CREO EN LOS MILAGROS. LOS HE VISTO. (Alberto Meléndez)

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Julián no es de aquí. Vino hace unos 15 años con Jazmín, su esposa. Dejaron atrás una historia de la que no quieren hablar en un país destrozado por la violencia de unos y otros. Fruto de esa violencia Julián quedó parapléjico. Una bala segó su médula. No habla de ello. Ha pasado demasiado tiempo, y sucedió demasiado lejos.

La paraplejia le postró a una silla. La silla le condujo a la guitarra. Y con guitarra y silla encontró su iglesia, una iglesia cristiana de nombre muy largo donde las canciones (guitarras, teclados, baterías…) tienen un lugar principal en el culto. En esa iglesia estaba Jazmín. Ahora su esposa Jazmín, Rosa, la hija de esta de un anterior matrimonio, su guitarra, sus amigos, su Iglesia… forman un trozo de su tropical país en la fría Vitoria.

Pero su mala suerte no quedó allá. Primero una úlcera, luego una escara. Sobre la escara, un cáncer. Amputación. Dolor. Recidiva. Reintervención. Quimioterapia. Nueva recidiva. Metástasis pulmonares. Ya no hay dolor. Al menos ya no hay dolor…

Jazmín nos abre la puerta con una gran sonrisa. Su hablar cantarín anuncia a Julián que ya hemos llegado. A su médico de cabecera y a su enfermera ya les conocían. Son ellos los que nos han pedido que les echemos una mano. Julián está en la cama. Tras la amputación ya no le es posible mantenerse erguido en la silla. En la cama duerme, come, vive… Una guitarra yace a su lado, junto a una Biblia de hojas amarillentas y bordes dorados. Lleva días con fiebre. Las sábanas empapadas en sudor son prueba de ello. Y al retirarlas se descubre. El cáncer y la infección van devorando el costado de Julián que parece un amasijo de carne putrefacta. No hay dolor. Ni siquiera al ir despegando las gasas que apenas cubren un tercio de la úlcera, Julián manifiesta dolor. Las gasas las ha colocado una de las amigas del culto. Gasas impregnadas en vinagre. Porque así se hace en su tierra. En la mesilla, doblada, está la receta (verde) del antibiótico que casi una semana atrás le recetó su médica de cabecera. Dijo que lo comprarían. No han podido.

Mientras las enfermeras se afanan en curar la úlcera (curar, cuidar…) pedimos a Jazmín hablar en otra habitación. Nos lleva a la cocina. Dos grandes cazuelas  borbotean en el fuego. Arroz y maíz. La herida de Julián no va bien. Nada bien. Creemos que debería ser ingresado en un hospital. Al menos intentarlo. Jazmín sonríe. “Nada de ingresos. Nada de salir de casa. Ahora estamos solos, dice, pero a partir de media tarde por aquí pasan amigos y compañeros; comemos, cantamos, rezamos, y al final alrededor de la cama vemos películas de nuestra tierra. No. Esto no es posible en el hospital. Ya nos lo dijeron. Nos quedamos… Además, mi Dios lo puede todo. Si mi Dios lo quiere, la pierna de Julián renacerá sana y limpia. Si mi Dios quiere, todo esto pasará. Mi Dios puede hacer el milagro“.

La rotundidad de su expresión y su firmeza nos paralizaron tanto como la visión de la herida de Julián.

Esa fue la primera visita. Hubo más. Largas curas y largas charlas. Su historia, o lo que quisieron contarnos de su historia. Su relación con el sistema sanitario. Su fe. Su fortaleza. Las personas que les esperan aún allá. Las que les olvidaron… Desde el respeto, sin juicios, fuimos entrando en ese mundo que tan lejano nos pareció de inicio. Nos dejaron entrar a donde otros no llegaron… A donde no quisieron ir.

Y la enfermedad fue mal. Y apareció el dolor cuando el tumor alcanzó tejidos nuevos. Julián pasaba la mayor parte del tiempo adormilado. Y tuvimos que ir más a menudo. Las sonrisas se tornaron muecas de preocupación. Las visitas ya no se iban. Todos nos fuimos acostumbrando a todo. Al olor, a la gente, al desorden.

Y llegó el día. Sabíamos que se acercaba el final. Jazmín iba y venía. De la cocina al dormitorio. Del dormitorio a la cocina. Ya en la puerta nos viene a despedir. Llora. Retuerce un trapo de cocina que le sirve de pañuelo. “Mi Dios va a hacer el milagro. Estoy segura. Mi Dios lo va a conseguir, mi Dios va a hacer que Julián se vaya tranquilo, entre nosotros, cerca de su guitarra y de su Biblia. Mi Dios lo puede hacer”.

 

Y se produjo el Milagro…

 

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PD1; Este Milagro no es único, lo sé. Todos los días somos testigos de milagros, de hechos que no pueden responder a la razón porque pertenecen a lugares mucho más sagrados, mucho más libres… Ser testigo de todos estos “sucesos milagrosos” me hace mejor profesional, mejor persona. ¿Cómo no estar agradecido?

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3 comentarios sobre “CREO EN LOS MILAGROS. LOS HE VISTO. (Alberto Meléndez)

    Sandra escribió:
    28/02/2016 en 19:41

    Me ha gustado mucho este relato. Lo que cuenta y cómo lo cuenta. ¿Tenéis algún contacto en Facebook para seguiros?

      albertoenblogalta respondido:
      28/02/2016 en 20:11

      Hola Sandra. Gracias por tu comentario.
      Nos puedes seguir en el blog. Cada uno de nosotros, Maxi y yo, tenemos nuestros perfiles de facebook por separado y lo usamos para cosas más ajenas a la profesión. ¿Eres profesional?
      Un abrazo y gracias.

    […] Otras veces es el paciente quien manifiesta que ya no quiere seguir así. Que ya vale. Que no quiere ser testigo de su propio declive, que no quiere tener a sus seres queridos a merced de sus necesidades, cada vez mayores. Y se hace duro sostener la mirada. Y faltan palabras, razones. A mí me faltan. Mis creencias me valen. A mí. Así que sello mi compromiso con la persona; haré lo posible por mejorar el “así”… Y deseo de corazón que podamos conseguir todo el confort posible para que aparezca el sentido, para que se obre el milagro… […]

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