NIEBLA (Alberto Meléndez)

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No recuerdo en qué año fue. Sé que llevaba poco acompañando a personas en su fase final de vida en el domicilio. Quizá era ya un año. Quizá dos. No mucho más. Recuerdo que era una etapa laboral plenamente “adrenalínica”; crear, organizar, idear, planificar, descubrir… Todo un mundo vertiginoso de sensaciones. Los días, las semanas, pasaban a gran velocidad. La verdad es que me sentía terriblemente vivo, activo. Iba y venía de Vitoria a Pamplona en coche y el cansancio sólo aparecía a última hora de la noche, cuando lo dejaba aparecer…

Íbamos caminando por el centro de Pamplona. Buscábamos un número, un portal. Los bolsos a la espalda, la enfermera, la residente y yo. Pasábamos por calles que yo apenas conocía de día. Comercios abiertos. Bares cerrados. Un paisaje distinto que pasaba veloz a nuestro lado.

Y de pronto un portal. Un olor. Una imagen. Sin tiempo para pensar se presentó ante mí. Ese paciente. Su esposa. Su hija discapacitada. La casa. La alfombra de la habitación donde yo me solía arrodillar para tener más cercana su cara… Ni un nombre ¿Félix? ¿Felipe? Pero si rostros, espacios… y ese olor.

Aturdido, seguí con paso firme tras mis compañeras de trabajo. Mi mente buscaba ese nombre pero algo de mí se aferraba a “lo otro”, al olor, a esa alfombra… No lo descifré.

Fue la primera vez.

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Después fueron más veces. En ocasiones otro aroma (colonia, detergente, guiso…), en otras el estampado de una colcha, un cuadro de ciervos, el ascensor antiguo,… Y en cada caso, el objeto recordado se asociaba en mi ¿mente? a una emoción; paz, tristeza, frustración, dolor…

Y comprendí que viera a cuantos viera todos serían distintos. Aunque la memoria consciente se empeñara en nublar sus nombres hay otra memoria, otro recuerdo. En ese espacio cada caso, cada persona, cada familia, ocupa un lugar distinto, diferenciado. Un lugar donde la niebla se disipa y se realzan contornos y volúmenes, historias y emociones. Donde los nombres importan menos que los olores.

Donde el encuentro sigue vivo.


Hace unos meses un buen amigo, Victor Montori, me envió un magnifico libro, “Why we revolt”. En él hay un capítulo, “Blur” que habla de la “mancha difuminada” en la que se convierten los usuarios de un servicio vistos por el profesional que los recibe. Gracias Victor porque tu libro me hizo “despejar” mi niebla… y decidí contarlo.

 

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