Relación entre profesionales

TERAPIA ULTRABREVE (Maxi Gutiérrez)

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Salvador Casado es un experto médico de familia y amigo que me confió un caso de su consulta:

Un varón de veintitantos años acude a consulta refiriendo agobio, ataques de ira y emociones intensas que no puede controlar. Pese a que tengo una consulta atiborrada esa tarde no puedo evitar sentir compasión hacia él y decido escucharle lo mejor que pueda. Me pide permiso para leerme un folio doblado que lleva en la mano. Se lo doy y pasa a leerme lo que siente: lleva un mes descentrado, su vida no tiene sentido, discute con las personas que quiere y desean ayudarle, está enfadado con el mundo, sobretodo con él mismo, a veces experimenta mucho enfado y necesita desahogarse dando puñetazos (me enseña los nudillos descarnados), no encuentra alivio en nada siendo incapaz de distraerse, cree que tiene una depresión o algo peor, está fatal.
Me maravilla lo bien escrita que está su narración. Le pregunto si ha tenido oportunidad de compartirla con alguien lo que él niega.
Casos como éste son muy frecuentes y las respuestas que damos en las consultas de medicina de familia muy diversas. Lo más habitual suele ser diagnosticarlos de trastorno de ansiedad y/o depresión, ofrecer escucha activa, dar psicofármacos y a veces una derivación a salud mental.
Yo decido aplicar terapia psicológica ultrabreve y arriesgarme a dinamitar la agenda de la tarde. En lugar de seis minutos disponibles precisaré emplear veinte para conseguir los siguientes objetivos: Escuchar. Empatizar y contactar. Enfocar. Proponer. Red de seguridad
Para escuchar bien es necesario no tener prisa. En este caso el paciente leyó tranquilamente las dos caras de su escrito y luego añadió más información a medida que me interesaba por sus circunstancias personales, familiares y sociales. Era la primera vez que acudía.
El siguiente paso es conectar y dar empatía. Reconocer su dificultad y su sufrimiento. Aportar alguna imagen que le permita comprobar que le hemos entendido, que sabemos por lo que está pasando. Cuando lo conseguimos es habitual ver alivio en el lenguaje no verbal del paciente que relaja postura o cambia el gesto insinuando una sonrisa.
Conseguido el contacto pasamos a normalizar y enfocar. El paciente ha verbalizado que cree tener alguna enfermedad y experimenta falta de control en su vida, eso le agobia mucho como es natural. Devolver que no detectamos ninguna patología mental sino un sufrimiento intenso derivado de su momento vital permite al paciente reenfocar su discurso interior que tiende a ponerse en lo peor. Darse permiso para experimentar emociones intensas y dejar de autoagredirse por ello le coloca en una posición adecuada para encontrar una salida a su situación de bloqueo.
El teléfono interrumpe la conversación, la compañera administrativa me informa que tengo un aviso a domicilio de un paciente de otro centro de salud y dos personas sin cita que se suman a los que ya esperan en la puerta. Agradezco la llamada y continuo.
La propuesta que hago a continuación es triple: desahogar, respirar, esperar. El joven se siente como una olla a presión, cuando le invito a desahogarse lo entiende perfectamente. Le pregunto si hace alguna actividad física y responde que empezó el gimnasio el día anterior con buen resultado. Invito a su vez a verbalizar y a escribir, cosa que me acaba de demostrar sabe hacer perfectamente. También dejamos abierta la posibilidad de explorar otros cursos de acción que puedan aliviarle me dice que caminar y salir al campo le ayudan.
Dado que sus estrategias de manejo de emociones han fracasado le propongo que trate de sostener sus intensas emociones simplemente respirando, acogiéndolas sin lucha o huida explicándole que por muy desagradables o intensas que sean no tienen poder para hacerle daño. Me ayudo de un par de imágenes para ilustrarlo y comprobar que lo ha comprendido.
Por último le sugiero que tenga paciencia dado que el mundo emocional tiene un ritmo que si bien podemos facilitar o entorpecer no es susceptible de controlarse a voluntad. Pese a que responde que le cuesta me dice que lo entiende.
Descarto de momento recurrir a medicación o derivación a terceros dentro del sistema sanitario. Expongo que un psicólogo privado sí puede ser una opción para él si no consigue encontrar un interlocutor que le acompañe pero lo desestima por no poder costearlo. Ofrezco como red de seguridad una nueva consulta en dos semanas y la posibilidad de acudir antes si lo necesita.
Terminamos la visita con un fuerte apretón de manos y una sonrisa. Respiro hondo y salgo a una sala de espera atestada que me invita a rescatar mis mejores recursos para recuperar el retraso acumulado.

 

Me pide que haga un comentario/valoración de la consulta y apenas sé que decir. Salva es valioso y siempre ha sido maestro. Me pide que hagamos docencia juntos sobre lo que llama terapia ultrabreve (que yo creo que no fue tan breve). Le digo que toda herramienta terapéutica necesita PERSONAS, ESPACIO y TIEMPO para poder ser desarrollada.

PERSONAS. Cuando la situación te la ponen delante en la consulta y uno sabe que puede aportar algo a aquello que está escuchando, me resulta complicado pensar que esto no va conmigo. Puedo pensar “¿Por qué a mi?” “¿Es enfermedad?” “¿justo tenía que ser hoy?”… da igual. Sólo queda conmoverse con el sufrimiento del otro (padecer-con) y tomar el asunto como propio para abordarlo en toda su extensión.

Somos elegidos para que nos cuenten lo que nos cuentan porque tenemos la capacidad de compadecernos. Y se manifiesta en el interés por la escucha de alguien que está pidiendo ser acompañado en aquello que le ahoga.

Sencillo de entender y difícil de evitar cuando uno está entrenado en compasión.

ESPACIO. Podemos discutir si es el entorno de la Atención Primaria de Salud el ámbito más adecuado para abordar este tipo de problemas. Si somos profesionales de la medicina para esta patología aparentemente banal. Si estamos formados para ello. Si… Podemos discutirlo y admito que habrá puntos de vista diversos pero manifiesto alguna de mis intuiciones:

– La cuestión es que las personas no encuentran muchos espacios en su vida donde alguien les escuche y les facilite ayuda. No vivimos en un mundo fácil para ejercer la ayuda entre iguales donde unos se acompañan a otros. Y no quiero decir que no sea responsabilidad de nadie, esta sociedad acostumbra a mantener relaciones superficiales donde los seres apenas se comunican más allá de lo que hacen. Vivimos en el hacer más que en el ser y así son nuestras relaciones.

– Aspectos como éste afectan a la salud de las personas. En lo físico: insomnio, ansiedad, auto-agresión,… En su sentido amplio: infelicidad, enfado, inquietud, desilusión,… En el miedo a enfermar, a tener algo incontrolable o peor… Cuestiones que no permiten vivir y que desencadenan todo tipo de alarmas. Esto es lo nuestro: la salud en todos los aspectos.

– Sin etiquetar ni sobrediagnosticar añadiendo carga de enfermedad a los problemas que son la vida y sus complicaciones. Explorando y normalizando para conseguir re-enfocar. Quitando el peso en lo que “se esperaría de” para “sentir lo que se siente” sin culpas ni limitaciones.

TIEMPO. Una de las claves de la Medicina de Familia es gestionar el tiempo. ¡Qué difícil gestión cuando tienes una agenda llena, un domicilio que acudir y dos pacientes que solicitan cita indemorable!. ¡Qué difícil negar tiempo al sufrimiento humano que se presenta ante nosotros! Sólo queda priorizar y dedicar el tiempo a quien lo necesita (aunque a veces lo hagamos de forma injusta), poner en práctica estrategias aprendidas y esperar la comprensión de los que esperan sin desesperar. Solo eso y alguna cosa más que una vez escribí en “No he tenido tiempo”

Y así ocurre la terapia ultrabreve que se cierra por hoy con ese “fuerte apretón de manos” que habla de calidez, de humanidad y de que aquello que ha ocurrido en la consulta trasciende y supera al rol médico-enfermo para convertirse en algo sagrado.

Gracias por permitirme ser testigo y lector de esta consulta, Salva

y por formar parte de tu excelente blog


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¿DÓNDE PERDIMOS LA HUMANIDAD DEL PRIMER ENCUENTRO? (Maxi Gutiérrez)

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La llegada de un estudiante de medicina a la consulta me produce novedad y misterio. Todo me resulta interesante: observarle, compartir, conversar y pedir impresiones. Me gustan que los estudiantes reflexionen y escriban. Iker escribió esto en su primera semana: 

¿Cuál ha sido mi valoración de la semana en Atención Primaria? Es una pregunta que personalmente no me resulta difícil de contestar; muy buena. Para algunos esto puede sonar “pelota” pero de verdad que no lo es y a continuación van las razones. 
En primer lugar; el recibimiento que tuve por parte no solo de mi tutor sino de todo el personal que compone el centro de atención primaria fue increíble. Aunque para la mayoría de las personas el presentarse y presentarnos sea algo cotidiano y de pura educación, no todo el mundo lo hace. Y hablo desde mi humilde experiencia de 3 años de practicas hospitalarias que aunque parezca triste, el mero hecho de que nos saludaran o nos preguntaran como nos llamábamos hacia de esa rotación una de las mejores.  
Segundo, el hacernos participes de la consulta, presentarnos a los pacientes,…”

Mi reflexión fue inmediata: la calidad del encuentro siempre esta marcada por los primeros momentos, por el primer contacto visual, por el primer acercamiento. Nos gusta presentarnos y que nos presenten. Es signo de acogida, de respeto inicial, de humanidad básica. Algo como dice Iker, cotidiano y de pura educación. Pero, lo triste es que no todo el mundo lo hace.

Y detrás de esto la pregunta: ¿por qué un estudiante de medicina se siente reconfortado con la simple presentación y el saludo?. Sencillo. Porque cuando me reconocen y cuando se hacen conscientes de que estoy ahí siento que me valoran, que me tienen en cuenta y que me hago uno más. La presentación es el vínculo, la acogida, el permiso para formar parte de un grupo, de un lugar, de una tarea.

Y esto que parece tan humano ¿dónde lo perdimos los médicos? ¿por qué resulta tan extraño que los sanitarios nos presentemos?¿quién nos enseño a despreciarlo? ¿por qué no estrechar la mano de un compañero con el que voy a compartir una jornada de trabajo? ¿tanto cuesta? ¿una vez más la rutina y las prisas como la excusa perfecta?.

Y eso nos lo brinda Iker desde una humilde experiencia de 3 años. 3 años invisible a los ojos de muchos ilustres doctores, permitidme el sarcasmo, que perdieron la capacidad de integrar a alguien que empieza.

Hace poco alguien decía que no hay que humanizar la práctica médica porque no hay práctica médica sin humanidad. La medicina sin humanidad ni es medicina ni es nada… Y tiene razón pero, algo no funciona cuando Iker se queda sorprendido porque en un centro de salud se le presenta y se le acoge.

¿Tanto cuesta estrechar una mano, compartir un gesto o decir una palabra de bienvenida?. Va a ser que muchos profesionales de este sistema sanitario están sedientos o quizás, deshidratados de humanidad.

Y con los pacientes pasa algo parecido. Muchos de los que vienen por primera vez a mi consulta, dicen buenos días y en cuanto toman asiento parece como si les activaran el gatillo y disparan a diestro y siniestro sus síntomas apresuradamente. Suelo pedir una tregua, hacer un gesto y decir “creo que no nos conocemos, mi nombre es…” y lanzo mi mano a su encuentro para entablar un mínimo de contacto que nos permita seguir hablando en un plano razonablemente humano. Ellos no esperaban una presentación porque pocas veces la tuvieron. ¿Cómo se puede poner sobre la mesa cuestiones de alto contenido emocional cuando ni siquiera nos hemos presentado y saludado?

Por tanto, sanitario o sanitaria ¿cuántas veces te presentas a tus pacientes? ¿cuántas veces te acercas al nuevo compañero para decirle tu nombre? ¿cuántas manos estrechas? ¿cuántos gestos de bienvenida compartes? ¿cuántas veces ofreces tu mirada acogedora al que te llega? y una pregunta de más nivel ¿cuántas veces miras a los ojos a tus pacientes y compañeros?. Parece sencillo y no lleva mucho tiempo aunque quizás nos exponga demasiado y al principio nos de un poco de miedo.

Pudieran ser estos unos buenos indicadores de calidad para el próximo Contrato de Gestión Clínica. No espero que sean propuestos por los gestores de lo sanitario. Son indicadores más de calidez que de calidad.

 

Después de estas reflexiones estimuladas por Iker, permitidme que me sugiera a mi mismo mirar a los ojos a mis compañeros y a mis pacientes al menos en el primer encuentro. Puede ser que quizás nunca más deje de hacerlo en los encuentros siguientes.

 

PD: Agradecimiento a lo mucho que nos enseñan nuestros residentes y estudiantes. A los más recientes: a Iker, a Asun, a Eleder, a Eduardo… ¡Siempre aprendiendo!