Relación médico-paciente

CONSULTA NO PRESENCIAL. (Alberto Meléndez)

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Bueno, pues eso. Ya hemos encontrado la forma de poder con esta “desbordante” demanda en las consultas. Vamos a intentar que el paciente no venga. Qué bien. Parece lógico que ir a por un papel, una receta, un resultado trivial… Pues por teléfono, correo electrónico, colgado en la web… mucho mejor. Que no vengan.

Pero como somos así, pues nos pasamos de frenada. ¿Derma? Telederma. Mandas foto y en un periquete diagnóstico y tratamiento. ¿Arritmia? Ahí va el EKG. Uy, feo, te lo cito para ecocardio. Perfecto. Rápido y limpio. Vale. Dolor mal controlado. Dime qué lleva y yo que soy de la Unidad del Dolor te lo ajusto. ¡Ya! Pero, ¿vamos a caer nosotros también en eso? ¿Podemos permitirnos en Atención Primaria “echar” al enfermo de la consulta? ¿No será que ahora, en estos tiempos que corren, el contacto, la exploración, la entrevista… adquieren un valor máximo por su valor intrínseco y, además, por su creciente excepcionalidad?Imagen

¿Y no será que nos molestan los enfermos? ¿Que al superespecialista le aburre ver manchas, auscultar pechos, escuchar historias de dolor y miedo? Pacientes buscan médico. Dolientes buscan escuchantes.

Y si no, no nos extrañemos de que la gente vaya al homeópata. Leer el resto de esta entrada »

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PACIENTES BUSCAN MEDICO (Maxi Gutiérrez)

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Desde hace tiempo tengo la impresión que pacientes buscan un tipo de médicos y médicos buscan un tipo de pacientes… y habitualmente se encuentran. Cuando esta norma se cumple, llega la calma y la paz a la consulta. Lo he experimentado y lo he observado entre mis compañeros.

Estos días vivo la experiencia de apertura de un centro nuevo en un barrio joven de la ciudad. Nuestro comienzo ha generado el lógico interés de personas que se acercan a solicitar profesionales que le dispensen atención primaria en su contexto de proximidad. Imagino las conversaciones de panadería o ascensor comentando las incidencias del asunto.

IMG_3459Relataré la anécdota de un amigo que a la vez que me contaba con incertidumbre el nombre de su nuevo pediatra asignado me daba algunos detalles de su procedencia, lugar de estudios y aficiones. Me sorprendió tanta información y ante mi pregunta extrañado me cuenta que es información que ha rescatado de su red social. Todo ello me ha hecho pensar y compartir con compañeros algunas cuestiones. Hoy comentaré una de ellas.

¿De qué información disponen los pacientes cuando deciden elegirnos como sus médicos de familia? Objetivamente, de ninguna. Todo se puede circunscribir a un amigo de mi amigo que dice que es un hombre preocupado o a mi vecina ya ha estado en consulta y le ha parecido una médica simpática. Quizás el ser hombre o mujer puede generar alguna preferencia, la lengua que domina (el euskera, en nuestro caso) u otros asuntos como su horario de consulta. ¿Son éstos verdaderamente relavantes?.

Los pacientes apenas tienen información objetiva nuestra cuando deciden que les acompañemos en su proceso de salud y enfermedad. Y este proceso, dependiendo de las circunstancias personales de cada cual, no es una cuestión baladí.

Al menos a mí me gusta elegir (y acertar) en los profesionales que me atienden a mí y a mis familiares. Yo sí que dispongo de mucha información sobre mis compañeros: sus formas, sus maneras de entender, sus implicaciones, sus sensibilidades,…

367x3671304607453_dudaEl derecho a elegir profesional es una cuestión recogida en la ley, no lo cuestiono pero, para que una persona pueda hacer una elección libre y responsable tiene que disponer de la información suficiente y necesaria y, a veces, hacerlo acompañado.

Y cuando he tenido la oportunidad de plantear este tema con mis compañeros de profesión me he encontrado que la cuestión genera rechazo de entrada. Yo mismo recuerdo haber bromeado sobre una cuestión planteada por un paciente hace años al respecto y, sólo después de la observación y la reflexión encuentro algunas dudas al respecto.

Reconozco que no tengo una propuesta de qué información poner en manos de las personas cuando tienen que tomar la decisión de elegir médico de familia. Me cuesta pensar a qué le darán importancia (quizás a cada uno le importen cosas diferentes) o cuáles serán sus preocupaciones. No encuentro cuál debe ser la información objetiva para ello pero, ¿y si les preguntáramos a las personas? ¿y si nos atrevemos a arriesgar algo?. Quizás evitemos la sospecha de los primeros encuentros y ese momento en el que no sabes bien porqué pero “se ha cambiado de médico”.

NO SIN EVIDENCIA, EVIDENTEMENTE ¿O NO? (Alberto Melendez)

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En semanas pasadas circuló por la red un manifiesto y unas opiniones en contra de la regulación de los productos homeopáticos por parte del Ministerio de Sanidad. El argumento es claro; no se puede regular del mismo modo un producto al que no se le exige ninguna “prueba” de su funcionamiento de la misma forma que otro al que se le piden pruebas de todo tipo (habría que matizar, pero enfin…). Todo muy reivindicativo, muy racional, muy claro. Sin embargo, estando de acuerdo en lo básico, algo hay en todo esto que me altera un poco. ¿De verdad que lo que hacemos los médicos tradicionales está avalado por la evidencia? ¿Siempre? ¿Todo? ¿De verdad que la homeopatía no funciona? ¿Nunca? ¿En nada?

Decir que se trata de un efecto placebo a mi juicio no lo descarta como algo “usable”. ¿Serías capaz de saber cuánto de lo que haces de cara a un paciente no lleva ese efecto implícito? ¿Renunciarías a él?

Quizá debamos aprender con esto. Quizá debamos interiorizar que tampoco nosotros (los “alopáticos”) sabemos tanto. Que hay cosas que se nos escapan, que hay formastan poderosas como algunos fondos. Que ganar la confianza puede ser tan importante como conocer la patogenia de un mal. Y ellos, los “alternativos”, que aprovecharse de la fragilidad de un enfermo es terrible, que desprestigiar a otro no es un buen método de ganar confianza. Que el método científico asegura aspectos tan importantes como la reproductibilidad y la seguridad de un tratamiento. Y ambos que la honestidad debe presidir lo que hacemos. Y el enfermo será el que salga beneficiado. Porque se trata de eso. ¿O no?

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DISTANCIAS Y MEDIDAS (Maxi Gutiérrez)

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Conscientes de la importancia de la medida justa, medimos sin parar. Medimos lo que hacemos, lo que decimos, lo que encajamos y a veces medimos hasta lo que pensamos. Tengo la impresión de no ser preciso en mis medidas, de pasarme por exceso o por defecto y terminar pensando que el resultado no ha sido el correcto por un error de medida en la distancia oportuna.

Algo parecido pasa en la consulta.

En la acogida se marcan unas distancias a veces muy condicionadas por factores externos y materiales. La mesa y el ordenador, la consulta anterior y los minutos de retraso, la prisas o las interrupciones son algunas de las primeras barreras. A veces utilizadas como inevitables y otras como excusas perfectas.

La anamnesis, las preguntas y el diálogo, verbal y no verbal, establecen un juego donde pactamos una distancia razonable para entendernos. Un juego donde uno empuja y el otro contiene, donde uno tira y el otro se resiste.

Y la exploración física que muchas veces implica acercamiento, visualización, palpación y audición cambia el juego de las distancias. Nada igual si el que lo recibe se deja o se resiste y tampoco nada igual si el que practica respeta o invade.

Pocas cosas tan difíciles como ésta: conseguir en la consulta una distancia ajustada, medida, suficiente y necesaria. Consciente de que la distancia no la pone uno sólo, que es cosa de dos o de más cuando en la relación intervienen familiares y acompañantes, ansío ser hábil para que el paciente sienta la posibilidad de acercarse y ser respetuoso para asumir que hay un distancia que no debo superar. No es sólo cosa mía pero, me siento responsable de mi parte.

Todo esto se complica por no ser un puro encuentro de relación social. Aquí entra en juego la relación de ayuda, el encuentro en el que el otro se siente sanado, aliviado o acompañado. Esta relación sólo se producirá si se establece una correcta distancia terapéutica. Una distancia sobre la que nadie puede hacer protocolos o predicciones porque la variabilidad es inmensa. Me sorprende tanto cuando escucho que profesional y paciente lloran juntos una pérdida como cuando un sanitario no se encuentra conmovido por las duras situaciones que se ponen sobre la mesa. Hacer juicios sobre ambas es tan inevitable como injusto. La distancia terapéutica hay que marcarla en cada encuentro y con cada persona.

De la misma manera que esa distancia permite la relación de ayuda también facilita la protección del profesional que pone de sí lo necesario pero, sólo lo suficiente para salvarse de tantos sufrimientos que deambulan por la consulta.

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Cuando esa distancia mágica se ajusta a lo terapéutico entonces se produce el milagro y la satisfacción de sanar respetando espacios. Este tema de las medidas y las distancias es así de gratificante y así de complicado.