SER TOCADOS (Maxi Gutiérrez)

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Rosa entra silenciosa. Cabizbaja. Parece arrastrar su cuerpo hasta sentarse. Y dice: “¡Ni se levantó de la silla! ¡Ni me tocó!… (Silencio)”. Esa sutil diferencia entre el sentimiento de abatimiento, tristeza y frustración se conjugaba perfectamente en aquel cuerpo de mujer. Se imponía el silencio.

Rosa consultó hace cuatro largos meses por un dolor que desde el cuello, se irradia por toda la extremidad superior hasta los dedos de la mano.

Tuvieron que pasar unas semanas para que escuchara a su cuerpo, aunque yo ya lo había repetido: “te aconsejo parar ritmos, silenciar los estresores y avanzar con una marcha más corta”. Difícil tarea para cualquiera, pero más si eres mujer, madre de dos hijos en plena adolescencia, hija de madre en proceso de demencia y profesional coordinadora de un equipo humano con altas responsabilidades. Cualquiera nos resistiríamos.

Los analgésicos y los tratamientos fisioterápicos no fueron suficientes para calmar aquel calambre que producía sensaciones extrañas en los dedos. Aceptar la incapacidad laboral fue el siguiente paso. Otro punto difícil que se hizo imprescindible. Poner en orden los asuntos de la vida familiar no ha sido tan sencillo como firmar el parte de baja. Hay que hacer concesiones, demorar asuntos, trasladar responsabilidades y pedir ayuda. Pedir ayuda cuesta, cuesta mucho.

Así han ido pasando las semanas: con mejorías alternantes y con desesperaciones cronificadas. Con escaladas analgésicas, conversaciones para entender el proceso y radiologías que intentan poner imagen a lo que no se ve en las vértebras cervicales.

Las alteraciones de la sensibilidad se instauraron de forma permanente y aquello pedía ser derivada al especialista en traumatología para poder poner luz entre tanta incertidumbre.

Y ese fue el resumen de la visita hospitalaria:

  • “¡Ni se levantó de la silla! ¡Ni me tocó!”.

Palabras que ponían fin a la expectativa de que ese que sabe mucho haga algo por mí más allá de solicitar una prueba de imagen más específica para lo mío. El cóctel esta servido: abatimiento, tristeza y frustración. Lo digerimos como pudimos e intentamos poner la esperanza de mejoría en otros lugares fuera de aquella consulta que, siendo correcta fue un desastre.

 

En nuestras relaciones sociales nos saludamos con el tímido apretón de manos, el contacto entre ambas mejillas o si la relación lo permite, el beso -apasionado en mayor o menor medida- o el abrazo largo y caluroso de los que se encuentran en el andén de larga distancia. ¿Por qué? porque necesitamos sobrepasar el contacto visual o verbal para establecer una relación corporal que nos sitúe en otro plano.

De esa misma manera, el síntoma después de ser expresado necesita ser comprobado. Para verificar la realidad, nada como buscar y tocar el punto de dolor. Confirmar el lugar anatómico y explorar cómo se ve afectado por la movilidad o por la presión. El síntoma necesita ser tocado.

Y así, muchos pacientes entienden que la conexión se ha producido y que está más cerca la solución o el ansiado alivio. Las personas necesitan ser tocadas.

Hace unos días una amiga me confesaba cómo todo su anhelo en la cama de la UCI era ser tocada, tocada por piel humana. Imaginaba entre sueños narcóticos como las rugosidades de la sábana se transformaban en aquella mano amiga que masajea el cuerpo postrado. Cómo pedía a las auxiliares que se quitaran los guantes después de ayudarle a cambiar de postura y rozaran su piel desnuda.

El paciente necesita que le toquen, aunque el profesional no tenga necesidad de tocar porque sabe lo que va a encontrar o porque conoce que aquello es un lugar inaccesible o un síntoma inespecífico. Una prueba radiológica o una analítica sanguínea pueden acercar un diagnóstico, pero nunca sustituir al profesional que explora, los dedos que tocan o la mano que acaricia.

Mucho más si lo que está sufriendo es el alma. La angustia o el llanto reclaman la mano amiga que sostiene o los brazos que rodean.

A veces hay que levantarse de la silla y aprovechar la cercanía para tocar la profundidad de la dolencia, sentarse junto a la cama o la camilla y fusionar las pieles para iniciar el proceso terapéutico.

 

 

 

 

2 comentarios sobre “SER TOCADOS (Maxi Gutiérrez)

    Javier Palomo escribió:
    29/12/2019 en 03:03

    Gracias por la reflexion. Creo que el contacto personal es algo muy personal y cultural. Para algunas personas puede resultar violento o incomodo. Entiendo que tras la idea del contacto existe un concepto mas profundo e importante que es el de tratar a una persona de forma profesional y humana a la vez. Este segundo factor puede transmitirse de distintas formas entiendo yo, una de ellas puede ser el contacto, otra la escucha, o la empatia, o ese ir mas alla de lo que se espera de uno, etc. Bueno, un pensamiento rapido desde un teclado que no me deja poner acentos. Un fuerte saludo.

      maxigutierrez respondido:
      29/12/2019 en 23:31

      Efectivamente, la comunicación supera a lo puramente físico del contacto, del tocar, del “piel con piel”… Nos ponemos en sintonía cuando nos escuchamos, cuando empatizamos, cuando nos miramos,… y muchas veces más.
      Aquí estamos poniendo en evidencia de la importancia de tocarnos, de tocar, de explorar y aproximarse físicamente. Con sus dificultades pero, a mi entender, con muchas bondades.
      Gracias por la puntualización, Javier. Es un gusto que nos aportes tu comentario.
      Abrazos.

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