ABRIENDO PUERTAS___ DE LOS DOMICILIOS (Maxi Gutiérrez)

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He tenido la oportunidad de abrir 47 puertas que me han conducido a 47 domicilios donde 47 personas han compartido su historia vital conmigo. Y ha sido en Ecuador.

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Versión 2Algo me “tocó” en el barrio de “La Argelia” de Quito cuando hace tres años hice un viaje turístico a Ecuador. Uno siempre desea volver a los lugares donde ha encontrado intuiciones… además de personas maravillosas que te acogen y facilitan las cosas para que te encuentres en familia. Y así he vuelto. Nervioso. Abierto a lo que la experiencia me deparara. Consciente de la disposición a aprender más que a enseñar. Y sobre todo, preocupado por no molestar y ser respetuoso con tanto trabajo callado y continuo.

Con la tarea encomendada he estado practicando una disciplina que apenas hacemos (o ¿queremos hacer?) los médicos de familia en España. Que un médico de familia visite a 47 personas en su domicilio en apenas 6 jornadas es algo tremendamente extraño en nuestro medio. “…ya has hecho muchos más domicilios de lo que yo hago en un año…” me dijo un compañero. Y tampoco es nada frecuente en Ecuador, en muchas casas ningún profesional sanitario había cruzado el umbral de la puerta.IMG_2953

Versión 2Paso a paso, con el esfuerzo del desnivel de la ladera Quiteña y la dificultad de los casi 2.900 m. de altitud fuimos recorriendo los lugares. Y digo fuimos, porque me acompañaban voluntarios del Comedor Social Parroquial que cada sábado recorren las calles portando comida. Hoy acompañaban a un médico “gringo” que se presenta sin avisar.
Así llegué y así me abrieron sus casas. De par en par. Con un agradecimiento inmenso que siempre se traducía en un “Dios le pague, doctorcito” que resonaba en mí en cada encuentro. Y ciertamente, me sentí pagado.

He encontrado Hipertensión Arterial diagnosticada y tratada. Deterioros cognitivos y demencias también con sus tratamientos, algunos de dudosa eficacia. Artrosis, mucha artrosis de huesos desgastados por la longevidad y Versión 2el trabajo de la vida agudizada por el frío andino. Discapacidad como consecuencia de una parálisis cerebral o un ictus que cuando se mezclan con pobreza hacen que la discapacidad se multiplique. Hipotirodismos con sus tratamientos. Depresiones y ansiedades… de nuevo la vida. Bronquitis crónica. SIDA

Así es la globalización. Nos hace a todos iguales en las etiquetas diagnósticas que nos ponen y nos uniformiza en los tratamientos farmacológicos administrados porque, allí también se palpan los intereses de la industria farmacéutica. Sin embargo, en muchos casos lo que más falta hace es paracetamol o algún otro analgésicos que alivie los dolores que probablemente le acompañarán toda la vida.
Y también he encontrado cuidadoras. Sí, como aquí, casi todas mujeres. Que se esfuerzan por atender el deterioro de su progenitor mientras sacan adelante una familia numerosa. Sí, de nuevo, las mujeres.

Aún con toda esa situación descrita no he descubierto en los problemas sanitarios la mayor preocupación de mis visitas. Sí, he podido contribuir de forma discreta a mejorar alguna situación puntual. Soy consciente de que la propia visita y  la escucha han podido ser terapéuticas en sí mismas. Más importante ha sido redescubrir como el domicilio es el observatorio perfecto para detectar otros problemas que, afectando a la salud no son estrictamente sanitarios.

Versión 2
He visto personas en situación de semi-abandono y maltrato por parte de sus hijos y nietos. Personas que con 85 años viven en un lugar que yo calificaría como una cuadra, junto a la casa familiar. Personas en soledad que sólo reciben la visita de aquellos voluntarios del comedor que cada sábado les acercan un poco de comida. Problemas sociales, al fin.
Versión 2He palpado problemas económicos como consecuencia de la falta de trabajo pero, también, por la incultura que genera el desconocimiento de los derechos a los bonos de solidaridad o bonos a la discapacidad. Derechos establecidos por el gobierno pero, que con el analfabetismo y la burocracia nadie se preocupa de atender.

Otro tema son las infraestructuras. Cuando vas al domicilio observas (y sufres) en directo los problemas: desniveles o escalones que impiden una movilidad que preserve o que prevenga las discapacidades.

Problemas sociales, económicos o arquitectónicos que dificultan un envejecer saludable o que agravan las situacioneVersión 2s de enfermedad. Quizás más difíciles de solventar y, sin duda, de imposible resolución con un fármaco. Son problemas evidentes que sólo se ven cuando uno deja la comodidad de la consulta para salir al entorno donde viven las personas que tratamos.

Abandonando la disciplina domiciliaria los profesionales de la medicina de familia perdemos información, perdemos habilidad para detectar otros problemas y el paciente pierde la posibilidad de recibir un tratamiento mucho más integral e integrado.

No quiero decir con esto que el abandono sea voluntario. Ha habido muchas circunstancias para ello. La casa se ha convertido en un ámbito mucho más preservado a la privacidad familiar, cierto. Pero, también hemos (o nos han) ampliado las agendas de consulta hasta ahogar otras actividades imprescindibles, entre ellos, los domicilios.

Ya lo han reivindicado mis compañeros (y amigos) Salvador Casado, Raul Calvo o Sergio Minué… y seguimos haciendo oídos sordos. Cada cual verá lo que puede hacer para recuperar esta disciplina “robada”.

 

Lo mejor es que esos 47 enfermos forman parte de mi propia experiencia personal y son huellas imborrables que me permitirán seguir ejerciendo la medicina de familia y vivir la vida desde otro punto de vista.

Hubo quien me dijo que estos días había “abierto algunas puertas” en el barrio de La Argelia… y lo agradezco pero, los que me abrieron sus puertas, de par en par, han sido ellos y serán de los que me acordaré cuando tenga que hacer la próxima visita domiciliaria aquí.IMG_2959Versión 2

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