Profesión Médica

A VECES… (Alberto Meléndez)

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A veces creo que mi trabajo no tiene sentido. A veces me siento un intruso, un farsante… Entro en la vida de las personas, de las familias, en un momento especialmente frágil. Sí, soy bien recibido. Y luego el agradecimiento sincero carga mis pilas. De energía. De vanidad. De argumentos…

A veces creo que formo parte de la rueda que tanto critico. A veces siento que el dolor del otro no me alcanza, no me penetra. Solo lo observo mientras paso tiempo en cosas banales. Aliviar el sufrimiento a veces no es fácil. Casi nunca. Y cuando se profesionaliza, cuando se protocoliza, cuando se convierte en un formulario….

Muchas veces siento que priorizo la atención sobre el acompañamiento, la discreción sobre la palabra, el bosque sobre el árbol. La medicina frente al remedio.

Hoy es un día de esos.

Hoy se ha ido Bego. Hace un rato. En su casa. Con sus padres, uno a cada lado. Con su melena teñida de rojo como último acto de rebeldía. Con 40 años recién cumplidos. Con el permiso de su madre que se lo ha ido dando al oído desde que hace menos de 48 horas comenzara su sueño final. Con su padre al lado. Como siempre. Con su belleza intacta que la enfermedad no hizo sino acentuar. Con su mirada. Que se clava hoy en la mía como hace tres meses, cuando la conocí. Cuando dijeron que no se podía hacer más. Cuando nos preguntó enfadada qué íbamos a hacer, que basta de pruebas, que basta de “pirulas”, que basta..

Y tres meses después yo hoy también estaba allí. Como un grafiti en un cuadro de Velázquez. Pintura menor sobre Pintura mayúscula. Como un buceador en la luna. Equipado para nada. Con la incomodidad de quien sabe que sobra y que sabe que nadie le dirá que sobra.

Tres meses después. Con el recuerdo lejano de esos tres meses. En los que Bego pudo volver a reír, pudo volver a bañarse en su playa de Zarautz, donde creyó incluso que todo era un error, que ella podría con ello. Mi mente se aferra a esos recuerdos alegres buscando justificar y sanar lo que siento.

Hoy es un día de esos en los que me enfrento con mi finitud, con mi incapacidad, con mi frustración. Días en los que dudo de todo, del sistema, de los fármacos, de mí. Días en los que se reafirma en mi alma que lo que vale son las personas, el contacto, la relación honesta. Que los programas, servicios, planes, protocolos… sirven a otros intereses, no al enfermo. No a Bego.

Hoy es un día de esos.

Se (me) pasará.

(Antes de terminar esta entrada me han hecho una visita. Una amiga, una compañera, una enfermera. Me ha “leído” el blog en los ojos. Y, como es buena amiga, no me ha dado ánimos, no le ha quitado importancia a mis dudas, no me ha regalado con palabras amables. Ha hecho más. Me he sentido con permiso para tener estos días… )

¿DÓNDE PERDIMOS LA HUMANIDAD DEL PRIMER ENCUENTRO? (Maxi Gutiérrez)

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La llegada de un estudiante de medicina a la consulta me produce novedad y misterio. Todo me resulta interesante: observarle, compartir, conversar y pedir impresiones. Me gustan que los estudiantes reflexionen y escriban. Iker escribió esto en su primera semana: 

¿Cuál ha sido mi valoración de la semana en Atención Primaria? Es una pregunta que personalmente no me resulta difícil de contestar; muy buena. Para algunos esto puede sonar “pelota” pero de verdad que no lo es y a continuación van las razones. 
En primer lugar; el recibimiento que tuve por parte no solo de mi tutor sino de todo el personal que compone el centro de atención primaria fue increíble. Aunque para la mayoría de las personas el presentarse y presentarnos sea algo cotidiano y de pura educación, no todo el mundo lo hace. Y hablo desde mi humilde experiencia de 3 años de practicas hospitalarias que aunque parezca triste, el mero hecho de que nos saludaran o nos preguntaran como nos llamábamos hacia de esa rotación una de las mejores.  
Segundo, el hacernos participes de la consulta, presentarnos a los pacientes,…”

Mi reflexión fue inmediata: la calidad del encuentro siempre esta marcada por los primeros momentos, por el primer contacto visual, por el primer acercamiento. Nos gusta presentarnos y que nos presenten. Es signo de acogida, de respeto inicial, de humanidad básica. Algo como dice Iker, cotidiano y de pura educación. Pero, lo triste es que no todo el mundo lo hace.

Y detrás de esto la pregunta: ¿por qué un estudiante de medicina se siente reconfortado con la simple presentación y el saludo?. Sencillo. Porque cuando me reconocen y cuando se hacen conscientes de que estoy ahí siento que me valoran, que me tienen en cuenta y que me hago uno más. La presentación es el vínculo, la acogida, el permiso para formar parte de un grupo, de un lugar, de una tarea.

Y esto que parece tan humano ¿dónde lo perdimos los médicos? ¿por qué resulta tan extraño que los sanitarios nos presentemos?¿quién nos enseño a despreciarlo? ¿por qué no estrechar la mano de un compañero con el que voy a compartir una jornada de trabajo? ¿tanto cuesta? ¿una vez más la rutina y las prisas como la excusa perfecta?.

Y eso nos lo brinda Iker desde una humilde experiencia de 3 años. 3 años invisible a los ojos de muchos ilustres doctores, permitidme el sarcasmo, que perdieron la capacidad de integrar a alguien que empieza.

Hace poco alguien decía que no hay que humanizar la práctica médica porque no hay práctica médica sin humanidad. La medicina sin humanidad ni es medicina ni es nada… Y tiene razón pero, algo no funciona cuando Iker se queda sorprendido porque en un centro de salud se le presenta y se le acoge.

¿Tanto cuesta estrechar una mano, compartir un gesto o decir una palabra de bienvenida?. Va a ser que muchos profesionales de este sistema sanitario están sedientos o quizás, deshidratados de humanidad.

Y con los pacientes pasa algo parecido. Muchos de los que vienen por primera vez a mi consulta, dicen buenos días y en cuanto toman asiento parece como si les activaran el gatillo y disparan a diestro y siniestro sus síntomas apresuradamente. Suelo pedir una tregua, hacer un gesto y decir “creo que no nos conocemos, mi nombre es…” y lanzo mi mano a su encuentro para entablar un mínimo de contacto que nos permita seguir hablando en un plano razonablemente humano. Ellos no esperaban una presentación porque pocas veces la tuvieron. ¿Cómo se puede poner sobre la mesa cuestiones de alto contenido emocional cuando ni siquiera nos hemos presentado y saludado?

Por tanto, sanitario o sanitaria ¿cuántas veces te presentas a tus pacientes? ¿cuántas veces te acercas al nuevo compañero para decirle tu nombre? ¿cuántas manos estrechas? ¿cuántos gestos de bienvenida compartes? ¿cuántas veces ofreces tu mirada acogedora al que te llega? y una pregunta de más nivel ¿cuántas veces miras a los ojos a tus pacientes y compañeros?. Parece sencillo y no lleva mucho tiempo aunque quizás nos exponga demasiado y al principio nos de un poco de miedo.

Pudieran ser estos unos buenos indicadores de calidad para el próximo Contrato de Gestión Clínica. No espero que sean propuestos por los gestores de lo sanitario. Son indicadores más de calidez que de calidad.

 

Después de estas reflexiones estimuladas por Iker, permitidme que me sugiera a mi mismo mirar a los ojos a mis compañeros y a mis pacientes al menos en el primer encuentro. Puede ser que quizás nunca más deje de hacerlo en los encuentros siguientes.

 

PD: Agradecimiento a lo mucho que nos enseñan nuestros residentes y estudiantes. A los más recientes: a Iker, a Asun, a Eleder, a Eduardo… ¡Siempre aprendiendo!

LA COMPLEJIDAD DE LO COTIDIANO (Maxi Gutiérrez)

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Una mañana de miércoles que empieza a ritmo pausado. Un vistazo a la agenda con varios huecos libres genera una suspiro de alivio. Solo un repaso a los nombres y apellidos que se desgranan en las tareas pendientes ya genera sensaciones diversas. Es lo que produce la longitudinalidad: ya sabes por lo que algunos vienen antes de que lo cuenten. Nuestro barrio está en crecimiento y por ello se producirán en la mañana encuentros nuevos que requieren presentaciones, conocimientos y “mediciones varias” entre el médico y su paciente. Como todo lo nuevo, la sorpresa me inquieta, me reta y por momentos me extenúa.

 

Comienza la mañana con una crisis asmática. Precisa inhaladores y eso obliga a tratamiento y reevaluación además de la pertinente intervención sobre el tabaco que engancha y ahoga a la paciente en igual medida.

Andreas ha vuelto del hospital a casa después de una intervención en neurocirugía. Viene con dolor en la cabeza y en el alma porque ambas han sido revueltas durante el ingreso. El corticoide le descontroló el azúcar. Toca ajustar los fármacos que nadie mecanizó en el sistema informático y poner calma a la ansiedad no resuelta del paso por el hospital, ese lugar tan necesario como rechazado. Me despido con un “Andreas mañana hablaremos para ver cómo va todo”.

A Cristina le duele el cuello. Le han tratado en la mutua y de momento, aceptan su causa laboral pero, viene a contarlo porque… no sabe porqué pero acude y expresa sus miedos, sus peticiones de segunda opinión, sus incertidumbres. Se marcha con las mismas pautas aunque quizás un poco más descargada de sus contracturas. Volverá.

Y entre medio hay consultas de resultados analíticos que hay que contextualizar en la persona que tengo delante, explicar y proponer un plan.

Una llamada enciende todas las alarmas. Viene Ahmed a pedir una consulta al domicilio porque su tío ha llegado hoy mismo del Sahara y está enfermo. Es urgente… era urgente pero, se pudo demorar con unas pautas de cómo tomarle la temperatura, darle paracetamol y calmar la espera. Llevó tiempo pero, aliviamos los síntomas y nos libramos de salir y dejar todo empantanado.

Lumbalgia repetida, resultado de la radiografía y faringitis que nunca debieron venir… van desfilando.

Una llamada de servicios sociales que anuncia que mañana vendrá a consulta una mujer con sospecha de depresión postparto que han detectado porque quería dar su hijo en adopción. ¡Bendita coordinación y continuidad!.

Antonia viene a por unos resultados pero, también quiere contar la preocupación con su marido por su comportamiento incoherente y violento en ocasiones. Hay que diseccionarlos para desgranar una situación de violencia de pareja o una enfermedad mental o qué se yo que más… Elaboramos un plan para observar y abordar la situación con él sin incluir toda la información explícita que Antonia me ha aportado. Hay que anotar con detalle porque si no todo se olvida.

Vuelve Pilar con su mareo: “ya se sabe que a los noventa y pico uno no tiene esperanza de mejoría pero, esto es lo peor que me ha pasado en la vida”. Creo haberle oído lo mismo en consultas previas. A pesar de todo hay que reevaluar, explicar y proponer… “y si algo empeora, ya sabes dónde estoy”.

Un joven con condilomas se acerca entre avergonzado e indefenso. Requiere hablar de sexo, de protecciones, de relaciones y de vida que en definitiva, es lo que nos preocupa. Porque los condilomas que se van crio-tratados eran una excusa.

“¡Ah! y que me pongas para recoger en la farmacia lo de la alergia que ya sabes que todas las primaveras…”

El último paciente es Javier que viene con su hermano porque apenas se vale por sí mismo. La ELA va degenerándolo todo y ahora estamos con la diabetes y los ajustes de insulina. Al fin y al cabo es lo único que va bien porque esta enfermedad va deteriorando a la familia al completo. Y todo esto merece un tiempo de escucha y de apoyo.

Aún queda una ecografía clínica programada que nos permita quitar preocupación a la espera de la ecografía hospitalaria. Alfredo está esperando un tanto nervioso. Difícil concentrarse cuando miro el reloj y son cerca de las dos de la tarde.

Y para terminar hay que ir a visitar al tío de Ahmed que espera en su domicilio aliviado por el paracetamol pero, necesita un diagnóstico y tratamiento para un cuadro de gastroenteritis que se está prolongando y que habrá que estudiar con varias pruebas.

 

¿Complejo? Nooooo. Solo difícil de gestionar el tiempo para repartirlo de forma adecuada. Tolerar la incertidumbre para que nada grave quede oculto. Y adecuar la práctica a la utilización de pruebas, recursos y tratamientos ajustados a la patología y desde una perspectiva bio-psico-social.

No quiero decir que todo lo complejo se concentre en la consulta del médico de familia pero, sí reivindicar el respeto debido a nuestro trabajo. Le pido respeto a nuestros gestores para que valoren nuestra trabajo en su justa medida y lo manifiesten en acciones más allá del aburrido discurso sobre la importancia de la atención primaria. Y te pido respeto a ti cuando acudas a la consulta de tu médico, que comprendas que lo de antes y lo de después condiciona y preocupa, que no le midas por un único encuentro, que seas paciente (de paciencia) y tolerante.

 

El estudiante de sexto curso que me acompaña… ¡Ah claro, no había dicho que también soy docente!. En medio de todo esto uno pretende enseñar lo que es la medicina de familia como disciplina apasionante y extenuante. Digo, que el estudiante expresa un suspiro y me dice que odia los días que empiezan con huecos en la agenda.

DE GUARDIA. O la importancia de, simplemente, estar. (Alberto Meléndez)

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Odio las guardias. Siempre las he odiado. No consigo relajarme ni el día previo, ni el de “autos”, ni el posterior… Así mis guardias duran tres días. Por lo menos. Aunque debería decir “duraban”. Hace algún tiempo que no las hago. Pero las odio…

En esa época hacía 5 o 6 al mes. Una rueda de 5 personas cubría las horas de guardia del hospital San Juan de Dios de Pamplona. Sin ser guardias terribles, no eran buenas. La soledad (único médico para las aproximadamente 150 camas; medicina interna, geriatría, cuidados paliativos, también cirugía…) acrecentaba mis nervios. El buen hacer y el cariño de enfermeras y auxiliares ayudaban a pasar el trago. Pero eran eso, un trago.

Y ahí estaba yo. Un sábado de ¿marzo? de hace más de 15 años. Pasando una de esas guardias malditas. Esperando la llamada a media tarde de Mari Jose. Firmando medicaciones, visitando controles de enfermería, intentando anticiparme a los problemas que irían surgiendo… Y sonó el busca. El maldito busca. Una petaca gris perla con una pantallita minúscula que marcaba la extensión a la que debías llamar. La enfermera de Paliativos quiere que pase por una habitación. Allí está Manuel, rodeado de su familia. Solos en la habitación doble (ya entonces, sin necesidad de leyes ni planes, las enfermeras “bloqueaban” las camas para permitir que los pacientes y las familias pasaran juntos y en la intimidad estos momentos especiales) esperaban desde hacía horas el desenlace. No, no pasaba nada. Pero les había visto especialmente nerviosos y “si te pudieras pasar un poquico…”. Pues claro. Voy. Y mientras colgaba el teléfono intenté recordar quién era Manuel.

Manuel era un señor de 89 años. Ingresado por mí en mi guardia anterior (ya no lo recordaba; las guardias eran en mi biografía paréntesis vitales cuya memoria borraba en cuanto podía). Ya fue trasladado desde el Hospital de Navarra en una situación muy mala tras una hemorragia cerebral. Alternaba periodos comatosos con otros de aparente conexión, y como no se sabía cuánto iba a durar esto se decidió trasladarlo a nuestro Centro. Pero en las últimas horas el deterioro era ya patente. Apenas reactivo, mantenía una respiración superflua como todo signo externo de vida. Ahora incluso esa respiración se había hecho más lenta, y en algunos instantes el silencio se instalaba en sus labios y en su pecho. Eran esas pausas las que alarmaron a la familia. Y consultaron a la enfermera. Y esta me llamó…

Como decía, mi “amnesia post-guardia” es mítica. Sin embargo, recuerdo la escena de forma tan nítida que ya no sé si es recuerdo o elaboración mental… A Manuel apenas se le veía. Cuatro personas, dos por cada costado, se reclinaban sobre su cuerpo tumbado acariciando su rostro y besándole. Recuerdo una melena larga, muy larga, sobre el rostro de Manuel. Su dueña, una de sus nietas de unos 16 años, lloraba sobre su abuelo hipando desconsolada. Otro nieto mayor que ella también lloraba a su lado, pero en silencio. Dos hijos de Manuel completaban el cuadro en el otro lado del lecho. Hijo e hija. Serenos. También lloraban.

Me acerqué un segundo. Expliqué en cuatro frases lo que significan las pausas de su respiración, repasamos juntos los signos de sufrimiento ausentes en Manuel, reforcé sus cuidados de todos estos días… Pregunté al final si querían que les dejara solos; preferían que estuviera allí.

Volví al fondo de la habitación. Apoyado en la pared, me quedé absorto pensando en lo que aún me quedaba. Solo una vez más me acerqué de nuevo, viendo que la nieta de Manuel se abalanzaba cada vez con más llanto sobre su lecho. Recuerdo que la cogí de los hombros y enderecé su cuerpo. Lloraba. “Déjale ir”, le dije. “Dale tus besos pero déjale ir”. Ella no me miró. Siguió algo más calmada y yo volví sobre mis pasos a dejar de nuevo caer mi espalda sobre la pared blanca de la habitación.

Y sonó el busca. Tapé con mi mano la rejilla del altavoz intentando ahogar su quejido. Me dirigí con dos zancadas al teléfono de la cama de al lado. La pantallita indicaba “llamar a centralita”. Eso significaba llamada de la calle. Mari Jose. Marqué el 9. Y antes de que me hablaran dije seco y contundente: “no me paseis llamadas. Estoy ocupado”. Luego ya se lo explicaría a Mari Jose. Quedaba aún mucha guardia para hablar…

No sé si pasé en la habitación una hora más. Quizá fue sólo media. Manuel dejó de respirar. Se fue arropado por los suyos. En un final largo en el tiempo, seguramente adecuado a lo que necesitó. Y lo que necesitaban. Me despedí de ellos. En el control de enfermería ultimé los papeles del “alta”. Mis compañeras se encargarían del resto. La guardia seguiría, con otros “manueles” y otras familias…

Unos diez días después me llamó el gerente. Eran casi las 3 de la tarde. No era habitual que me llamara, así que me puse un poco nervioso. Se le veía contento, así que me relajé. Lo primero que hizo fue pedirme disculpas por robarme unos minutos, pero quería contarme que había ido la familia de Manuel a hablar con él. Me habían buscado pero yo había salido a hacer visitas a en los domicilios. Necesitaban (emplearon ese término, no “querían” ni “deseaban”, sino que “necesitaban”) agradecer los cuidados dados a Manuel. Y de forma especial, la de ese médico que les recibió en el ingreso. El mismo que se quedó en las últimas horas a su lado, que incluso “llegó a rechazar otras llamadas” para estar con ellos. Solo para estar. Recordaban palabra por palabra lo que les había dicho entonces. Natalia, la nieta de la melena, les había dicho que siempre recordará cómo dejó a su abuelo ir gracias a las palabras de aquel doctor. Mi gerente me felicitaba. Decía sentirse orgulloso y me animaba a seguir así.

Me sentí confuso. Aún me siento así. Confuso y abrumado. Me abruma pensar en cuánto poder hay en nuestras palabras y en nuestros silencios. En nuestras acciones y en nuestra presencia. En qué otras ocasiones habré producido dolor con la misma (in)consciencia que aquí produje paz.

Quince años después continuo dándole vueltas. Sigo odiando las guardias. Pero amando este trabajo que a veces ayuda a la gente… incluso sin saber cómo ni por qué.

CALIDAD DE VIDA. CALIDAD DE MUERTE. CUESTIÓN DE ¿SUERTE? Alberto Meléndez

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“Morirse es un trabajo duro”. Esto nos decía el otro día Jesús [1], un señor de más de 80 años mientras desgranaba sus últimas horas en su pisito de Vitoria-Gasteiz. Acompañado de los suyos, Jesús seguía dando muestras de cariño pese a su debilidad. Cariño y orgullo hacia unos hijos (Andrea y Kike) que habían conseguido protegerlo del sistema sanitario. No sin esfuerzo. Pero había merecido la pena…

Euskadi cuenta con un sistema sanitario envidiable. Su red hospitalaria y de atención primaria de salud cubre con garantías todo el territorio vasco. Estructuras modernas, servicios bien dotados, profesionales preparados…

Sin embargo algo no funciona bien. Todos estos servicios, estructuras, tecnologías parecen sorprendentemente orientados a una población joven y sana (o potencialmente curable) que dista mucho de ser la que la demografía vasca muestra. Y cuando un individuo de esa población no es “o joven o curable” el sistema se le vuelve hostil de tal forma que la misión de quienes le cuidan se basa más en protegerlo del mismo que emplearlo en su beneficio.

Cuando Jesús fue diagnosticado de un cáncer avanzado tanto él como su familia tenían muy claro que serían ellos quienes tomaran las decisiones más importantes del proceso. Así, fue Andrea, la hija de Jesús, la que insistió a su médica de cabecera que no les mandase al hospital cuando su estado empeoró; que Jesús, su hermano y ella misma asumían que su padre simplemente se iba a morir. También fue Andrea la que decidió suspender las consultas pendientes con tres especialistas hospitalarios distintos, así como que su padre dejara de tomar esa medicación que le “vuelve la sangre más líquida” y que le obligaba a realizarse controles periódicos. Conocían bien esa medicación. También la tomaba Esperanza, la esposa de Jesús. Su enfermedad les sorprendió cuando Andrea y Kike criaban a sus hijos. El “sistema” les engulló. Pruebas, consultas, ingresos, urgencias. Un sinfín de procedimientos que ni siquiera bajaron de intensidad cuando se descubrió que el tratamiento no podía con la enfermedad. Nunca olvidarán esas últimas noches en el hospital, el frío del pasillo, la ansiedad de la mañana esperando indicios que anunciasen que venía la médico, deseando que al menos fuera la misma que el día anterior…

Hace años que la Medicina ha redefinido sus objetivos. Cuando curar no es posible, empeñarse en ello no sólo es inútil y extremadamente caro, sino que aumenta el sufrimiento hasta límites que nadie desea. Nadie desea pero “todos toleran”. Buscando adecuarse a esos nuevos objetivos, los Cuidados Paliativos nacieron ya hace medio siglo en Reino Unido y han mostrado ser la respuesta más adecuada para pacientes con cáncer y con enfermedades distintas al cáncer, donde la curación no es previsible y el final de vida se está acercando. Hoy día nadie duda de que esta “mirada paliativa”, esta forma de atención, produce una mejoría en la calidad de vida de los enfermos y de las familias cuidadoras, mientras provoca un drástico ahorro de recursos económicos al sistema de salud. “Esperando lo mejor y preparados para lo inevitable”.

El desarrollo de los Cuidados Paliativos, creciente en los países más avanzados y muy heterogéneo en el Estado, presenta un crecimiento especialmente lento en Euskadi. De esta forma, estudios como el publicado este mismo año por la Asociación Española de Lucha Contra el Cáncer (AECC) la sitúan a la cola dentro del Estado Español.

Hace unos meses el Parlamento Vasco aprobó por unanimidad la Ley 11/2016, de 8 de julio, de “garantía de los derechos y de la dignidad de las personas en el proceso final de su vida”. Poco antes, en abril de este mismo año 2016, se publicaba el Plan de Cuidados Paliativos de Euskadi 2016-2020 que marcaba las líneas generales para estos cuatro años, pretendiendo homogeneizar la atención al final de la vida en los tres territorios de la Comunidad. Pero ambos textos, sin duda un avance esperanzador, siguen sin hacer una apuesta clara por los cuidados paliativos. Sin presupuesto económico asociado, la Ley (y el Plan) se limitan a dar unas orientaciones generales. Con esas orientaciones confían en que las estructuras existentes adquieran esa “mirada paliativa” y depositan en las direcciones de las distintas Organizaciones Sanitarias Integradas la responsabilidad de ese giro. Y ese giro no se va a producir.

No, mientras los Cuidados Paliativos no sean una asignatura en la Facultad de Medicina de nuestra UPV (ya lo es en 14 facultades del Estado). No, mientras la formación en Cuidados Paliativos no forme parte de los programas formativos de las especialidades más relacionadas (medicina interna, medicina de familia, oncología…). No, mientras las estructuras actuales de Cuidados Paliativos no estén presentes en todos los niveles asistenciales, con igual potencia de recursos que las tradicionales. Mientras los recursos específicos sean exiguos y poco prestigiados. Mientras nuestro sistema de salud no se enorgullezca de tenerlos y los apoye…

Sin duda, tanto Plan como Ley son pequeños pasos. Pero “hay precipicios que no se pueden superar a pasitos…”.

Andrea y Kike han venido a vernos. Estuvimos con ellos en todo el proceso de Jesús. Andrea nos buscó, nos conocía “de oídas”, sabía que había un equipo que daba apoyo a los médicos y enfermeras de atención primaria en casos como el de Jesús. Se había propuesto que no volverían a vivir lo que sucedió con su amatxu. Estuvimos “ahí”. Les ayudamos en la toma de decisiones y pudimos apaciguar los síntomas más incómodos, especialmente en el final. Vienen emocionados a mostrarnos su agradecimiento. Orgullosos de haberlo logrado.  Nos dicen que, aun con todo, creen que han tenido suerte.

[1] Nombres ficticios, situación real salvo algunos cambios para mantener la confidencialidad

Nota: este artículo obedece a un encargo realizado por eldiarionorte.es para un editorial de opinión de esta revista

PROFESIONALES DE NARICES (Maxi Gutiérrez)

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Los profesionales de la atención primaria nos dedicamos a trabajar con cosas serias. Porque la salud de las personas es una cosa muy seria y, así intentamos poner la máxima atención y respeto en cuidar un bien tan valioso.

Los profesionales de la atención primaria somos gente seria. Estudiosos y aplicados hemos pasado nuestras horas entre libros y apuntes, en el laboratorio y las plantas hospitalarias, en la biblioteca y en el silencio nocturno de nuestras casas. Hemos superado pruebas y exámenes. Quizá tanto folio nos hizo ponernos demasiado serios.

No corren buenos tiempos para la atención primaria. Aunque mi cada vez más frágil memoria se pregunta si alguna vez lo fueron… lo dudo. Estos nuevos experimentos organizativos parecen ofrecernos algunas cortas oportunidades y mucha desorientación y desconfianza. Así describe Sergio Minué lo que ha llamado el “desguace de la atención primaria” que ya lleva escritos ocho (VIII) capítulos donde se desgrana lo que los profesionales vamos percibiendo en mayor o menor medida.

Malos tiempos que generan que esos profesionales tan serios se encuentren sumamente cansados, desinflados y desorientados. Profesionales que han olvidado aquel ímpetu vocacional que les hizo dedicarse a la medicina , a la enfermería o a la atención al cliente sanitario.

cy7bzv3xeaavdrf-jpg-largeY en esta situación, un día un grupo de profesionales decide hacerse una foto. Ponerse delante de la cámara para retratarse y recuperar su imagen. Presentarse a la población con la que trabajan ofreciendo lo mejor que tienen: a ellos mismos.

En el juego de seducción a la cámara aparecen unas narices de payaso que rondan las narices propias y que juegan a
colocárselas al compañero de al lado. Y así van dejando el pudor porque aquello resulta divertido.

czjhmmaucaatddf-jpg-largeComo siempre, el humor se vuelve terapéutico y con las narices van perdiendo la seriedad y gran parte del hastío.

Un humor que no quita compromiso ni responsabilidad en lo que viven pero, que hace más sencillo el camino.cy_ptrvwgaaxufi-jpg-large

 

Aquello queda reflejado en una imagen que deciden utilizarla como forma de presentarse al barrio y a la población que cada día acude al centro de salud para ofrecer una imagen cercana, amable y amiga. Intentando recuperar lo que en esencia debe ser la atención primaria. Con un lema que reza: “Tu salud es cosa seria. Estamos para ayudarte”.

Este es el equipo con el que trabajo cada día. Serio, científico, formado y vocacionado para cuidar la salud de las personas. También sonriente, amable, atrevido y cercano para ofrecer una atención primaria con calidad y calidez.

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