CARGAS (DE PROFUNDIDAD) (Alberto Meléndez)

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Marisa ronda ya los noventa. Dicen los que la han conocido que nunca aparentó la edad que tenía. Enviudó lo suficientemente tarde para no necesitar buscar pareja y lo suficientemente pronto como para vivir plenamente otra etapa de la vida. Esta, la vida, no la trató mal. Ahora en la cama de su amplia habitación sus cuatro hijos revolotean a su alrededor intentando adivinar qué pueden hacer para mejorar su estado. Porque Marisa está mal. Muy mal, nos dice. “¿Qué es lo que más te molesta?”, pregunto yo con mi eterna frase fruto de las enseñanzas del gran Dr. Viguria. “Ser una carga”, contesta ella cerrando los ojos.

Xabi no llega a los siete. Cara redonda, de luna llena, que dicen en los libros. De sol lleno, diría yo. El ojo izquierdo parece buscar algo cerca de su sien izquierda, pero el derecho nos mira con fijeza y calidez. Edurne, su madre, nos traduce lo que balbucea. Es algo de Bob Esponja. Sentado en el sofá parece un Buda. Desde luego, algo tiene de iluminado. Aitor, su padre, nos dice que creen que es feliz. Que ya no camina. Que un brazo yace muerto sobre su abdomen estriado. Que no te ve si te acercas por el lado malo. Que se atraganta aunque no pararía de comer. Pero que es feliz… Dependencia-emocional-300x180

Marisa no puede vivir su final de forma feliz porque se siente una carga. Esa sensación se convierte en angustia que lo invade todo. Sus hijos, que la quieren y a los que quiere, se ven impotentes ante esto. Xabi no se siente una carga. Asume como normal que aita y ama estén día y noche a su lado. No sabe del permiso laboral de su madre ni de la baja de su padre. Saborea el helado mientras Bob Esponja grita no sé qué de un calamar…

Sentirse una carga es la razón más repetida a la hora de pedir que todo termine. Es el miedo más atroz, el sufrimiento más real… Es (en parte al menos) lo que diferencia el sufrimiento de Marisa del de Xabi. Y sin embargo…

Como hacemos por rutina (aunque no rutinariamente) llamo a Cristina, la hija mayor de Marisa. El día previo a su fallecimiento ya nos despedimos de ellos de una forma especial. Estas cosas nunca se saben, pero todos teníamos la “certeza” de que Marisa se iba. Han pasado doce días y ahora tengo un momento de calma. Cerrar el caso es una necesidad. Al menos en mí… Cristina responde emocionada. Me cuenta cómo en el funeral se habló de nosotros cinco (de nosotros tres y de su equipo de cabecera), de lo satisfechos que habían quedado todos sus  hermanos con lo que habían podido hacer por su madre. De lo triste que está, que están. De lo duro que es. De su agradecimiento hacia nosotros (intento cambiar de tema, es un problema mío, no me gusta que me lo agradezcan…)… Pero sobretodo de la profunda satisfacción que acompaña a su tristeza. La sensación del deber cumplido, de “haber hecho lo que había que hacer”.

No es nuevo. Casi podría decir que es una constante. Tanto la queja de Marisa como la satisfacción de Cristina. Van de la mano. ¿Cuándo empezó esto a ser así? ¿Qué originó que lo que es consecuencia lógica del amor se transformara en castigo? ¿Quién merece el cuidado? ¿Hay que merecer ser cuidado? ¿Es cuidar una condena? Vemos que se puede ser feliz cuidando. ¿Se puede ser feliz sin cuidar?

Muchas preguntas. Mi trabajo me proporciona esto. Preguntas. Que me hago y comparto. Que no respondo. Que me responderé cuando me toque. ¿Amaré tanto como para dejarme cuidar?

PD1. Fernando, ojalá pronto puedas leer esto. Y contarnos lo que piensas. Y aprender de nuevo de ti. Y sentirme idiota por escribir de algo que conozco sólo de oídas, sólo desde un lado de la barrera…

PD2. Por supuesto, los nombres del relato son falsos. No las situaciones ni la gran admiración que siento por ellos.

PD3. Cerrando ya el post (ya os he contado que me cuesta…) recibo de Emilio Herrera esta diapositiva en torno a la creación de la asociación Public Health & Palliative Care International. La pregunta (traducción libre);

¿Cuánto de lo que hacemos como profesionales podría ser hecho por no profesionales y propiciar así a familiares, vecinos y amigos tener una vida más plena y llena de significado?

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Un comentario sobre “CARGAS (DE PROFUNDIDAD) (Alberto Meléndez)

    maxigutierrez escribió:
    20/05/2015 en 20:18

    Nadie desea ser una CARGA para los suyos (tampoco Marisa) y por eso a veces sufrimos por ser CUIDADOS. Una vez más aparece aquello de sufrir porque “pienso que pensarán…” y “sufro porque hago sufrir”… aunque realmente no lo se, ni me lo han dicho, ni lo he preguntado pero, lo supongo… y sufro. Y además es verdad lo que dices ¿hay que merecer ser cuidado? ¿quién lo merece?… Difícil.
    Sin embargo, muy pocos viven como CARGA la necesidad de CUIDADO de un ser querido. Y además hay algunos (bichos raros) que la viven como privilegio y como algo que da sentido a su vida: ocuparse de los que amamos…. y no son tan raros porque de esos veo unos cuantos en mi consulta. ¿A ver si es que no va a ser tan raro que CUIDAR NOS ENRIQUECE?

    Curioso también cómo los niños (como Xabi) se permiten ser CUIDADOS sin conciencia de CARGA… y lo viven mejor. ¡Otra vez mas es bueno hacerse niños y niñas!

    Yo no quiero ser CARGA pero, quiero que, cuando lo necesite, me CUIDEN y mientras tanto, CUIDAR aprendiendo cada día de los que cuido.

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