MUJERES DOLORIDAS (Maxi Gutiérrez)

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punto.lilaMujeres doloridas, mujeres nerviosas, mujeres cansadas, mujeres tristes, mujeres todas que acuden a la consulta haciendo preguntas y buscando remedios que solucionen sus dolencias. Estas son las responsables de mi reflexión y las que con su protagonismo han ido configurando un proceso profesional y ahora ya personal, con pocas certezas y muchas intuiciones.

Hoy he encontrado los apuntes que hace 12 años tomé en un congreso nacional de médicos de familia cuando casi nadie hablaba sobre violencia de género. Hablaban de la violencia contra las mujeres como un problema de salud e intentaban desgranar cuál era el papel del sistema sanitario. Busqué, leí, estudié, y hablé de ello con mis compañeras y compañeros. Sonaba curioso, había quienes lo recibían con negación, otros (y otras) con escepticismo. A unos pocos nos produjo preguntas e inquietudes.
Así fue como empezaron a llegar a mi consulta mujeres que finalmente atribuían sus síntomas a situaciones de maltrato por parte de sus parejas (¿casualidad?). He escuchado historias muy duras.
Recuerdo el caso de Patricia de 27 años que acudió con un informe de urgencias por haberse caído de la cama cuando en realidad su novio tras 15 días de convivencia la apaleó hasta dejarla totalmente contusionada.
Dolores, que con sus 69 años tiene que soportar prácticas sexuales no deseables ni placenteras y plantea que ante su incapacidad para seguir soportando y su imposibilidad de romper la situación, pueda existir una pastilla para su marido que alivie sus sufrimientos.
Noelia, una ecuatoriana de 31 años que intentó suicidarse tomando pastillas porque no entendía que su marido le animara a dejar su país y sus hijos para maltratarla.
Acuden con los signos evidentes que su agresor ha dejado marcados pero, todas están siendo heridas en lo que no se ve: la autoestima, su capacidad de desarrollo personal, sus ilusiones, su vida, sus relaciones,… Acuden paralizadas por el miedo, los sentimientos de culpabilidad y la impotencia. Mujeres rotas que alguien se ha empeñado en romper.

Imposible no sentirse conmovido por aquello de lo que uno es testigo directo. Seguramente, una de las situaciones más duras que se pueden dar en la vida de una persona que se dedica profesionalmente a los cuidados médicos es palpar los efectos de la violencia especialmente cuando esa violencia es infringida por otro ser humano.
Imposible no preguntarse el porqué. Comprendí que eran las consecuencias más crueles del poder y control masculino. La máxima expresión de la forma en que esta sociedad nos configura como hombres y lo que se espera de nosotros.
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Y a veces he escuchado la pregunta de por qué las mujeres no denuncian a sus agresores, por qué no se separan,… Yo mismo me he preguntado por qué aguantan tanto.
Es cierto que esta violencia tiene connotaciones muy particulares. El agresor habitualmente presenta una buena imagen que incluso permanece en la memoria de sus vecinos al día siguiente del asesinato.
La propia mujer siente vergüenza por lo que está viviendo. Confesar una situación de violencia no es nada fácil. Y además, ya se ha encargado el maltratador de hacerle entender que ella es la culpable y él sólo se ve obligado.
La amenaza se cierne constantemente, sabe que la próxima puede ser ella.
La violencia cronificada ha llegado al punto en que la mujer ha perdido todas sus relaciones. El se ha encargado de ello con la apariencia de que su nido de amor no se vea roto por el bullicio de familia o conocidos. Puede ser que cuando decida pedir ayuda mire a los lados y no encuentre a nadie.
Y después está el inevitable miedo a cómo afrontar el futuro: economía, trabajo, hijos, relaciones… Quien vive en esta situación sabe que su presente es duro y su futuro más incierto.
No son víctimas agredidas por alguien que se cruza por casualidad en su camino. Su agresor es la persona elegida para construir un proyecto de familia y una vida entera. Aceptar que ese sueño se ha quebrado y lo ha hecho de forma violenta no es fácil. Son agredidas por quien amaron o quizás, siguen amando. Porque en esto de los sentimientos es complicado poner barreras.

Así que, el próximo día, cuando escuches la pregunta “¿por qué aguantan tanto?” no calles porque, el silencio dubitativo o cómplice de los que escuchan puede ser interpretado como “aguantan… porque quieren”. Digamos alguna de estas razones. Sólo una. Será un gran paso para no victimizar a unas mujeres demasiado violentadas.

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5 comentarios sobre “MUJERES DOLORIDAS (Maxi Gutiérrez)

    Agustina escribió:
    25/11/2014 en 21:42

    Fantåstico artículo para el día de hoy. Qué dificil debe ser ver al siguiente paciente después de atender un caso de maltrato como los que cuentas.

      maxigutierrez respondido:
      25/11/2014 en 21:50

      Pues sí. Se encoge el alma.
      Tragar saliva, sacar el pañuelo, respirar profundo… y seguir.
      Es una de las cosas más duras de nuestra profesión pero, el día que no me conmueva una cosa como esta empezaré a preocuparme.

    csolaguibel escribió:
    06/12/2014 en 19:01

    Muy bueno. Gracias Maxi.

    Itziar escribió:
    05/10/2015 en 16:36

    Como verás te acabo de decubrir y este texto me ha emocionado de manera profunda porque trabajo en urgencias y allí se ven “cosas” y se oyen “justificaciones”, allí aprendes a no juzgar, solo tratas de acompañar y escuchar. Gracias

      maxigutierrez respondido:
      05/10/2015 en 22:17

      Es la clave: acompañar y escuchar desde el respeto interviniendo con la intención clara de reconstruir una mujer que ha sido destruída.
      Vuestro papel en urgencias es fundamental. Sólo hace falta una mayor continuidad asistencial y coordinación con la Atención Primaria para ayudar a quien se siente absolutamente vulnerable.

      Me alegro de que el blog te guste, Itziar.

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