MIS MIEDOS COMO ENFERMO EN TIERRA EXTRAÑA (Maxi Gutiérrez)

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Es curioso como la vida a veces nos pone del derecho y del revés, en la cara y en la cruz, en la cima y en la base. Curioso cómo somos unas veces príncipes y otras mendigos, actores y protagonistas, unas veces sanitarios y otras veces pacientes.

Esta vez me ha tocado el rol de paciente. Y yo que he reflexionado, escrito y compartido algunas cosas sobre lo que supone ser inmigrante enfermo, la vida me ha dado la “oportunidad” de vivirlo en carne propia.

Nada grave: una rotura de tendón de Aquiles de mi pierna derecha. Si hay que elegir, mejor que sea algo mecánico aunque eso suponga contactar con el inquietante mundo de la traumatología y los traumatólogos.

Eso sí, nada cerca. Lo más lejos que se puede, en Nueva Zelanda.

Obviaré los detalles de lo que sin duda ha sido la aventura de visitar un país con una sola pierna y que conté en mi blog de viaje para centrarme en lo que es recibir atención sanitaria en tierra extraña.

 

Nueva Zelanda es un país desarrollado con un sistema sanitario bien estructurado al que le fallan los recursos humanos. En una zona de glaciares, en la isla sur, donde hay una afluencia de turismo importante y donde se practican deportes con cierto riesgo, nos ofrecieron atención por una enfermera a veinte minutos de coche o llegar a un hospital comarcal a algo más de dos horas. Por suerte mi situación era buena y el diagnóstico estaba hecho a pesar de las miradas con cierta incredulidad de los responsables de la agencia que organizaba la excursión al glaciar. Pensaba en situaciones peores (siempre uno busca la salida en aquello de “podía haber sido peor”) en el que el dolor o la emergencia podrían requerir de servicios sanitarios cercanos. Finalmente, decidimos buscar un hospital con atención traumatológica para valorar intervención aunque esto supusiera 480 kilómetros y unas cinco horas de viaje.

En este tiempo tuve oportunidad de experimentar miedos diversos. Miedos de quien se sabe enfermo. Miedos de quien se sabe extraño.

El primer miedo es a que te entiendan. En situación de enfermedad uno quiere contar muchas cosas, o al menos yo quería contarlas. Detalles de lo ocurrido, detalles de lo que sentía, síntomas actuales y previos,… todos ellos para ayudar a los profesionales a situarse. También quería participar en la toma de decisiones, creo que soy capaz y además tengo conocimientos para ello. Pero, no iba a poder hacerlo en mi idioma y sentía que una lengua extranjera me impediría concretar detalles y matices. Además mi inglés es muy limitado. Repasaba durante la espera la palabra o la expresión inglesa más adecuada. Suerte que mi compañero de viaje podría hacerlo mucho mejor que yo, también médico de familia y amigo en el que deposito mi total confianza… pero, no dejaba de inquietarme el que no pudiera hacerlo directamente yo.

los miedos a las distorsiones en la comunicación y la impotencia del que quiere colaborar y se enfrenta a la barrera del idioma son terribles.

Experimenté el miedo a conocer la medicina de allí. A qué remedio me propondrían porque en realidad temía que sus criterios discreparan de los criterios conocidos de nuestra medicina desarrollada, avanzada y tecnologizada. Uno no puede olvidarse de su experiencia previa, de lo que siempre ha visto hacer y de lo que tiene archivado como “lo que hay que hacer”.

Y eso que se daban todas las condiciones para no tenerlo: un país occidentalizado, una medicina pública, un hospital en que casi todas las imágenes eran similares a los nuestros. A pesar de todo, el miedo estaba ahí.

También se hizo presente el miedo a los problemas económicos. Cuando llegamos a la puerta de las urgencias un enfermero nos comunicó que sólo que te viera un médico supondría al cambio unos 240€. Y uno no puede dejar de hacer suposiciones y sumar lo que costará el diagnóstico, el ingreso, la intervención… y qué se yo que más. Todo eso sabiéndome con un seguro de viaje y con posibilidades económicas para afrontar el adelanto de una factura. Pienso qué se le pasa a alguien por la cabeza cuando sabe que nunca podrá afrontarlo o que perderá la salud por no tener recursos.

Los que habitualmente tratamos con nuestra sanidad pública borramos de nuestro imaginario el aspecto económico. Vivimos en un mundo mercantilizado, todo tiene un precio, todo se compra o se vende y sin embargo lo hemos hecho desaparecer. Quizás por eso también lo sanitario va perdiendo valor.

Miedo al idioma, miedo a la medicina, miedo al costo, entre otros. Miedos quizás exagerados cuando son vistos con la distancia de que todo ha ido discurriendo por caminos razonables.

Quiero desde aquí agradecer el trato amable, el esfuerzo de comunicación y la sonrisa como paradigma de lo no verbal. Es un gusto escuchar propuestas y poder discutir posibilidades en un clima de respeto. Alivia el que alguien te diga que arreglar los papeleos del seguro no es lo importante, que lo importante es tu salud. Y conmueve el que un sistema sanitario público cubra los accidentes ocurridos en el país incluso a turistas extranjeros.

a5e07399d46242f25e73a64c3117172fTodos debemos reflexionar sobre nuestros propios miedos. Estoy convencido que el miedo quizás sea el arma de mayor destrucción del ser humano. Hay que identificarlos, darles unas vueltas, compartirlos y a veces gritarlos para ser capaces de tirarlos a la basura.

Pero, también es bueno sentirlos para ponernos en la piel de otros que cuando llegan a nuestra consulta tienen esos miedos a flor de piel. Esos y otros mucho más difíciles.

Ojalá que lleguemos a tiempo.

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9 comentarios sobre “MIS MIEDOS COMO ENFERMO EN TIERRA EXTRAÑA (Maxi Gutiérrez)

    Ismael maldonado escribió:
    18/11/2014 en 20:09

    felicidades por vuestro blog muy bien redactado. Interesante conocer otras aventuras fuera de España. Yo escribo en mi blog desde Suecia: http://medicodefamiliaensuecia.blogspot.com
    Saludos

      maxigutierrez respondido:
      18/11/2014 en 20:57

      Gracias, Ismael, por tu comentario, por tu valoración, por compartir pasión por la medicina de familia… y por contarnos tus experiencias suecas. Gracias.

    albertoenblogalta escribió:
    18/11/2014 en 21:50

    Bueno, Maxi. Todos deberíamos pasar por situaciones de fragilidad e indefensión. La empatía después (al menos por un tiempo) se hace más fácil. Se dice que alguno de los mejores programas de Cuidados Paliativos se han dado gracias a que un familiar de un Consejero ha tenido una enfermedad terminal. Sin embargo la contrario no es justificable. Todos sabemos qué es bueno, qué es mejor, y que es malo…
    ¡Ponte bien que te necesitamos al 100%!
    Un abrazo

      maxigutierrez respondido:
      19/11/2014 en 00:42

      Todos hemos pasado o pasaremos por situaciones de fragilidad o indefensión. Lo difícil es cuestionarse, pensar, concluir sobre ello. Aprender, en definitiva. Esto sólo es cosa de unos pocos… y ahí ando yo intentando aprender de esto que me toca ahora. No es fácil.
      En proceso.

    medicopersonal escribió:
    19/11/2014 en 11:13

    Reblogueó esto en Médico Personal.

    Agustina escribió:
    19/11/2014 en 16:07

    Todos, y en todos los trabajos, deberíamos hacer este sano ejercicio: ponernos en otro lugar…ver las cosas desde otra perspectiva diferente. Buenas reflexiones.

      maxigutierrez respondido:
      21/11/2014 en 01:14

      Gracias, Agus. Reflexiones en voz alta ayudadas por la hipo-actividad.
      Seguimos aprendiendo.

    csolaguibel escribió:
    23/11/2014 en 23:32

    Curiosamente es necesario ser muy valiente para expresar abiertamente tus miedos. Como siempre muy interesante y totalmente necesario el ponernos en la piel del otro.

      maxigutierrez respondido:
      25/11/2014 en 02:13

      ¿Valiente? Bueno… todos los conocemos,los sentimos. Mi experiencia es que si los compartimos se transforman en menos miedosos y paralizan menos.

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