cansado.

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Médicos con Valor (Mónica Lalanda)

Así he celebrado el “Día De la Atención Primaria”. Desde el habitual lugar en el que me siento, escucho, pregunto, exploro y propongo. Preocupado por hacer lo mejor posible un trabajo que tiene tanto de arte como de ciencia. Orgulloso de poder ser testigo de tantos relatos vitales. Satisfecho por contribuir a ese estado de bienestar que llaman salud o a ese proceso de acompañamiento que llaman cuidado. Y me pregunto, ¿por qué no celebramos el Día de la Atención Primaria desde lo que tenemos y lo que disfrutamos?:

. Son los pacientes, sus historias y sus agradecimientos.

. Las escasas barreras que generan la cercanía y la accesibilidad para que lleguen hasta mí las preocupaciones y los desazones de las personas.

. El conocimiento de las familias y sus dinámicas a veces, perversas y muchas más veces ejemplo de sustento y cuidado.

. Poder acompañar en el tiempo: desde el que nace hasta el que se consume por la enfermedad o la vejez a las puertas de la muerte.

. La presencia en la comunidad, el barrio, la asociación de vecinos, los colegios, el centro cívico, las asociaciones, etc. para escuchar lo que se necesita y llevar lo que es propio nuestro y que mejora al conjunto.

. Es el privilegio de sentirse útil, sin duda.

Celebrar la habitualidad y la grandeza de la consulta es tarea de todos los días para poder conservar una Atención Primaria y una sanidad pública amenazada. Porque, no soy un ingenuo, celebrar desde lo que vivo no me impide tener claro todo lo que falta por conseguir (o por recuperar… ya que alguien nos lo robó) pero, eso será motivo de otra entrada.