Atención bio-psico-social

TERAPIA ULTRABREVE (Maxi Gutiérrez)

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Salvador Casado es un experto médico de familia y amigo que me confió un caso de su consulta:

Un varón de veintitantos años acude a consulta refiriendo agobio, ataques de ira y emociones intensas que no puede controlar. Pese a que tengo una consulta atiborrada esa tarde no puedo evitar sentir compasión hacia él y decido escucharle lo mejor que pueda. Me pide permiso para leerme un folio doblado que lleva en la mano. Se lo doy y pasa a leerme lo que siente: lleva un mes descentrado, su vida no tiene sentido, discute con las personas que quiere y desean ayudarle, está enfadado con el mundo, sobretodo con él mismo, a veces experimenta mucho enfado y necesita desahogarse dando puñetazos (me enseña los nudillos descarnados), no encuentra alivio en nada siendo incapaz de distraerse, cree que tiene una depresión o algo peor, está fatal.
Me maravilla lo bien escrita que está su narración. Le pregunto si ha tenido oportunidad de compartirla con alguien lo que él niega.
Casos como éste son muy frecuentes y las respuestas que damos en las consultas de medicina de familia muy diversas. Lo más habitual suele ser diagnosticarlos de trastorno de ansiedad y/o depresión, ofrecer escucha activa, dar psicofármacos y a veces una derivación a salud mental.
Yo decido aplicar terapia psicológica ultrabreve y arriesgarme a dinamitar la agenda de la tarde. En lugar de seis minutos disponibles precisaré emplear veinte para conseguir los siguientes objetivos: Escuchar. Empatizar y contactar. Enfocar. Proponer. Red de seguridad
Para escuchar bien es necesario no tener prisa. En este caso el paciente leyó tranquilamente las dos caras de su escrito y luego añadió más información a medida que me interesaba por sus circunstancias personales, familiares y sociales. Era la primera vez que acudía.
El siguiente paso es conectar y dar empatía. Reconocer su dificultad y su sufrimiento. Aportar alguna imagen que le permita comprobar que le hemos entendido, que sabemos por lo que está pasando. Cuando lo conseguimos es habitual ver alivio en el lenguaje no verbal del paciente que relaja postura o cambia el gesto insinuando una sonrisa.
Conseguido el contacto pasamos a normalizar y enfocar. El paciente ha verbalizado que cree tener alguna enfermedad y experimenta falta de control en su vida, eso le agobia mucho como es natural. Devolver que no detectamos ninguna patología mental sino un sufrimiento intenso derivado de su momento vital permite al paciente reenfocar su discurso interior que tiende a ponerse en lo peor. Darse permiso para experimentar emociones intensas y dejar de autoagredirse por ello le coloca en una posición adecuada para encontrar una salida a su situación de bloqueo.
El teléfono interrumpe la conversación, la compañera administrativa me informa que tengo un aviso a domicilio de un paciente de otro centro de salud y dos personas sin cita que se suman a los que ya esperan en la puerta. Agradezco la llamada y continuo.
La propuesta que hago a continuación es triple: desahogar, respirar, esperar. El joven se siente como una olla a presión, cuando le invito a desahogarse lo entiende perfectamente. Le pregunto si hace alguna actividad física y responde que empezó el gimnasio el día anterior con buen resultado. Invito a su vez a verbalizar y a escribir, cosa que me acaba de demostrar sabe hacer perfectamente. También dejamos abierta la posibilidad de explorar otros cursos de acción que puedan aliviarle me dice que caminar y salir al campo le ayudan.
Dado que sus estrategias de manejo de emociones han fracasado le propongo que trate de sostener sus intensas emociones simplemente respirando, acogiéndolas sin lucha o huida explicándole que por muy desagradables o intensas que sean no tienen poder para hacerle daño. Me ayudo de un par de imágenes para ilustrarlo y comprobar que lo ha comprendido.
Por último le sugiero que tenga paciencia dado que el mundo emocional tiene un ritmo que si bien podemos facilitar o entorpecer no es susceptible de controlarse a voluntad. Pese a que responde que le cuesta me dice que lo entiende.
Descarto de momento recurrir a medicación o derivación a terceros dentro del sistema sanitario. Expongo que un psicólogo privado sí puede ser una opción para él si no consigue encontrar un interlocutor que le acompañe pero lo desestima por no poder costearlo. Ofrezco como red de seguridad una nueva consulta en dos semanas y la posibilidad de acudir antes si lo necesita.
Terminamos la visita con un fuerte apretón de manos y una sonrisa. Respiro hondo y salgo a una sala de espera atestada que me invita a rescatar mis mejores recursos para recuperar el retraso acumulado.

 

Me pide que haga un comentario/valoración de la consulta y apenas sé que decir. Salva es valioso y siempre ha sido maestro. Me pide que hagamos docencia juntos sobre lo que llama terapia ultrabreve (que yo creo que no fue tan breve). Le digo que toda herramienta terapéutica necesita PERSONAS, ESPACIO y TIEMPO para poder ser desarrollada.

PERSONAS. Cuando la situación te la ponen delante en la consulta y uno sabe que puede aportar algo a aquello que está escuchando, me resulta complicado pensar que esto no va conmigo. Puedo pensar “¿Por qué a mi?” “¿Es enfermedad?” “¿justo tenía que ser hoy?”… da igual. Sólo queda conmoverse con el sufrimiento del otro (padecer-con) y tomar el asunto como propio para abordarlo en toda su extensión.

Somos elegidos para que nos cuenten lo que nos cuentan porque tenemos la capacidad de compadecernos. Y se manifiesta en el interés por la escucha de alguien que está pidiendo ser acompañado en aquello que le ahoga.

Sencillo de entender y difícil de evitar cuando uno está entrenado en compasión.

ESPACIO. Podemos discutir si es el entorno de la Atención Primaria de Salud el ámbito más adecuado para abordar este tipo de problemas. Si somos profesionales de la medicina para esta patología aparentemente banal. Si estamos formados para ello. Si… Podemos discutirlo y admito que habrá puntos de vista diversos pero manifiesto alguna de mis intuiciones:

– La cuestión es que las personas no encuentran muchos espacios en su vida donde alguien les escuche y les facilite ayuda. No vivimos en un mundo fácil para ejercer la ayuda entre iguales donde unos se acompañan a otros. Y no quiero decir que no sea responsabilidad de nadie, esta sociedad acostumbra a mantener relaciones superficiales donde los seres apenas se comunican más allá de lo que hacen. Vivimos en el hacer más que en el ser y así son nuestras relaciones.

– Aspectos como éste afectan a la salud de las personas. En lo físico: insomnio, ansiedad, auto-agresión,… En su sentido amplio: infelicidad, enfado, inquietud, desilusión,… En el miedo a enfermar, a tener algo incontrolable o peor… Cuestiones que no permiten vivir y que desencadenan todo tipo de alarmas. Esto es lo nuestro: la salud en todos los aspectos.

– Sin etiquetar ni sobrediagnosticar añadiendo carga de enfermedad a los problemas que son la vida y sus complicaciones. Explorando y normalizando para conseguir re-enfocar. Quitando el peso en lo que “se esperaría de” para “sentir lo que se siente” sin culpas ni limitaciones.

TIEMPO. Una de las claves de la Medicina de Familia es gestionar el tiempo. ¡Qué difícil gestión cuando tienes una agenda llena, un domicilio que acudir y dos pacientes que solicitan cita indemorable!. ¡Qué difícil negar tiempo al sufrimiento humano que se presenta ante nosotros! Sólo queda priorizar y dedicar el tiempo a quien lo necesita (aunque a veces lo hagamos de forma injusta), poner en práctica estrategias aprendidas y esperar la comprensión de los que esperan sin desesperar. Solo eso y alguna cosa más que una vez escribí en “No he tenido tiempo”

Y así ocurre la terapia ultrabreve que se cierra por hoy con ese “fuerte apretón de manos” que habla de calidez, de humanidad y de que aquello que ha ocurrido en la consulta trasciende y supera al rol médico-enfermo para convertirse en algo sagrado.

Gracias por permitirme ser testigo y lector de esta consulta, Salva

y por formar parte de tu excelente blog


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AGUJEROS DEL SISTEMA (Maxi Gutiérrez)

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14:50H . Suena el teléfono de la consulta para pasar una llamada de un paciente que solicita atención domiciliaria.

Surgen todas las alarmas en mi cabeza: “¡A estas horas!” “Seguro que es un catarro” “Encima un hombre joven” “Ni siquiera se habrá puesto el termómetro” “Ni que no hubiera tenido tiempo en toda la mañana!”… Mis reproches llegan hasta el otro lado del auricular y sólo soy capaz de vislumbrar la realidad cuando dejo de colocarme en el centro para escuchar e interesarme por la situación de Juan.

Porque el paciente se llama Juan, tiene 60 años y apenas lo he visto por la consulta. Tiene una psicosis residual que trata con varios ansiolíticos y antipsicóticos. Hace meses que dejó de ir a las consultas de Salud Mental. Dice que le insistieron en que tomara la medicación pero que nadie le mando volver. ¡Vete a saber!. Un compañero le renovó la medicación crónica hace unos meses sin hacer muchas preguntas o quizás sí pero, Juan sólo quiere tomar sus medicinas y olvidar la psiquiatría.

Además, hepatopatía por virus C también abandonada a su suerte. Adicto a lo relativamente confesable: tabaco y alcohol. ¡Quién sabe si a algo más! .

Juan vive sólo y en algún sitio de su historia anoté que intenta recuperar la custodia de un hijo de 6 años de una relación perdida en el tiempo. Pareciera que Juan no vive sólo sino que está solo.

Resignados a la necesidad de acudir a ver a Juan, prolongando nuestra jornada laboral, camino de nuestra casa y con cierta curiosidad por lo que nos vamos a encontrar en aquel lugar emprendemos la marcha la residente y yo. El día está desapacible y gris. Hace frío. Una fina lluvia mantiene el parabrisas activado. Todo invita a buscar un hogar agradable pero, no será hoy.

 

Una bofetada de olor a tabaco nos espera en el umbral de la puerta. La persiana hasta abajo confirma que aquello no ha sido ventilado desde hace días. Las colillas se apelotonan en un vaso ennegrecido y los restos de un café con leche son parte del desorden sobre aquella mesa junto al camastro. Medicinas, papeles y la televisión de fondo. El cuerpo de Juan deambula de la puerta a la cama y se entretiene en el camino para retirar la ropa que oculta la única silla de la casa a mi petición de un lugar donde poder escribir. Sin fuerzas y con la mirada perdida apenas es capaz de relatar sus síntomas con cierta conexión.

Varias botellas junto a la cama que Juan dice que sólo trasportan agua porque “si bebo no me dejan ver a mi hijo en el centro de acogida”.

Interrogamos y exploramos para intentar poner un poco de orden en el caos. Cualquier intervención resulta complicada en aquella atmosfera de aislamiento.

Juan escapa a los controles. Juan tiene el arte de introducirse por los agujeros de nuestro sistema sanitario y social para huir hacia ninguna parte. Para rechazar caminos normalizados. Para seguir anhelando una vida distinta que se le resiste con intensidad. Juan es consecuencia de su aislamiento, de su pobreza y de su enfermedad que al fin y al cabo, son la misma cosa.

 

¡Y nosotros que creíamos tenerlo todo controlado! sólo hay que recibir una llamada a las 14:50 para demostrarnos todo lo que queda por hacer cuando ponemos a Juan “en el centro del sistema”. En el lugar que la vida y sus circunstancias le han colocado. En su centro.

Parece que una losa nos ha caído encima cuando salimos de esa casa en la que no hay ningún indicio de que es Navidad. Muchos creyeran que en nuestra ciudad no hay lugares así.

Y la residente me dice:

– ¿Te has fijado en la foto de mesita?. ¡Juan y su hijo, impecables!. ¿cómo ha podido llegar a esto?

– Los agujeros, Sandra… son los agujeros que se nos escapan.

 

LO QUE NO NOS CUENTAN (Maxi Gutiérrez)

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¡Qué agradecido estoy a tantos relatos vitales compartidos!.

Las personas que pasan por nuestras consultas dejan trazos de su vida escritos en el aire. Aire que respira su médico y que se lleva en la mochila para echar mano de ellos cuando el empinado camino de la vida lo exige. Es un privilegio y un aprendizaje sentirse reconfortado por lo que las personas comparten. Sólo con el ánimo de aliviarse, sin quizás saber lo que aportan al que está al otro lado de la mesa. Nos cuentan, nos cuentan, nos cuentan…

Pero, ¿qué pasa con aquello que no nos cuentan?. Aquellas historias que se quedaron en la elaboración del camino previo y en la sala de espera. Relatos que nunca consiguieron atravesar el umbral de la puerta. Historias frustradas, acalladas, vergonzantes o supuestamente insignificantes… Como dice la canción, historias que son como los besos que no damos  y que nunca sabremos a dónde fueron .

Manifiesto mi más profundo respeto por aquello que las personas no me quieren contar. Lo entiendo. Lo acepto. Aunque la intuición se empeñe en pelearse con la realidad y cueste admitir el silencio. Así es la entrevista, llena de silencios y llena de interpretaciones de lo que no se dice. Respeto, respeto por encima de todo.

Pero, también expreso mi más profundo dolor por aquellas historias que “no dejé” que me contaran. Historias ahogadas por las prisas, ocultadas por el cansancio o abortadas por las interrupciones donde lo urgente devora lo importante.

Es duro imaginar un error por no haber dicho aquella palabra. Es fuerte no haber puesto cara de complicidad para ofrecer el tiempo infinito de algo que mereció ser contado. Y sé que no sólo soy yo responsable pero… me resulta duro.

 

Todo esto me viene a la cabeza porque hace unos días mi amigo Raúl  (un médico de pueblo) me pidió que contara una de sus maravillosas historias en un foro sanitario de expertos en comunicación .

Le puse voz y sentimiento a una historia de silencios titulada “LA ENTREVISTA”. La podéis rescatar en su blog  o escucharla en el siguiente video.

Y alguien pensó que todo este trabajo merecía un premio… y así fue concedido.

Lo recibo con gratitud, sabiendo que el mayor premio es tener la oportunidad de reflexionar sobre las vidas que contadas o no, me ayudan a crecer como profesional y como persona.

Me siento privilegiado.

¿DE QUE HABLAMOS LOS PROFESIONALES DE LA MEDICINA? (Maxi Gutiérrez)

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Es importante reunirse y encontrarse con otros que hacen el mismo trabajo que tu. En otros lugares y con otras personas pero, desde una disciplina similar y un cuerpo de conocimientos definido. Al final, es lo propio de los seres-humanos-gregarios que siempre nos vemos impulsados a convertirnos en seres sociales.

Ese es el gran valor, encontrarme con el otro, compartir y establecer o retomar vínculos que generan riqueza. Para eso me sirven a mí esos lugares a los que mis amigos se refieren con un cierto tono irónico como “ya te has ido a uno de esos congresos médicos”. Yo no busco “congresos médicos” al uso, busco lugares que me generen crecimiento profesional y humano. Busco encontrarme y compartir.
meeting-1015591_960_720Pero, ¿de qué hablamos los profesionales de la medicina cuando nos encontramos?, ¿qué nos preocupa?, ¿en torno a qué temas se estructuran nuestras conversaciones?… No, no hablamos de lo que en principio algunos esperarían. Al menos los profesionales de la medicina de familia no hablamos de diabetes, de hipertensión o de los últimos fármacos para el asma. O al menos, no sólo. O al menos, no yo.

Seguramente podría hacer un paralelismo del tipo de “dime de qué hablas con tus compañeros y te diré cómo eres como profesional”.

jornada_osatzen_marzo_2016Estos últimos días he participado en las jornadas de Osatzen  (Sociedad Vasca de Medicina de Familia) y he podido hablar de ciencia pero, en su más amplia diversidad.

Escuché atónito a Paco Etxeberria cómo nos relató su ocupación por devolver la memoria y la dignidad a las víctimas en un trabajo de investigación digno de admiración. Me emocionó cómo describió sus encuentros con los familiares porque encontré que en ellos ha habido mucho de sanación. Descubrí otra perspectiva de la medicina que mejora la vida de las personas y pensé que quizás también me hubiera gustado ser forense.

Participé en un taller sobre “Desprescripción” . Término aparentemente complejo que puede resumirse en revisar la medicación ante la acumulación de excesos médicos para mejorar la salud de las personas. Nos acompañó en esta tarea Joan Ramón Laporte que es uno de los catedráticos más normales que conozco. Por su escucha, sus conocimientos científicos, su capacidad de proponer y por su sentido común. Una delicia de encuentro.

Con un grupo de excelentes profesionales desarrollamos un taller sobre cómo comunicarnos con el mundo judicial en los casos de violencia de género. Nos ayudó Jose Miguel Fernández, abogado de la asociación Clara Campoamor. Compartimos inquietudes desde la justicia y la ética en cuándo y cómo utilizar el parte de lesiones como protección para las víctimas.

También dedicamos un tiempo a hablar sobre las condiciones en que trabajamos pero, con una peculiaridad: desde el lado de los más débiles “los médicos y sobre todo, médicas precarias”. Juan Simó nos ayudó a poner datos y reflexión al problema como sólo el sabe hacer. Patricia Escartín (Pati) le puso la parte sufriente desde su experiencia de precariedad. Emocionante ponerme en su piel, sin duda.

El final nos dejó un excelente sabor de boca mi amigo Iñaki Aguirrezabal en torno a la neuromagia. Alucinamos con la inmensa capacidad cerebral y experimentamos cómo se puede jugar con nuestras percepciones para incluso, encontrar algunas aplicaciones a nuestro trabajo en consulta. Terminando con una sonrisa.

Como no se puede estar en varios sitios a la vez, se que también otros profesionales han hablado sobre la presencia de la medicina de familia en la universidad, la emociones, la ecografía o la cirugía menor, la diversidad sexual, la fibromialgia, la voz de los pacientes o la exploración neuromuscular. Variedad donde las haya en unas jornadas donde todo se construye por la aportación de todos: sin industria farmacéutica, sin pago a ponentes y con un gran esfuerzo organizativo de una junta que pone mucho de esfuerzo y vida personal.

 

Así son los diálogos entre profesionales. Al menos, entre algunos profesionales que preferimos hablar de salud más que de enfermedad, de personas más que de órganos y de condicionantes bio-psico-sociales más que de causas orgánicas. Así son los encuentros que busco y en los que me encontraréis.

Reivindico este tipo de encuentros porque no todo (me) vale. Reivindico que nuestra empresa dé el valor que realmente tienen porque suponen riqueza para nuestro propio sistema. Y Reivindico espacios donde con libertad y ciencia podamos ir ampliando nuestro campo de visión.

Con una premisa aún por implementar: traer la voz de los y las pacientes para que nos sigan enseñando a ser mejores profesionales de la medicina a pie de calle.

 

Sólo quiero terminar con humor y reírnos juntos cuando nos califican de secta, de akelarres o de bedeles de la sanidad pública:

CONSULTAS “SAGRADAS” DESDE EL LADO DEL PACIENTE (Maxi Gutiérrez)

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Una vez leí que las personas se mueven en la vida por tres cosas: el amor, el hambre y la muerte.

Y me parece que tiene mucha razón. Nos mueve el amor y también el desamor, el recuerdo de lo que amamos y lo que deseando nunca fue; hay quien sólo se siente movido por el odio. En el hambre se escenifican las necesidades básicas mal cubiertas, la pobreza y la exclusión; la falta de lo fundamental. La muerte nos inquieta en su llegada pero, también en su deseo, en su miedo y en sus pérdidas dolorosas; los límites de la vida, su final y su inicio, generan grandes inquietudes.

De esto quiero escribir hoy, de las personas que vienen a la consulta a poner sobre la mesa cuestiones de alto valor emocional y a veces, lágrimas.

Me interesó cómo sería vivido eso como paciente y tuve el atrevimiento de preguntar a personas con las que creo haber tenido una “consulta sagrada”. Sobre cómo lo habían vivido, cómo lo evaluaban y cómo lo querían contar. Yo atrevido y ellos dispuestos. Me lo han relatado con sencillez y con sinceridad, desde la generosidad que produce el agradecimiento. Así he recogido sus enseñanzas y sus palabras textuales que van en cursiva.

Me he dado cuenta que las personas necesitan un síntoma orgánico, biológico o físico para poder venir a la consulta. Es lo que han aprendido que este sistema les pide como peaje. Lo que les hemos vendido, lo primero que preguntamos y deseamos: ¡¡¡el síntoma!!!. Quizás es lo que ellos mismos pueden permitirse para poder acudir. Porque venir con las miserias por delante es demasiado duro para ser aceptado. Necesitan el insomnio, el dolor o el mareo para poder reservar la cita.

Antes de llegar a la consulta hay mucha elaboración previa, mucha duda. Miedos y contextos que han sido muy rumiados. Porque hay cosas que no son fáciles de contar, porque no lo había contado antes, porque no hacía más que llorar o porque no sabía como iba a reaccionar mi médico. Por eso vienen protegidos -con la coraza– aunque saben que tienen que abrirse y buscan que nosotros se lo pongamos fácil.

Me han hecho consciente que la acogida es fundamental. Las personas buscan ser escuchadas, sentir confianza y notar que merecen nuestra atención. Sin burocracias ni juicios. Sentirse protegidas. Precisamente “lugar sagrado” también se define como sitio donde nada ni nadie puede dañarte. Y no todo tiene que ser dicho. Lo perciben con todos los sentidos: palabra, gesto, contacto y tono.

También reclaman su tiempo. El tiempo necesario. Sin prisas. Aún siendo muy conscientes de que es un bien escaso y limitado. Agradecen los espacios de silencio, cuando dice: callaba mientras yo lloraba. Tomemos nota y que parezca que el tiempo se para mientras gestionamos el tiempo que corre.

Sin prisas, las personas quieren vivir su propio proceso. Desean profesionales que se lo permitan. Quieren contar todo lo sucedido y sentido, compartir sentimientos -de soledad, de ideas autolíticas, de cosas inconfesables…-, sentirse comprendidos y aceptados sin juicios. Saben que esto no es trabajo de un día, quieren longitudinalidad. Y quieren recibir acogida incluso cuando saben que no han hecho bien. Sin broncas y con respeto.

Buscan un plan que puedan acordar y discutir con su profesional. Necesitan que les hagamos caer en la cuenta, necesitan compañía y consejo. A veces desean que tiremos de ellos y otras que respetemos su parálisis. En definitiva, esperan que hagamos arte. Ser ayudados para buscar apoyos aunque a veces sean tan cercanos y tan íntimos que teniéndolos al lado no se dan cuenta que existen: los psicoterapeutas de la vida diaria que me gusta llamarles. Y aceptan ser derivados a otros profesionales para encontrar la mejor ayuda posible. Eso supone aceptar nuestras propias limitaciones. Sabiendo que derivar no resta nada, sólo suma o multiplica cuando no es abandonarlo en el otro sino acompañarlo juntos.

Y quieren resultados que pueden ser sólo comprensión, alivio o liberación para vivir, hacer lo que quiero o salir del agujero. Necesitan tiempo para cambiar y recuperar lo fundamental: aprender lo importante de la vida. Si además, mi médico me llama cuando ve algo raro o siento que se preocupa por mí, eso deja en la relación una huella imborrable.

 

Y así lo han relatado:

 

Siempre me enseñan, me transforman, me modelan y hacen que mi práctica vaya cambiando. Ellos, los pacientes, y todos aquellos compañeros con los que comparto dudas e inquietudes (#siapBILBAO)

Por eso, quiero comprometerme a:

  • Seguir teniendo en cuenta la opinión de mis pacientes y mantener vivo el espíritu de aprender juntos.
  • Acercarme con el respeto debido para acompañar el proceso de cada uno, hasta dónde y cómo quiera.
  • Acoger y dedicar tiempo a aquellos que nunca consiguieron tener su consulta sagrada conmigo porque no se dieron las circunstancias o porque no se lo facilité.
  • Desarrollar herramientas para sistematizar y enseñar cómo facilitar la expresión de las emociones en el contexto de la consulta.
  • Explorar los espacios comunitarios como lugar privilegiado para gestionar las emociones donde la comunidad sane a sus propios miembros.
  • A seguir investigando y explorando estos terrenos de “lo sagrado”.

 

“No te acerques. Quítate las sandalias de los pies pues, el sitio que pisas es lugar sagrado” Éxodo 3,5

CONSULTAS “SAGRADAS” DESDE EL LADO DEL PROFESIONAL (Maxi Gutiérrez)

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Así entro yo cada mañana a mi consulta: todavía dormido -la noche me atrapa en estudio y reflexión noctámbula- pero, generalmente contento porque camino abierto a la sorpresa del encuentro. Y porque tengo la sensación de que cada día la consulta me enseña algo. Algo para la vida.

No tengo que subir escalones para llegar a la sala 10. Mi consulta esta “a pie de calle”, donde se filtra la vida sin pedir permiso. Allí se cuelan las preocupaciones, los desvelos, las alegrías y las desgracias. Sanitarias o no. En definitiva, las cosas importantes de la vida.

Así puedo retomar el término que inició Juan Gervas: LAS CONSULTAS SAGRADAS

IMG_4483Según dice Wikipedia, lo sagrado es “lo que atañe a lo fundamental”, “a los principios que fundan algo”, “a lo que se tiene mucho aprecio”.

Cambio mi atuendo y cambio mis zapatos quizás por comodidad, no sé. Ahora pienso que igual tiene que ver con que el lugar que piso es el “lugar cotidiano de lo sagrado a pie de calle”.

 

 

 

Todo depende del contexto.

Cuando alguna vez me ocurre que en las tres primeras consultas del día se producen tres enfrentamientos, paro, miro alrededor y pienso “va a ser que algo me pasa y quizás ellos no tienen nada que ver”. Y a veces lo encuentro. Son mis circunstancias personales que van conmigo a todas partes, aquellas de los que no puedo apearme.

El contexto de la prisa me mata. No puedo soportar cuando la sala de espera esta llena de personas con ocupaciones y tareas que aguantan pacientemente su turno. Y me debato entre el respeto que les debo y el necesario tiempo de atención que necesita cada uno. A veces, consigo recomponerme, centrarme en lo importante y buscar tiempo donde no existía. Otro arte.

Pretendo hacer una intervención justa dando más al que más necesita. Volcarme en el más discapacitado, en el más desvalido, en el más sufriente. Y a veces no es fácil saber quién es “el más” o ni siquiera quién es el sufriente y su grado de sufrimiento.

Los relatos vitales de las personas y sus consultas me conmueven. Me conmueven sobremanera. Puede ser por la forma en la que lo cuentan, por la empatía que me producen o por el desgarro que experimentan. Me alegro que me conmuevan, siempre digo que me hace sentir que estoy vivo porque estar vivo muchas veces es eso, sufrir con el otro.

Entonces vienen a mí todas las cuestiones aprendidas: lo que se espera de mí como profesional, como persona y específicamente como hombre. Abandero la distancia terapéutica como imprescindible para ser médico y absorbo las lágrimas de mis párpados inferiores para que ninguna de ellas salga por otros caminos visibles.

A veces no puedo y sé que, aunque lo disimulo, ellos ya se han dado cuenta de mi emoción contenida.

Aquí me descubro como “hombre-varón-masculino” en tránsito. En un largo proceso vivido en grupo he descubierto como el hecho de serlo marca mis emociones y sobre todo, la expresión de las mismas. Tímidamente voy avanzando en el camino de la capacitación emocional que un día me robaron. Así me descubro más humano y más persona.

Intento evitar la dependencia, el enganche profesional que impide a las personas volar por sí mismas. A medida que avanza el proceso busco fórmulas que me permitan distanciar las consultas y pasar a segundo plano. Por supuesto, dejando la puerta abierta a lo que hiciera falta. Retirarme es una buena evaluación de si el proceso ha sido reconstituyente.

Mirar y compartir con tantos compañeros y compañeras que se dejan la piel cada día en esto. Que dan tanto de sí mismos, restando a veces a su familia y a su vida personal… Y eso también me parece sagrado.

Por otra parte, ¡cuánto nos focalizamos en los que son los contrario!, ¡cuánto nos distorsionan y envenenan! Haré el propósito de poner en valor más a los primeros que a los segundos y seguiré viviendo con pasión mi profesión.

 

Después de haber reflexionado y compartido durante meses sobre las consultas sagradas en torno al #siapBILBAO quiero comprometerme a:

  • Saber recoger las necesidades de las personas que vienen a mi consulta, facilitar la expresión de sus emociones y saber esperar.
  • Aprender a manejar el arte de establecer una distancia empáticamente terapeútica
  • Gestionar el tiempo y los recursos para ofrecer lo mejor de mi mismo
  • Enseñar a los estudiantes y residentes lo sagrado de nuestra profesión
  • Facilitar espacios entre profesionales para hacer un ejercicio de introspección y diálogo que nos ayude a crecer en cuidar “lo sagrado” de nuestro trabajo.IMG_3806