Atención bio-psico-social

LA CONSULTA (Maxi Gutiérrez)

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Hoy sólo pondremos voz…

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LO QUE NO NOS CUENTAN (Maxi Gutiérrez)

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¡Qué agradecido estoy a tantos relatos vitales compartidos!.

Las personas que pasan por nuestras consultas dejan trazos de su vida escritos en el aire. Aire que respira su médico y que se lleva en la mochila para echar mano de ellos cuando el empinado camino de la vida lo exige. Es un privilegio y un aprendizaje sentirse reconfortado por lo que las personas comparten. Sólo con el ánimo de aliviarse, sin quizás saber lo que aportan al que está al otro lado de la mesa. Nos cuentan, nos cuentan, nos cuentan…

Pero, ¿qué pasa con aquello que no nos cuentan?. Aquellas historias que se quedaron en la elaboración del camino previo y en la sala de espera. Relatos que nunca consiguieron atravesar el umbral de la puerta. Historias frustradas, acalladas, vergonzantes o supuestamente insignificantes… Como dice la canción, historias que son como los besos que no damos  y que nunca sabremos a dónde fueron .

Manifiesto mi más profundo respeto por aquello que las personas no me quieren contar. Lo entiendo. Lo acepto. Aunque la intuición se empeñe en pelearse con la realidad y cueste admitir el silencio. Así es la entrevista, llena de silencios y llena de interpretaciones de lo que no se dice. Respeto, respeto por encima de todo.

Pero, también expreso mi más profundo dolor por aquellas historias que “no dejé” que me contaran. Historias ahogadas por las prisas, ocultadas por el cansancio o abortadas por las interrupciones donde lo urgente devora lo importante.

Es duro imaginar un error por no haber dicho aquella palabra. Es fuerte no haber puesto cara de complicidad para ofrecer el tiempo infinito de algo que mereció ser contado. Y sé que no sólo soy yo responsable pero… me resulta duro.

 

Todo esto me viene a la cabeza porque hace unos días mi amigo Raúl  (un médico de pueblo) me pidió que contara una de sus maravillosas historias en un foro sanitario de expertos en comunicación .

Le puse voz y sentimiento a una historia de silencios titulada “LA ENTREVISTA”. La podéis rescatar en su blog  o escucharla en el siguiente video.

Y alguien pensó que todo este trabajo merecía un premio… y así fue concedido.

Lo recibo con gratitud, sabiendo que el mayor premio es tener la oportunidad de reflexionar sobre las vidas que contadas o no, me ayudan a crecer como profesional y como persona.

Me siento privilegiado.

¿DE QUE HABLAMOS LOS PROFESIONALES DE LA MEDICINA? (Maxi Gutiérrez)

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Es importante reunirse y encontrarse con otros que hacen el mismo trabajo que tu. En otros lugares y con otras personas pero, desde una disciplina similar y un cuerpo de conocimientos definido. Al final, es lo propio de los seres-humanos-gregarios que siempre nos vemos impulsados a convertirnos en seres sociales.

Ese es el gran valor, encontrarme con el otro, compartir y establecer o retomar vínculos que generan riqueza. Para eso me sirven a mí esos lugares a los que mis amigos se refieren con un cierto tono irónico como “ya te has ido a uno de esos congresos médicos”. Yo no busco “congresos médicos” al uso, busco lugares que me generen crecimiento profesional y humano. Busco encontrarme y compartir.
meeting-1015591_960_720Pero, ¿de qué hablamos los profesionales de la medicina cuando nos encontramos?, ¿qué nos preocupa?, ¿en torno a qué temas se estructuran nuestras conversaciones?… No, no hablamos de lo que en principio algunos esperarían. Al menos los profesionales de la medicina de familia no hablamos de diabetes, de hipertensión o de los últimos fármacos para el asma. O al menos, no sólo. O al menos, no yo.

Seguramente podría hacer un paralelismo del tipo de “dime de qué hablas con tus compañeros y te diré cómo eres como profesional”.

jornada_osatzen_marzo_2016Estos últimos días he participado en las jornadas de Osatzen  (Sociedad Vasca de Medicina de Familia) y he podido hablar de ciencia pero, en su más amplia diversidad.

Escuché atónito a Paco Etxeberria cómo nos relató su ocupación por devolver la memoria y la dignidad a las víctimas en un trabajo de investigación digno de admiración. Me emocionó cómo describió sus encuentros con los familiares porque encontré que en ellos ha habido mucho de sanación. Descubrí otra perspectiva de la medicina que mejora la vida de las personas y pensé que quizás también me hubiera gustado ser forense.

Participé en un taller sobre “Desprescripción” . Término aparentemente complejo que puede resumirse en revisar la medicación ante la acumulación de excesos médicos para mejorar la salud de las personas. Nos acompañó en esta tarea Joan Ramón Laporte que es uno de los catedráticos más normales que conozco. Por su escucha, sus conocimientos científicos, su capacidad de proponer y por su sentido común. Una delicia de encuentro.

Con un grupo de excelentes profesionales desarrollamos un taller sobre cómo comunicarnos con el mundo judicial en los casos de violencia de género. Nos ayudó Jose Miguel Fernández, abogado de la asociación Clara Campoamor. Compartimos inquietudes desde la justicia y la ética en cuándo y cómo utilizar el parte de lesiones como protección para las víctimas.

También dedicamos un tiempo a hablar sobre las condiciones en que trabajamos pero, con una peculiaridad: desde el lado de los más débiles “los médicos y sobre todo, médicas precarias”. Juan Simó nos ayudó a poner datos y reflexión al problema como sólo el sabe hacer. Patricia Escartín (Pati) le puso la parte sufriente desde su experiencia de precariedad. Emocionante ponerme en su piel, sin duda.

El final nos dejó un excelente sabor de boca mi amigo Iñaki Aguirrezabal en torno a la neuromagia. Alucinamos con la inmensa capacidad cerebral y experimentamos cómo se puede jugar con nuestras percepciones para incluso, encontrar algunas aplicaciones a nuestro trabajo en consulta. Terminando con una sonrisa.

Como no se puede estar en varios sitios a la vez, se que también otros profesionales han hablado sobre la presencia de la medicina de familia en la universidad, la emociones, la ecografía o la cirugía menor, la diversidad sexual, la fibromialgia, la voz de los pacientes o la exploración neuromuscular. Variedad donde las haya en unas jornadas donde todo se construye por la aportación de todos: sin industria farmacéutica, sin pago a ponentes y con un gran esfuerzo organizativo de una junta que pone mucho de esfuerzo y vida personal.

 

Así son los diálogos entre profesionales. Al menos, entre algunos profesionales que preferimos hablar de salud más que de enfermedad, de personas más que de órganos y de condicionantes bio-psico-sociales más que de causas orgánicas. Así son los encuentros que busco y en los que me encontraréis.

Reivindico este tipo de encuentros porque no todo (me) vale. Reivindico que nuestra empresa dé el valor que realmente tienen porque suponen riqueza para nuestro propio sistema. Y Reivindico espacios donde con libertad y ciencia podamos ir ampliando nuestro campo de visión.

Con una premisa aún por implementar: traer la voz de los y las pacientes para que nos sigan enseñando a ser mejores profesionales de la medicina a pie de calle.

 

Sólo quiero terminar con humor y reírnos juntos cuando nos califican de secta, de akelarres o de bedeles de la sanidad pública:

CONSULTAS “SAGRADAS” DESDE EL LADO DEL PACIENTE (Maxi Gutiérrez)

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Una vez leí que las personas se mueven en la vida por tres cosas: el amor, el hambre y la muerte.

Y me parece que tiene mucha razón. Nos mueve el amor y también el desamor, el recuerdo de lo que amamos y lo que deseando nunca fue; hay quien sólo se siente movido por el odio. En el hambre se escenifican las necesidades básicas mal cubiertas, la pobreza y la exclusión; la falta de lo fundamental. La muerte nos inquieta en su llegada pero, también en su deseo, en su miedo y en sus pérdidas dolorosas; los límites de la vida, su final y su inicio, generan grandes inquietudes.

De esto quiero escribir hoy, de las personas que vienen a la consulta a poner sobre la mesa cuestiones de alto valor emocional y a veces, lágrimas.

Me interesó cómo sería vivido eso como paciente y tuve el atrevimiento de preguntar a personas con las que creo haber tenido una “consulta sagrada”. Sobre cómo lo habían vivido, cómo lo evaluaban y cómo lo querían contar. Yo atrevido y ellos dispuestos. Me lo han relatado con sencillez y con sinceridad, desde la generosidad que produce el agradecimiento. Así he recogido sus enseñanzas y sus palabras textuales que van en cursiva.

Me he dado cuenta que las personas necesitan un síntoma orgánico, biológico o físico para poder venir a la consulta. Es lo que han aprendido que este sistema les pide como peaje. Lo que les hemos vendido, lo primero que preguntamos y deseamos: ¡¡¡el síntoma!!!. Quizás es lo que ellos mismos pueden permitirse para poder acudir. Porque venir con las miserias por delante es demasiado duro para ser aceptado. Necesitan el insomnio, el dolor o el mareo para poder reservar la cita.

Antes de llegar a la consulta hay mucha elaboración previa, mucha duda. Miedos y contextos que han sido muy rumiados. Porque hay cosas que no son fáciles de contar, porque no lo había contado antes, porque no hacía más que llorar o porque no sabía como iba a reaccionar mi médico. Por eso vienen protegidos -con la coraza– aunque saben que tienen que abrirse y buscan que nosotros se lo pongamos fácil.

Me han hecho consciente que la acogida es fundamental. Las personas buscan ser escuchadas, sentir confianza y notar que merecen nuestra atención. Sin burocracias ni juicios. Sentirse protegidas. Precisamente “lugar sagrado” también se define como sitio donde nada ni nadie puede dañarte. Y no todo tiene que ser dicho. Lo perciben con todos los sentidos: palabra, gesto, contacto y tono.

También reclaman su tiempo. El tiempo necesario. Sin prisas. Aún siendo muy conscientes de que es un bien escaso y limitado. Agradecen los espacios de silencio, cuando dice: callaba mientras yo lloraba. Tomemos nota y que parezca que el tiempo se para mientras gestionamos el tiempo que corre.

Sin prisas, las personas quieren vivir su propio proceso. Desean profesionales que se lo permitan. Quieren contar todo lo sucedido y sentido, compartir sentimientos -de soledad, de ideas autolíticas, de cosas inconfesables…-, sentirse comprendidos y aceptados sin juicios. Saben que esto no es trabajo de un día, quieren longitudinalidad. Y quieren recibir acogida incluso cuando saben que no han hecho bien. Sin broncas y con respeto.

Buscan un plan que puedan acordar y discutir con su profesional. Necesitan que les hagamos caer en la cuenta, necesitan compañía y consejo. A veces desean que tiremos de ellos y otras que respetemos su parálisis. En definitiva, esperan que hagamos arte. Ser ayudados para buscar apoyos aunque a veces sean tan cercanos y tan íntimos que teniéndolos al lado no se dan cuenta que existen: los psicoterapeutas de la vida diaria que me gusta llamarles. Y aceptan ser derivados a otros profesionales para encontrar la mejor ayuda posible. Eso supone aceptar nuestras propias limitaciones. Sabiendo que derivar no resta nada, sólo suma o multiplica cuando no es abandonarlo en el otro sino acompañarlo juntos.

Y quieren resultados que pueden ser sólo comprensión, alivio o liberación para vivir, hacer lo que quiero o salir del agujero. Necesitan tiempo para cambiar y recuperar lo fundamental: aprender lo importante de la vida. Si además, mi médico me llama cuando ve algo raro o siento que se preocupa por mí, eso deja en la relación una huella imborrable.

 

Y así lo han relatado:

 

Siempre me enseñan, me transforman, me modelan y hacen que mi práctica vaya cambiando. Ellos, los pacientes, y todos aquellos compañeros con los que comparto dudas e inquietudes (#siapBILBAO)

Por eso, quiero comprometerme a:

  • Seguir teniendo en cuenta la opinión de mis pacientes y mantener vivo el espíritu de aprender juntos.
  • Acercarme con el respeto debido para acompañar el proceso de cada uno, hasta dónde y cómo quiera.
  • Acoger y dedicar tiempo a aquellos que nunca consiguieron tener su consulta sagrada conmigo porque no se dieron las circunstancias o porque no se lo facilité.
  • Desarrollar herramientas para sistematizar y enseñar cómo facilitar la expresión de las emociones en el contexto de la consulta.
  • Explorar los espacios comunitarios como lugar privilegiado para gestionar las emociones donde la comunidad sane a sus propios miembros.
  • A seguir investigando y explorando estos terrenos de “lo sagrado”.

 

“No te acerques. Quítate las sandalias de los pies pues, el sitio que pisas es lugar sagrado” Éxodo 3,5

CONSULTAS “SAGRADAS” DESDE EL LADO DEL PROFESIONAL (Maxi Gutiérrez)

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Así entro yo cada mañana a mi consulta: todavía dormido -la noche me atrapa en estudio y reflexión noctámbula- pero, generalmente contento porque camino abierto a la sorpresa del encuentro. Y porque tengo la sensación de que cada día la consulta me enseña algo. Algo para la vida.

No tengo que subir escalones para llegar a la sala 10. Mi consulta esta “a pie de calle”, donde se filtra la vida sin pedir permiso. Allí se cuelan las preocupaciones, los desvelos, las alegrías y las desgracias. Sanitarias o no. En definitiva, las cosas importantes de la vida.

Así puedo retomar el término que inició Juan Gervas: LAS CONSULTAS SAGRADAS

IMG_4483Según dice Wikipedia, lo sagrado es “lo que atañe a lo fundamental”, “a los principios que fundan algo”, “a lo que se tiene mucho aprecio”.

Cambio mi atuendo y cambio mis zapatos quizás por comodidad, no sé. Ahora pienso que igual tiene que ver con que el lugar que piso es el “lugar cotidiano de lo sagrado a pie de calle”.

 

 

 

Todo depende del contexto.

Cuando alguna vez me ocurre que en las tres primeras consultas del día se producen tres enfrentamientos, paro, miro alrededor y pienso “va a ser que algo me pasa y quizás ellos no tienen nada que ver”. Y a veces lo encuentro. Son mis circunstancias personales que van conmigo a todas partes, aquellas de los que no puedo apearme.

El contexto de la prisa me mata. No puedo soportar cuando la sala de espera esta llena de personas con ocupaciones y tareas que aguantan pacientemente su turno. Y me debato entre el respeto que les debo y el necesario tiempo de atención que necesita cada uno. A veces, consigo recomponerme, centrarme en lo importante y buscar tiempo donde no existía. Otro arte.

Pretendo hacer una intervención justa dando más al que más necesita. Volcarme en el más discapacitado, en el más desvalido, en el más sufriente. Y a veces no es fácil saber quién es “el más” o ni siquiera quién es el sufriente y su grado de sufrimiento.

Los relatos vitales de las personas y sus consultas me conmueven. Me conmueven sobremanera. Puede ser por la forma en la que lo cuentan, por la empatía que me producen o por el desgarro que experimentan. Me alegro que me conmuevan, siempre digo que me hace sentir que estoy vivo porque estar vivo muchas veces es eso, sufrir con el otro.

Entonces vienen a mí todas las cuestiones aprendidas: lo que se espera de mí como profesional, como persona y específicamente como hombre. Abandero la distancia terapéutica como imprescindible para ser médico y absorbo las lágrimas de mis párpados inferiores para que ninguna de ellas salga por otros caminos visibles.

A veces no puedo y sé que, aunque lo disimulo, ellos ya se han dado cuenta de mi emoción contenida.

Aquí me descubro como “hombre-varón-masculino” en tránsito. En un largo proceso vivido en grupo he descubierto como el hecho de serlo marca mis emociones y sobre todo, la expresión de las mismas. Tímidamente voy avanzando en el camino de la capacitación emocional que un día me robaron. Así me descubro más humano y más persona.

Intento evitar la dependencia, el enganche profesional que impide a las personas volar por sí mismas. A medida que avanza el proceso busco fórmulas que me permitan distanciar las consultas y pasar a segundo plano. Por supuesto, dejando la puerta abierta a lo que hiciera falta. Retirarme es una buena evaluación de si el proceso ha sido reconstituyente.

Mirar y compartir con tantos compañeros y compañeras que se dejan la piel cada día en esto. Que dan tanto de sí mismos, restando a veces a su familia y a su vida personal… Y eso también me parece sagrado.

Por otra parte, ¡cuánto nos focalizamos en los que son los contrario!, ¡cuánto nos distorsionan y envenenan! Haré el propósito de poner en valor más a los primeros que a los segundos y seguiré viviendo con pasión mi profesión.

 

Después de haber reflexionado y compartido durante meses sobre las consultas sagradas en torno al #siapBILBAO quiero comprometerme a:

  • Saber recoger las necesidades de las personas que vienen a mi consulta, facilitar la expresión de sus emociones y saber esperar.
  • Aprender a manejar el arte de establecer una distancia empáticamente terapeútica
  • Gestionar el tiempo y los recursos para ofrecer lo mejor de mi mismo
  • Enseñar a los estudiantes y residentes lo sagrado de nuestra profesión
  • Facilitar espacios entre profesionales para hacer un ejercicio de introspección y diálogo que nos ayude a crecer en cuidar “lo sagrado” de nuestro trabajo.IMG_3806

LA CONSULTA EN LA MAÑANA DE NOCHEBUENA (Maxi Gutiérrez)

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Es una mañana rara. Parece que sea yo el único que trabaja en esta ciudad. Aún las farolas iluminan la madrugada fría. Y las calles sin el tráfico habitual, se tornan más amables pero, mucho menos entretenidas. Echo de menos a mis congéneres.

IMG_3096Mi consulta sigue como siempre. No tengo ningún detalle que anuncie el tiempo presente. Sin embargo sus fotos enmarcadas, sus plantas y sus pañuelos de papel se disponen a hacer un espacio de calidad y calidez en esta mañana de Nochebuena. Parecieran querer acompasarse con tantos deseos de felicidad que estos días se lanzan, un tanto forzados por el obligado cumplimiento de una fecha.

Y así se abre la puerta. Entran la enfermedad, las preocupaciones y las burocracias. El catarro propio de la época invernal con sus incipientes síntomas que llevan a consultar “porque como vienen estos días de fiesta”… ya se sabe que nadie quiere encontrarse mal y busca la clave milagrosa para poder estar a la altura de la fiesta.

Y así va pasando la mañana. “A pasar buena noche”…“Feliz Navidad” …“Que lo pases bien”… Esa es la música de fondo.

IMG_3218 (1)Hasta que entra Juan Luis. Tan desgarbado como siempre y con tantos kilos de más como años aparenta sin tenerlos. Hoy viene más repeinado y algo más limpio que de costumbre. Saca varios papeles de poca importancia. Comenta síntomas deslavazados sin mucho interés para que terminemos repasando su medicación antidepresiva y ansiolítica. Su cara cambia cuando le pregunto por Ana y ahora sí que cuenta con detalle sus mínimos avances: una pequeña sonrisa, un minuto de coherencia y un paseo por el recinto psiquiátrico. Allí vive Ana desde hace meses.

Juan Luis estuvo un tiempo sin venir a la consulta porque se le acabaron las fuerzas, se ahogó en alcohol y pensó que lo mejor era terminar con todo. Aquello pasó y hoy se encuentra mejor y es capaz de sonreír mientras me cuenta sus artes culinarias para hacer esta noche unas albóndigas rellenas que no compartirá con nadie.

Sonríe porque hace unos días pasó un tribunal médico donde se sintió que le escuchaban y ayer se encontró con la jefa del psiquiátrico y le llamó por su nombre. Y hoy me agradece lo que hago por él.

Y así se despide, sonriendo y agradeciendo. Quizás sólo ha venido a eso, a sonreírme y a agradecerme.

Pañuelos que detienen el tiempo
Pañuelos que detienen el tiempo

 

Después entra Daniel para ver el resultado de la espirometría. Confirmamos que su asma no está bien controlada, que hay que poner más medicación y que debe ser más constante en aplicarse los inhaladores. La conversación nos lleva al tabaco (¡cómo no!) aunque, lo hago sin acritud ni excesiva presión porque ya lo hemos abordado más veces. Y sin querer justificarse, sabiéndose culpable, Daniel empieza a comentar las preocupaciones de la vida. Su reciente separación, lo injusto de las leyes, lo tortuoso de la relación con su ex pareja y las negociaciones infructuosas que se mitigan con una calada tras otra que le alivia tanto como le ahoga.

Pero, de nuevo aparece la sonrisa cuando me habla de su hija de dos años. Todavía mantiene la esperanza de poder pasar unos días en Navidad con ella. Y de lo feliz que es con ella y de cómo la quiere.

Así pasamos de la espirometría al amor sabiendo que el tabaco será un objetivo posible “cuando pasen estos días” o… más adelante, quién sabe. Daniel se siente agradecido, lo demuestra su sonrisa pero, no se atreve a decirlo… y se despide esperanzado.

 

Con Daniel se cierra la puerta de la consulta y pienso que una vez más, la vida se ha colado dentro sin pedir permiso. Y así me gusta que sea porque es signo de que estoy a pie de calle, pisando suelo en medio de lo sagrado de la vida.

Y vienen mis compañeros y les propongo compartir un vino y un rato de charla. Y sonreímos juntos en esta mañana de Nochebuena.

MEDICOS DE FAMILIA LONGITUDINALES (Maxi Gutiérrez)

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“ Mi nombre es Rafael Olalde y soy un médico de familia bilbaíno en plena fase de amortización. Soy un veterano de muchas guerras y tengo la suerte de llevar más de 37 años sentado en la misma mesa de la misma consulta (pura metáfora: he cambiado de mesa y de consulta pero no de población asignada a la que atiendo). En alguna ocasión he tratado a 4 generaciones al mismo tiempo.”

Así es como Rafa se presentaba en el foro de debate del #siapBILBAO (os lo recomiendo vivamente). Rafa es compañero de profesión y lo tengo por maestro en muchas disciplinas. Sabe como nadie moverse entre la crítica al sistema sanitario y la colaboración comprometida. Es uno de esos profesionales de la Atención Primaria imprescindibles por su estilo y por su permanencia.

Y sobre ese párrafo otro amigo, Sergio Minué, hacía una entrada en su blog sobre el compromiso de la longitudinalidad en Atención Primaria. Interesante reflexión que me produce grandes contradicciones.

FullSizeRenderDice nuestro libro de cabecera, Martín Zurro, que una de las señas de identidad de nuestra atención es ser “continuada y permanente” en el tiempo y en el espacio.

Me admira la continuidad de estar 37 años en la misma mesa tratando hasta cuatro generaciones sucesivas. Veo sus ventajas pero, me da un vértigo terrible. Lo experimento cuando mis pacientes me preguntan “y ¿tu ya vienes definitivo? ¿vas a ser nuestro médico para toda la vida?” y se me encienden todas las alarmas: ¡¡¡para toda la vida!!!… ¿para toda la vida?.

De la misma manera, evito decir a mis pacientes que le pongo una medicación “para toda la vida” porque creo que las cosas cambian tan rápido que hacer afirmaciones así condicionarán actuaciones en el futuro. Quizás porque cada vez estoy más convencido que hay muy pocas cosas que quiero que sean iguales para toda MI vida.

Y eso no evita mi compromiso. Me siento comprometido con mis pacientes. Sufro cuando tengo que ausentarme porque sé que algunos me echarán de menos. Sufro cuando me recriminan que no he estado las últimas veces. Sufro cuando la gestión roba mi tiempo (por ser jefe) en cosas que no me generarán beneficio profesional ni personal. Por eso intento estar y sé que mi compromiso fundamental es con ellos, con mis pacientes.

Alguna vez he intentado explicar este compromiso a mis jefes y creo que en el fondo no me comprenden. Es terrible que sus intereses tengan otras prioridades que no contemplen la longitudinalidad. Es algo que me apena sobremanera cuando lo percibo en un gestor.

Comprendo la continuidad solicitada por los pacientes. Igual que a mi me gusta encontrarme con el mismo camarero, la misma comercial en el banco o el mismo dependiente en la panadería, entiendo a los pacientes. No tener que volver a contar lo mismo, recordar la historia pasada, retomar los acuerdos alcanzados… Porque como escribí una vez en este mismo blog “pacientes buscan médico” y la ruptura de la longitudinalidad también rompe este encuentro. Excepto en el ámbito rural como dice mi amigo Raul pacientes y médico tienen la suerte y oportunidad de estar llamados a entenderse.

 

Pero, también veo algunas ventajas a romper la continuidad asistencial en un cupo de pacientes. El cambio aporta novedad, frescura, oportunidades, reconciliaciones, reconstrucción… Para todos. Para mí también como profesional.

No se cuándo es razonable poder hacer ese cambio. Desconozco cuál es el tiempo a partir del cual se puede romper la continuidad. Dependerá de cada circunstancia, de cada profesional y cada paciente lo verá de una manera según su momento y situación de salud. Seguro

Será porque yo me siento llamado a proyectos nuevos, porque soy un “culo inquieto”, porque me emociono con la novedad, o porque soy “de la modernidad líquida” de Baumann. Mis identidades (me reconozco variado y diverso en identidades) son como costras volcánicas que se endurecen y vuelven a fundirse y cambian constantemente de forma. Al menos en eso me siento joven y moderno.

Y cuando vivo algo nuevo sé que aporto novedad a mis encuentros clínicos, a mis pacientes y a mis acompañamientos como médico de familia. Y también a mi vida, a mis encuentros y acompañamientos personales, a mi entorno…

imagesAsí lo vivo, en contradicción.

Es cierto que he sido de ciclos cortos (muy cortos): tres años y medio en cada etapa profesional (urgencias, atención primaria, gestión). Y según voy avanzando en edad y experiencia mis ciclos se alargan: el último de 5 años en un cupo de medicina de familia… Seguramente el actual será más largo…

Nunca conseguiré los 37 años de Rafa… Nunca seré como Rafa… Ni tan sabio como Sergio… pero me identifico tanto con el compromiso con mis pacientes como con la novedad del cambio.