Relación médico-paciente

NIEBLA (Alberto Meléndez)

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No recuerdo en qué año fue. Sé que llevaba poco acompañando a personas en su fase final de vida en el domicilio. Quizá era ya un año. Quizá dos. No mucho más. Recuerdo que era una etapa laboral plenamente “adrenalínica”; crear, organizar, idear, planificar, descubrir… Todo un mundo vertiginoso de sensaciones. Los días, las semanas, pasaban a gran velocidad. La verdad es que me sentía terriblemente vivo, activo. Iba y venía de Vitoria a Pamplona en coche y el cansancio sólo aparecía a última hora de la noche, cuando lo dejaba aparecer…

Íbamos caminando por el centro de Pamplona. Buscábamos un número, un portal. Los bolsos a la espalda, la enfermera, la residente y yo. Pasábamos por calles que yo apenas conocía de día. Comercios abiertos. Bares cerrados. Un paisaje distinto que pasaba veloz a nuestro lado.

Y de pronto un portal. Un olor. Una imagen. Sin tiempo para pensar se presentó ante mí. Ese paciente. Su esposa. Su hija discapacitada. La casa. La alfombra de la habitación donde yo me solía arrodillar para tener más cercana su cara… Ni un nombre ¿Félix? ¿Felipe? Pero si rostros, espacios… y ese olor.

Aturdido, seguí con paso firme tras mis compañeras de trabajo. Mi mente buscaba ese nombre pero algo de mí se aferraba a “lo otro”, al olor, a esa alfombra… No lo descifré.

Fue la primera vez.

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Después fueron más veces. En ocasiones otro aroma (colonia, detergente, guiso…), en otras el estampado de una colcha, un cuadro de ciervos, el ascensor antiguo,… Y en cada caso, el objeto recordado se asociaba en mi ¿mente? a una emoción; paz, tristeza, frustración, dolor…

Y comprendí que viera a cuantos viera todos serían distintos. Aunque la memoria consciente se empeñara en nublar sus nombres hay otra memoria, otro recuerdo. En ese espacio cada caso, cada persona, cada familia, ocupa un lugar distinto, diferenciado. Un lugar donde la niebla se disipa y se realzan contornos y volúmenes, historias y emociones. Donde los nombres importan menos que los olores.

Donde el encuentro sigue vivo.


Hace unos meses un buen amigo, Victor Montori, me envió un magnifico libro, “Why we revolt”. En él hay un capítulo, “Blur” que habla de la “mancha difuminada” en la que se convierten los usuarios de un servicio vistos por el profesional que los recibe. Gracias Victor porque tu libro me hizo “despejar” mi niebla… y decidí contarlo.

 

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TERAPIA ULTRABREVE (Maxi Gutiérrez)

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Salvador Casado es un experto médico de familia y amigo que me confió un caso de su consulta:

Un varón de veintitantos años acude a consulta refiriendo agobio, ataques de ira y emociones intensas que no puede controlar. Pese a que tengo una consulta atiborrada esa tarde no puedo evitar sentir compasión hacia él y decido escucharle lo mejor que pueda. Me pide permiso para leerme un folio doblado que lleva en la mano. Se lo doy y pasa a leerme lo que siente: lleva un mes descentrado, su vida no tiene sentido, discute con las personas que quiere y desean ayudarle, está enfadado con el mundo, sobretodo con él mismo, a veces experimenta mucho enfado y necesita desahogarse dando puñetazos (me enseña los nudillos descarnados), no encuentra alivio en nada siendo incapaz de distraerse, cree que tiene una depresión o algo peor, está fatal.
Me maravilla lo bien escrita que está su narración. Le pregunto si ha tenido oportunidad de compartirla con alguien lo que él niega.
Casos como éste son muy frecuentes y las respuestas que damos en las consultas de medicina de familia muy diversas. Lo más habitual suele ser diagnosticarlos de trastorno de ansiedad y/o depresión, ofrecer escucha activa, dar psicofármacos y a veces una derivación a salud mental.
Yo decido aplicar terapia psicológica ultrabreve y arriesgarme a dinamitar la agenda de la tarde. En lugar de seis minutos disponibles precisaré emplear veinte para conseguir los siguientes objetivos: Escuchar. Empatizar y contactar. Enfocar. Proponer. Red de seguridad
Para escuchar bien es necesario no tener prisa. En este caso el paciente leyó tranquilamente las dos caras de su escrito y luego añadió más información a medida que me interesaba por sus circunstancias personales, familiares y sociales. Era la primera vez que acudía.
El siguiente paso es conectar y dar empatía. Reconocer su dificultad y su sufrimiento. Aportar alguna imagen que le permita comprobar que le hemos entendido, que sabemos por lo que está pasando. Cuando lo conseguimos es habitual ver alivio en el lenguaje no verbal del paciente que relaja postura o cambia el gesto insinuando una sonrisa.
Conseguido el contacto pasamos a normalizar y enfocar. El paciente ha verbalizado que cree tener alguna enfermedad y experimenta falta de control en su vida, eso le agobia mucho como es natural. Devolver que no detectamos ninguna patología mental sino un sufrimiento intenso derivado de su momento vital permite al paciente reenfocar su discurso interior que tiende a ponerse en lo peor. Darse permiso para experimentar emociones intensas y dejar de autoagredirse por ello le coloca en una posición adecuada para encontrar una salida a su situación de bloqueo.
El teléfono interrumpe la conversación, la compañera administrativa me informa que tengo un aviso a domicilio de un paciente de otro centro de salud y dos personas sin cita que se suman a los que ya esperan en la puerta. Agradezco la llamada y continuo.
La propuesta que hago a continuación es triple: desahogar, respirar, esperar. El joven se siente como una olla a presión, cuando le invito a desahogarse lo entiende perfectamente. Le pregunto si hace alguna actividad física y responde que empezó el gimnasio el día anterior con buen resultado. Invito a su vez a verbalizar y a escribir, cosa que me acaba de demostrar sabe hacer perfectamente. También dejamos abierta la posibilidad de explorar otros cursos de acción que puedan aliviarle me dice que caminar y salir al campo le ayudan.
Dado que sus estrategias de manejo de emociones han fracasado le propongo que trate de sostener sus intensas emociones simplemente respirando, acogiéndolas sin lucha o huida explicándole que por muy desagradables o intensas que sean no tienen poder para hacerle daño. Me ayudo de un par de imágenes para ilustrarlo y comprobar que lo ha comprendido.
Por último le sugiero que tenga paciencia dado que el mundo emocional tiene un ritmo que si bien podemos facilitar o entorpecer no es susceptible de controlarse a voluntad. Pese a que responde que le cuesta me dice que lo entiende.
Descarto de momento recurrir a medicación o derivación a terceros dentro del sistema sanitario. Expongo que un psicólogo privado sí puede ser una opción para él si no consigue encontrar un interlocutor que le acompañe pero lo desestima por no poder costearlo. Ofrezco como red de seguridad una nueva consulta en dos semanas y la posibilidad de acudir antes si lo necesita.
Terminamos la visita con un fuerte apretón de manos y una sonrisa. Respiro hondo y salgo a una sala de espera atestada que me invita a rescatar mis mejores recursos para recuperar el retraso acumulado.

 

Me pide que haga un comentario/valoración de la consulta y apenas sé que decir. Salva es valioso y siempre ha sido maestro. Me pide que hagamos docencia juntos sobre lo que llama terapia ultrabreve (que yo creo que no fue tan breve). Le digo que toda herramienta terapéutica necesita PERSONAS, ESPACIO y TIEMPO para poder ser desarrollada.

PERSONAS. Cuando la situación te la ponen delante en la consulta y uno sabe que puede aportar algo a aquello que está escuchando, me resulta complicado pensar que esto no va conmigo. Puedo pensar “¿Por qué a mi?” “¿Es enfermedad?” “¿justo tenía que ser hoy?”… da igual. Sólo queda conmoverse con el sufrimiento del otro (padecer-con) y tomar el asunto como propio para abordarlo en toda su extensión.

Somos elegidos para que nos cuenten lo que nos cuentan porque tenemos la capacidad de compadecernos. Y se manifiesta en el interés por la escucha de alguien que está pidiendo ser acompañado en aquello que le ahoga.

Sencillo de entender y difícil de evitar cuando uno está entrenado en compasión.

ESPACIO. Podemos discutir si es el entorno de la Atención Primaria de Salud el ámbito más adecuado para abordar este tipo de problemas. Si somos profesionales de la medicina para esta patología aparentemente banal. Si estamos formados para ello. Si… Podemos discutirlo y admito que habrá puntos de vista diversos pero manifiesto alguna de mis intuiciones:

– La cuestión es que las personas no encuentran muchos espacios en su vida donde alguien les escuche y les facilite ayuda. No vivimos en un mundo fácil para ejercer la ayuda entre iguales donde unos se acompañan a otros. Y no quiero decir que no sea responsabilidad de nadie, esta sociedad acostumbra a mantener relaciones superficiales donde los seres apenas se comunican más allá de lo que hacen. Vivimos en el hacer más que en el ser y así son nuestras relaciones.

– Aspectos como éste afectan a la salud de las personas. En lo físico: insomnio, ansiedad, auto-agresión,… En su sentido amplio: infelicidad, enfado, inquietud, desilusión,… En el miedo a enfermar, a tener algo incontrolable o peor… Cuestiones que no permiten vivir y que desencadenan todo tipo de alarmas. Esto es lo nuestro: la salud en todos los aspectos.

– Sin etiquetar ni sobrediagnosticar añadiendo carga de enfermedad a los problemas que son la vida y sus complicaciones. Explorando y normalizando para conseguir re-enfocar. Quitando el peso en lo que “se esperaría de” para “sentir lo que se siente” sin culpas ni limitaciones.

TIEMPO. Una de las claves de la Medicina de Familia es gestionar el tiempo. ¡Qué difícil gestión cuando tienes una agenda llena, un domicilio que acudir y dos pacientes que solicitan cita indemorable!. ¡Qué difícil negar tiempo al sufrimiento humano que se presenta ante nosotros! Sólo queda priorizar y dedicar el tiempo a quien lo necesita (aunque a veces lo hagamos de forma injusta), poner en práctica estrategias aprendidas y esperar la comprensión de los que esperan sin desesperar. Solo eso y alguna cosa más que una vez escribí en “No he tenido tiempo”

Y así ocurre la terapia ultrabreve que se cierra por hoy con ese “fuerte apretón de manos” que habla de calidez, de humanidad y de que aquello que ha ocurrido en la consulta trasciende y supera al rol médico-enfermo para convertirse en algo sagrado.

Gracias por permitirme ser testigo y lector de esta consulta, Salva

y por formar parte de tu excelente blog


AGUJEROS DEL SISTEMA (Maxi Gutiérrez)

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14:50H . Suena el teléfono de la consulta para pasar una llamada de un paciente que solicita atención domiciliaria.

Surgen todas las alarmas en mi cabeza: “¡A estas horas!” “Seguro que es un catarro” “Encima un hombre joven” “Ni siquiera se habrá puesto el termómetro” “Ni que no hubiera tenido tiempo en toda la mañana!”… Mis reproches llegan hasta el otro lado del auricular y sólo soy capaz de vislumbrar la realidad cuando dejo de colocarme en el centro para escuchar e interesarme por la situación de Juan.

Porque el paciente se llama Juan, tiene 60 años y apenas lo he visto por la consulta. Tiene una psicosis residual que trata con varios ansiolíticos y antipsicóticos. Hace meses que dejó de ir a las consultas de Salud Mental. Dice que le insistieron en que tomara la medicación pero que nadie le mando volver. ¡Vete a saber!. Un compañero le renovó la medicación crónica hace unos meses sin hacer muchas preguntas o quizás sí pero, Juan sólo quiere tomar sus medicinas y olvidar la psiquiatría.

Además, hepatopatía por virus C también abandonada a su suerte. Adicto a lo relativamente confesable: tabaco y alcohol. ¡Quién sabe si a algo más! .

Juan vive sólo y en algún sitio de su historia anoté que intenta recuperar la custodia de un hijo de 6 años de una relación perdida en el tiempo. Pareciera que Juan no vive sólo sino que está solo.

Resignados a la necesidad de acudir a ver a Juan, prolongando nuestra jornada laboral, camino de nuestra casa y con cierta curiosidad por lo que nos vamos a encontrar en aquel lugar emprendemos la marcha la residente y yo. El día está desapacible y gris. Hace frío. Una fina lluvia mantiene el parabrisas activado. Todo invita a buscar un hogar agradable pero, no será hoy.

 

Una bofetada de olor a tabaco nos espera en el umbral de la puerta. La persiana hasta abajo confirma que aquello no ha sido ventilado desde hace días. Las colillas se apelotonan en un vaso ennegrecido y los restos de un café con leche son parte del desorden sobre aquella mesa junto al camastro. Medicinas, papeles y la televisión de fondo. El cuerpo de Juan deambula de la puerta a la cama y se entretiene en el camino para retirar la ropa que oculta la única silla de la casa a mi petición de un lugar donde poder escribir. Sin fuerzas y con la mirada perdida apenas es capaz de relatar sus síntomas con cierta conexión.

Varias botellas junto a la cama que Juan dice que sólo trasportan agua porque “si bebo no me dejan ver a mi hijo en el centro de acogida”.

Interrogamos y exploramos para intentar poner un poco de orden en el caos. Cualquier intervención resulta complicada en aquella atmosfera de aislamiento.

Juan escapa a los controles. Juan tiene el arte de introducirse por los agujeros de nuestro sistema sanitario y social para huir hacia ninguna parte. Para rechazar caminos normalizados. Para seguir anhelando una vida distinta que se le resiste con intensidad. Juan es consecuencia de su aislamiento, de su pobreza y de su enfermedad que al fin y al cabo, son la misma cosa.

 

¡Y nosotros que creíamos tenerlo todo controlado! sólo hay que recibir una llamada a las 14:50 para demostrarnos todo lo que queda por hacer cuando ponemos a Juan “en el centro del sistema”. En el lugar que la vida y sus circunstancias le han colocado. En su centro.

Parece que una losa nos ha caído encima cuando salimos de esa casa en la que no hay ningún indicio de que es Navidad. Muchos creyeran que en nuestra ciudad no hay lugares así.

Y la residente me dice:

– ¿Te has fijado en la foto de mesita?. ¡Juan y su hijo, impecables!. ¿cómo ha podido llegar a esto?

– Los agujeros, Sandra… son los agujeros que se nos escapan.

 

EL NIÑO QUE NO ESTUVO ENFERMO (Alberto Meléndez)

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(Ayer recibí un mensaje. Los padres de Eñaut (de Inhar) han leído el blog. Les ha gustado. Me dicen además que no sólo no les importa que aparezca su nombre real sino que les haría ilusión. Pues ya está. Inhar es el niño que nunca estuvo enfermo. Él fue, él es. Inhar.)

Él mismo nos abrió la puerta. Abrió, nos miró y giró sobre sus pasos corriendo de nuevo hacia la sala. Enseguida apareció su padre. Quizá no lo notó. Quizá tampoco su madre.  Pero por unas milésimas de segundo me quedé pasmado, sin reaccionar. Clavado al felpudo de la entrada. Congelado bajo el marco de la puerta, esa puerta que acababa de abrir Inhar.

Era mucho peor de lo que había imaginado. Desde que días antes nos habían dicho que deberíamos atender a un niño de dos años y medio me había hecho distintas composiciones. No vemos niños habitualmente, y la gravedad del cuadro que nos contaron era extrema.

Pero nunca imaginé algo así. Era peor, mucho peor…

 

Inhar no estaba enfermo. Sí, claro, tenía una enfermedad. Una enfermedad gravísima, de esas que nadie nombra. Y extendida. Casi todo su cerebro estaba invadido por “eso”. Tenía una grave enfermedad. Pero no estaba enfermo.

Y, extrañamente, eso me golpeó de una forma tal que tardé en reaccionar.

Encamado, quejoso, delgado, dolorido, vomitando… Esperaba un niño así, vencido por el mal, necesitado de ayuda médica en su más amplia acepción.

Necesitado. Ayudado. Medicado.

Pero no. Inhar correteaba por la casa, extrañado de nuestra presencia y a la vez divertido.

Esperaba unos padres desesperados, pidiendo, exigiendo…

Sin esperanza. Pidiendo.

Pero no. Cansados y decididos, sólo deseaban dar paz a su hijo en eso que les habían dicho que eran las últimas semanas. Nada importaba. Solo eso.

Esa fue la primera visita. Hubo algunas más.

La enfermedad fue ganando terreno. Fue postrando a Inhar. Primero los vértigos, la incapacidad para estar erguido. Luego el letargo casi continuo interrumpido ocasionalmente para pedir comida o juguetear con el llavero de su aitite. Alrededor de él padres y abuelos acompañaban su decaimiento. E Inhar siguió sin estar enfermo. Las pérdidas que se fueron dando en él se acompañaron inmediatamente de una adaptación casi perfecta. Venció a la enfermedad porque no peleó contra ella. Su salud venció al pronóstico, al estadiaje, al número.

Inhar se fue una madrugada. Un trozo de cada uno de nosotros se fue con él. Su cerebro invadido dejó de funcionar. La enfermedad había crecido, le había invadido.

Pero os aseguro que él nunca estuvo enfermo.

A VECES… (Alberto Meléndez)

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A veces creo que mi trabajo no tiene sentido. A veces me siento un intruso, un farsante… Entro en la vida de las personas, de las familias, en un momento especialmente frágil. Sí, soy bien recibido. Y luego el agradecimiento sincero carga mis pilas. De energía. De vanidad. De argumentos…

A veces creo que formo parte de la rueda que tanto critico. A veces siento que el dolor del otro no me alcanza, no me penetra. Solo lo observo mientras paso tiempo en cosas banales. Aliviar el sufrimiento a veces no es fácil. Casi nunca. Y cuando se profesionaliza, cuando se protocoliza, cuando se convierte en un formulario….

Muchas veces siento que priorizo la atención sobre el acompañamiento, la discreción sobre la palabra, el bosque sobre el árbol. La medicina frente al remedio.

Hoy es un día de esos.

Hoy se ha ido Bego. Hace un rato. En su casa. Con sus padres, uno a cada lado. Con su melena teñida de rojo como último acto de rebeldía. Con 40 años recién cumplidos. Con el permiso de su madre que se lo ha ido dando al oído desde que hace menos de 48 horas comenzara su sueño final. Con su padre al lado. Como siempre. Con su belleza intacta que la enfermedad no hizo sino acentuar. Con su mirada. Que se clava hoy en la mía como hace tres meses, cuando la conocí. Cuando dijeron que no se podía hacer más. Cuando nos preguntó enfadada qué íbamos a hacer, que basta de pruebas, que basta de “pirulas”, que basta..

Y tres meses después yo hoy también estaba allí. Como un grafiti en un cuadro de Velázquez. Pintura menor sobre Pintura mayúscula. Como un buceador en la luna. Equipado para nada. Con la incomodidad de quien sabe que sobra y que sabe que nadie le dirá que sobra.

Tres meses después. Con el recuerdo lejano de esos tres meses. En los que Bego pudo volver a reír, pudo volver a bañarse en su playa de Zarautz, donde creyó incluso que todo era un error, que ella podría con ello. Mi mente se aferra a esos recuerdos alegres buscando justificar y sanar lo que siento.

Hoy es un día de esos en los que me enfrento con mi finitud, con mi incapacidad, con mi frustración. Días en los que dudo de todo, del sistema, de los fármacos, de mí. Días en los que se reafirma en mi alma que lo que vale son las personas, el contacto, la relación honesta. Que los programas, servicios, planes, protocolos… sirven a otros intereses, no al enfermo. No a Bego.

Hoy es un día de esos.

Se (me) pasará.

(Antes de terminar esta entrada me han hecho una visita. Una amiga, una compañera, una enfermera. Me ha “leído” el blog en los ojos. Y, como es buena amiga, no me ha dado ánimos, no le ha quitado importancia a mis dudas, no me ha regalado con palabras amables. Ha hecho más. Me he sentido con permiso para tener estos días… )

¿DÓNDE PERDIMOS LA HUMANIDAD DEL PRIMER ENCUENTRO? (Maxi Gutiérrez)

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La llegada de un estudiante de medicina a la consulta me produce novedad y misterio. Todo me resulta interesante: observarle, compartir, conversar y pedir impresiones. Me gustan que los estudiantes reflexionen y escriban. Iker escribió esto en su primera semana: 

¿Cuál ha sido mi valoración de la semana en Atención Primaria? Es una pregunta que personalmente no me resulta difícil de contestar; muy buena. Para algunos esto puede sonar “pelota” pero de verdad que no lo es y a continuación van las razones. 
En primer lugar; el recibimiento que tuve por parte no solo de mi tutor sino de todo el personal que compone el centro de atención primaria fue increíble. Aunque para la mayoría de las personas el presentarse y presentarnos sea algo cotidiano y de pura educación, no todo el mundo lo hace. Y hablo desde mi humilde experiencia de 3 años de practicas hospitalarias que aunque parezca triste, el mero hecho de que nos saludaran o nos preguntaran como nos llamábamos hacia de esa rotación una de las mejores.  
Segundo, el hacernos participes de la consulta, presentarnos a los pacientes,…”

Mi reflexión fue inmediata: la calidad del encuentro siempre esta marcada por los primeros momentos, por el primer contacto visual, por el primer acercamiento. Nos gusta presentarnos y que nos presenten. Es signo de acogida, de respeto inicial, de humanidad básica. Algo como dice Iker, cotidiano y de pura educación. Pero, lo triste es que no todo el mundo lo hace.

Y detrás de esto la pregunta: ¿por qué un estudiante de medicina se siente reconfortado con la simple presentación y el saludo?. Sencillo. Porque cuando me reconocen y cuando se hacen conscientes de que estoy ahí siento que me valoran, que me tienen en cuenta y que me hago uno más. La presentación es el vínculo, la acogida, el permiso para formar parte de un grupo, de un lugar, de una tarea.

Y esto que parece tan humano ¿dónde lo perdimos los médicos? ¿por qué resulta tan extraño que los sanitarios nos presentemos?¿quién nos enseño a despreciarlo? ¿por qué no estrechar la mano de un compañero con el que voy a compartir una jornada de trabajo? ¿tanto cuesta? ¿una vez más la rutina y las prisas como la excusa perfecta?.

Y eso nos lo brinda Iker desde una humilde experiencia de 3 años. 3 años invisible a los ojos de muchos ilustres doctores, permitidme el sarcasmo, que perdieron la capacidad de integrar a alguien que empieza.

Hace poco alguien decía que no hay que humanizar la práctica médica porque no hay práctica médica sin humanidad. La medicina sin humanidad ni es medicina ni es nada… Y tiene razón pero, algo no funciona cuando Iker se queda sorprendido porque en un centro de salud se le presenta y se le acoge.

¿Tanto cuesta estrechar una mano, compartir un gesto o decir una palabra de bienvenida?. Va a ser que muchos profesionales de este sistema sanitario están sedientos o quizás, deshidratados de humanidad.

Y con los pacientes pasa algo parecido. Muchos de los que vienen por primera vez a mi consulta, dicen buenos días y en cuanto toman asiento parece como si les activaran el gatillo y disparan a diestro y siniestro sus síntomas apresuradamente. Suelo pedir una tregua, hacer un gesto y decir “creo que no nos conocemos, mi nombre es…” y lanzo mi mano a su encuentro para entablar un mínimo de contacto que nos permita seguir hablando en un plano razonablemente humano. Ellos no esperaban una presentación porque pocas veces la tuvieron. ¿Cómo se puede poner sobre la mesa cuestiones de alto contenido emocional cuando ni siquiera nos hemos presentado y saludado?

Por tanto, sanitario o sanitaria ¿cuántas veces te presentas a tus pacientes? ¿cuántas veces te acercas al nuevo compañero para decirle tu nombre? ¿cuántas manos estrechas? ¿cuántos gestos de bienvenida compartes? ¿cuántas veces ofreces tu mirada acogedora al que te llega? y una pregunta de más nivel ¿cuántas veces miras a los ojos a tus pacientes y compañeros?. Parece sencillo y no lleva mucho tiempo aunque quizás nos exponga demasiado y al principio nos de un poco de miedo.

Pudieran ser estos unos buenos indicadores de calidad para el próximo Contrato de Gestión Clínica. No espero que sean propuestos por los gestores de lo sanitario. Son indicadores más de calidez que de calidad.

 

Después de estas reflexiones estimuladas por Iker, permitidme que me sugiera a mi mismo mirar a los ojos a mis compañeros y a mis pacientes al menos en el primer encuentro. Puede ser que quizás nunca más deje de hacerlo en los encuentros siguientes.

 

PD: Agradecimiento a lo mucho que nos enseñan nuestros residentes y estudiantes. A los más recientes: a Iker, a Asun, a Eleder, a Eduardo… ¡Siempre aprendiendo!

DE GUARDIA. O la importancia de, simplemente, estar. (Alberto Meléndez)

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Odio las guardias. Siempre las he odiado. No consigo relajarme ni el día previo, ni el de “autos”, ni el posterior… Así mis guardias duran tres días. Por lo menos. Aunque debería decir “duraban”. Hace algún tiempo que no las hago. Pero las odio…

En esa época hacía 5 o 6 al mes. Una rueda de 5 personas cubría las horas de guardia del hospital San Juan de Dios de Pamplona. Sin ser guardias terribles, no eran buenas. La soledad (único médico para las aproximadamente 150 camas; medicina interna, geriatría, cuidados paliativos, también cirugía…) acrecentaba mis nervios. El buen hacer y el cariño de enfermeras y auxiliares ayudaban a pasar el trago. Pero eran eso, un trago.

Y ahí estaba yo. Un sábado de ¿marzo? de hace más de 15 años. Pasando una de esas guardias malditas. Esperando la llamada a media tarde de Mari Jose. Firmando medicaciones, visitando controles de enfermería, intentando anticiparme a los problemas que irían surgiendo… Y sonó el busca. El maldito busca. Una petaca gris perla con una pantallita minúscula que marcaba la extensión a la que debías llamar. La enfermera de Paliativos quiere que pase por una habitación. Allí está Manuel, rodeado de su familia. Solos en la habitación doble (ya entonces, sin necesidad de leyes ni planes, las enfermeras “bloqueaban” las camas para permitir que los pacientes y las familias pasaran juntos y en la intimidad estos momentos especiales) esperaban desde hacía horas el desenlace. No, no pasaba nada. Pero les había visto especialmente nerviosos y “si te pudieras pasar un poquico…”. Pues claro. Voy. Y mientras colgaba el teléfono intenté recordar quién era Manuel.

Manuel era un señor de 89 años. Ingresado por mí en mi guardia anterior (ya no lo recordaba; las guardias eran en mi biografía paréntesis vitales cuya memoria borraba en cuanto podía). Ya fue trasladado desde el Hospital de Navarra en una situación muy mala tras una hemorragia cerebral. Alternaba periodos comatosos con otros de aparente conexión, y como no se sabía cuánto iba a durar esto se decidió trasladarlo a nuestro Centro. Pero en las últimas horas el deterioro era ya patente. Apenas reactivo, mantenía una respiración superflua como todo signo externo de vida. Ahora incluso esa respiración se había hecho más lenta, y en algunos instantes el silencio se instalaba en sus labios y en su pecho. Eran esas pausas las que alarmaron a la familia. Y consultaron a la enfermera. Y esta me llamó…

Como decía, mi “amnesia post-guardia” es mítica. Sin embargo, recuerdo la escena de forma tan nítida que ya no sé si es recuerdo o elaboración mental… A Manuel apenas se le veía. Cuatro personas, dos por cada costado, se reclinaban sobre su cuerpo tumbado acariciando su rostro y besándole. Recuerdo una melena larga, muy larga, sobre el rostro de Manuel. Su dueña, una de sus nietas de unos 16 años, lloraba sobre su abuelo hipando desconsolada. Otro nieto mayor que ella también lloraba a su lado, pero en silencio. Dos hijos de Manuel completaban el cuadro en el otro lado del lecho. Hijo e hija. Serenos. También lloraban.

Me acerqué un segundo. Expliqué en cuatro frases lo que significan las pausas de su respiración, repasamos juntos los signos de sufrimiento ausentes en Manuel, reforcé sus cuidados de todos estos días… Pregunté al final si querían que les dejara solos; preferían que estuviera allí.

Volví al fondo de la habitación. Apoyado en la pared, me quedé absorto pensando en lo que aún me quedaba. Solo una vez más me acerqué de nuevo, viendo que la nieta de Manuel se abalanzaba cada vez con más llanto sobre su lecho. Recuerdo que la cogí de los hombros y enderecé su cuerpo. Lloraba. “Déjale ir”, le dije. “Dale tus besos pero déjale ir”. Ella no me miró. Siguió algo más calmada y yo volví sobre mis pasos a dejar de nuevo caer mi espalda sobre la pared blanca de la habitación.

Y sonó el busca. Tapé con mi mano la rejilla del altavoz intentando ahogar su quejido. Me dirigí con dos zancadas al teléfono de la cama de al lado. La pantallita indicaba “llamar a centralita”. Eso significaba llamada de la calle. Mari Jose. Marqué el 9. Y antes de que me hablaran dije seco y contundente: “no me paseis llamadas. Estoy ocupado”. Luego ya se lo explicaría a Mari Jose. Quedaba aún mucha guardia para hablar…

No sé si pasé en la habitación una hora más. Quizá fue sólo media. Manuel dejó de respirar. Se fue arropado por los suyos. En un final largo en el tiempo, seguramente adecuado a lo que necesitó. Y lo que necesitaban. Me despedí de ellos. En el control de enfermería ultimé los papeles del “alta”. Mis compañeras se encargarían del resto. La guardia seguiría, con otros “manueles” y otras familias…

Unos diez días después me llamó el gerente. Eran casi las 3 de la tarde. No era habitual que me llamara, así que me puse un poco nervioso. Se le veía contento, así que me relajé. Lo primero que hizo fue pedirme disculpas por robarme unos minutos, pero quería contarme que había ido la familia de Manuel a hablar con él. Me habían buscado pero yo había salido a hacer visitas a en los domicilios. Necesitaban (emplearon ese término, no “querían” ni “deseaban”, sino que “necesitaban”) agradecer los cuidados dados a Manuel. Y de forma especial, la de ese médico que les recibió en el ingreso. El mismo que se quedó en las últimas horas a su lado, que incluso “llegó a rechazar otras llamadas” para estar con ellos. Solo para estar. Recordaban palabra por palabra lo que les había dicho entonces. Natalia, la nieta de la melena, les había dicho que siempre recordará cómo dejó a su abuelo ir gracias a las palabras de aquel doctor. Mi gerente me felicitaba. Decía sentirse orgulloso y me animaba a seguir así.

Me sentí confuso. Aún me siento así. Confuso y abrumado. Me abruma pensar en cuánto poder hay en nuestras palabras y en nuestros silencios. En nuestras acciones y en nuestra presencia. En qué otras ocasiones habré producido dolor con la misma (in)consciencia que aquí produje paz.

Quince años después continuo dándole vueltas. Sigo odiando las guardias. Pero amando este trabajo que a veces ayuda a la gente… incluso sin saber cómo ni por qué.