DE GUARDIA. O la importancia de, simplemente, estar. (Alberto Meléndez)

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Odio las guardias. Siempre las he odiado. No consigo relajarme ni el día previo, ni el de “autos”, ni el posterior… Así mis guardias duran tres días. Por lo menos. Aunque debería decir “duraban”. Hace algún tiempo que no las hago. Pero las odio…

En esa época hacía 5 o 6 al mes. Una rueda de 5 personas cubría las horas de guardia del hospital San Juan de Dios de Pamplona. Sin ser guardias terribles, no eran buenas. La soledad (único médico para las aproximadamente 150 camas; medicina interna, geriatría, cuidados paliativos, también cirugía…) acrecentaba mis nervios. El buen hacer y el cariño de enfermeras y auxiliares ayudaban a pasar el trago. Pero eran eso, un trago.

Y ahí estaba yo. Un sábado de ¿marzo? de hace más de 15 años. Pasando una de esas guardias malditas. Esperando la llamada a media tarde de Mari Jose. Firmando medicaciones, visitando controles de enfermería, intentando anticiparme a los problemas que irían surgiendo… Y sonó el busca. El maldito busca. Una petaca gris perla con una pantallita minúscula que marcaba la extensión a la que debías llamar. La enfermera de Paliativos quiere que pase por una habitación. Allí está Manuel, rodeado de su familia. Solos en la habitación doble (ya entonces, sin necesidad de leyes ni planes, las enfermeras “bloqueaban” las camas para permitir que los pacientes y las familias pasaran juntos y en la intimidad estos momentos especiales) esperaban desde hacía horas el desenlace. No, no pasaba nada. Pero les había visto especialmente nerviosos y “si te pudieras pasar un poquico…”. Pues claro. Voy. Y mientras colgaba el teléfono intenté recordar quién era Manuel.

Manuel era un señor de 89 años. Ingresado por mí en mi guardia anterior (ya no lo recordaba; las guardias eran en mi biografía paréntesis vitales cuya memoria borraba en cuanto podía). Ya fue trasladado desde el Hospital de Navarra en una situación muy mala tras una hemorragia cerebral. Alternaba periodos comatosos con otros de aparente conexión, y como no se sabía cuánto iba a durar esto se decidió trasladarlo a nuestro Centro. Pero en las últimas horas el deterioro era ya patente. Apenas reactivo, mantenía una respiración superflua como todo signo externo de vida. Ahora incluso esa respiración se había hecho más lenta, y en algunos instantes el silencio se instalaba en sus labios y en su pecho. Eran esas pausas las que alarmaron a la familia. Y consultaron a la enfermera. Y esta me llamó…

Como decía, mi “amnesia post-guardia” es mítica. Sin embargo, recuerdo la escena de forma tan nítida que ya no sé si es recuerdo o elaboración mental… A Manuel apenas se le veía. Cuatro personas, dos por cada costado, se reclinaban sobre su cuerpo tumbado acariciando su rostro y besándole. Recuerdo una melena larga, muy larga, sobre el rostro de Manuel. Su dueña, una de sus nietas de unos 16 años, lloraba sobre su abuelo hipando desconsolada. Otro nieto mayor que ella también lloraba a su lado, pero en silencio. Dos hijos de Manuel completaban el cuadro en el otro lado del lecho. Hijo e hija. Serenos. También lloraban.

Me acerqué un segundo. Expliqué en cuatro frases lo que significan las pausas de su respiración, repasamos juntos los signos de sufrimiento ausentes en Manuel, reforcé sus cuidados de todos estos días… Pregunté al final si querían que les dejara solos; preferían que estuviera allí.

Volví al fondo de la habitación. Apoyado en la pared, me quedé absorto pensando en lo que aún me quedaba. Solo una vez más me acerqué de nuevo, viendo que la nieta de Manuel se abalanzaba cada vez con más llanto sobre su lecho. Recuerdo que la cogí de los hombros y enderecé su cuerpo. Lloraba. “Déjale ir”, le dije. “Dale tus besos pero déjale ir”. Ella no me miró. Siguió algo más calmada y yo volví sobre mis pasos a dejar de nuevo caer mi espalda sobre la pared blanca de la habitación.

Y sonó el busca. Tapé con mi mano la rejilla del altavoz intentando ahogar su quejido. Me dirigí con dos zancadas al teléfono de la cama de al lado. La pantallita indicaba “llamar a centralita”. Eso significaba llamada de la calle. Mari Jose. Marqué el 9. Y antes de que me hablaran dije seco y contundente: “no me paseis llamadas. Estoy ocupado”. Luego ya se lo explicaría a Mari Jose. Quedaba aún mucha guardia para hablar…

No sé si pasé en la habitación una hora más. Quizá fue sólo media. Manuel dejó de respirar. Se fue arropado por los suyos. En un final largo en el tiempo, seguramente adecuado a lo que necesitó. Y lo que necesitaban. Me despedí de ellos. En el control de enfermería ultimé los papeles del “alta”. Mis compañeras se encargarían del resto. La guardia seguiría, con otros “manueles” y otras familias…

Unos diez días después me llamó el gerente. Eran casi las 3 de la tarde. No era habitual que me llamara, así que me puse un poco nervioso. Se le veía contento, así que me relajé. Lo primero que hizo fue pedirme disculpas por robarme unos minutos, pero quería contarme que había ido la familia de Manuel a hablar con él. Me habían buscado pero yo había salido a hacer visitas a en los domicilios. Necesitaban (emplearon ese término, no “querían” ni “deseaban”, sino que “necesitaban”) agradecer los cuidados dados a Manuel. Y de forma especial, la de ese médico que les recibió en el ingreso. El mismo que se quedó en las últimas horas a su lado, que incluso “llegó a rechazar otras llamadas” para estar con ellos. Solo para estar. Recordaban palabra por palabra lo que les había dicho entonces. Natalia, la nieta de la melena, les había dicho que siempre recordará cómo dejó a su abuelo ir gracias a las palabras de aquel doctor. Mi gerente me felicitaba. Decía sentirse orgulloso y me animaba a seguir así.

Me sentí confuso. Aún me siento así. Confuso y abrumado. Me abruma pensar en cuánto poder hay en nuestras palabras y en nuestros silencios. En nuestras acciones y en nuestra presencia. En qué otras ocasiones habré producido dolor con la misma (in)consciencia que aquí produje paz.

Quince años después continuo dándole vueltas. Sigo odiando las guardias. Pero amando este trabajo que a veces ayuda a la gente… incluso sin saber cómo ni por qué.

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6 comentarios sobre “DE GUARDIA. O la importancia de, simplemente, estar. (Alberto Meléndez)

    Javier Palomo escribió:
    26/03/2017 en 21:18

    Pues si, no se en qué punto perdimos esa habilidad para estar en silencio. No se por qué tenemos esa necesidad de siempre decir algo o ese pánico al silencio. Otros/as se evitan todo este trago no estando, que no se si es peor. Gracias Alberto por compartir esos momentos tan especiales y personales. Espero que esos gerentes os apoyen y orienten en los momentos difíciles también y no sólo cuando alguien les haga ver de vuestra importancia. Lo que me lleva a pensar también lo que nos cuesta agradecer y reconocer el trabajo bien hecho hoy en día.

      albertoenblogalta respondido:
      27/03/2017 en 19:32

      Los gerentes y directores tienen la “condena” de no poder vivir experiencias como las nuestras. Eso les pone en una situación complicada. Cuando recuerdo ese rato que estuve en esa habitación sin hacer “nada”… Quizá ese mismo gerente si me hubiera visto por un “agujerico” hubiese pensado “mira este, luego se quejan de las guardias…”.
      En fin, que esto es complicado. Yo agradezco a este y alos gerentes que en mi vida ha habido que me han permitido hacer este trabajo!!!
      Un abrazo grande. Y gracias por tus esfuerzos para que se reconozca nuestra labor!!!

      (el día 6 iré a Londres a ver un par de hospices… ¿alguna recomendación?)

    maxigutierrez escribió:
    26/03/2017 en 22:56

    “Me acerqué, expliqué, repasamos, reforcé, pregunté…” cinco verbos esenciales para todo el que se acerca a alguien desde el respeto y la capacidad de ponerse en su lugar, en silencio y con cuidado.
    Con eso, ¿cómo crees que iban a decir que te fueras?.
    Me gustaría hacer todos los días ese ejercicio de usar cinco verbos para acompañar…
    si todos lo hiciéramos… si yo lo hiciera más…

    Así son las cosas, sólo puede “estar” el que “es” y sólo “es” el que reflexiona, trabaja y estudia cada día para ello. Y tu “eres” mucho!

      albertoenblogalta respondido:
      27/03/2017 en 19:43

      Gracias Maxi. Los cinco verbos son bonitos, sí. Pero pongo en valor que “estuve”. No porque lo hiciera por ese valor sino porque es lo que parece que ayudó. Cuando estudiaba en la Facultad el de Gine nos decía que en el parto la labor del médico era expectante; no hacer nada salvo complicaciones. Los protagonistas no somos nosotros. Y a veces tenemos tanta necesidad de serlo… Sé que me entiendes.
      Un abrazo

    Claudio escribió:
    28/03/2017 en 17:04

    Gracias…

      albertoenblogalta respondido:
      01/04/2017 en 16:47

      A ti Claudio. Sé que no digo nada nuevo. Pero decirlo me ayuda…
      Un abrazo.

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