EDER TIENE UNA TEORÍA (Alberto Meléndez)

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Eder tiene una teoría. Disparatada cuando menos. Un poco tonta. Iba a decir infantil. Pero claro, Eder tiene 10 años…

Eder se lo ha contado a Nerea, su psicóloga. Bueno, creo que es algo más que eso. Asier le cuenta a Nerea cosas que no le cuenta a nadie. Le confía secretos, o “secretillos”. Comparten ratos de confidencias y algún que otro dolor. Travesuras de niño, dolores de adulto. Y alguna teoría.

Hoy le ha contado a Nerea un descubrimiento. Si te abrazas fuerte fuerte con alguien, tu corazón y sus “venas” se abren, entrando en él de forma inmediata el corazón y las “venas” de la otra persona. “Como las carreteras pequeñas que se abren a una autopista”. Pues así. Y claro, eso “te da una fuerza…”. Es que el hermanito de Eder falleció en sus brazos. En sus últimos momentos, los aitas de Eder (con la sabiduría que sólo da el amor) permitieron ese abrazo. Porque él le daba paz. Porque a ellos les daba paz. Para que se fuera con paz…

el corazón compartido – Los cuentos del hada Jengibre.

Con ese abrazo, Eder siente que se le ensanchó el corazón, que se le abrieron las venas. Que le inunda una fuerza que seguro viene de ahí.

“Ni un catarro en todo el invierno” dice orgulloso. Nerea sonríe. “A lo mejor me ha hecho inmortal, ¿no crees?”, casi grita Eder, un poco provocador. Nerea frunce el ceño. “Eh, no te vengas arriba, Eder…”. Y sonríe.

Y, en el fondo, Nerea sabe que Eder, un poquito, sí ha vencido a la muerte. Y, en el fondo, sabe que los abrazos ensanchan el corazón. Que negar o reprimir abrazos (como nos está pasando) tendrá consecuencias nada buenas. Que corazones y venas, como carreteras, no tienen sentido si no es para abrirse al otro, nutriendo y siendo nutrido. Aunque a veces duela.

Y, en el fondo…

Nerea piensa que, a lo mejor, no es tan descabellada la teoría…

(Esta entrada la he escrito junto con Nerea. Que sabe como nadie de corazones, de abrazos, de vida. Gracias)

Y cuando Eder la ha leído con sus aitas, nos ha pedido que usemos su nombre real. Eder. Que significa “hermoso”. Como su teoría. Como él…

96 DIAS Y 1 EQUIPO (Maxi Gutiérrez)

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“Esto de hoy tienes que escribirlo” me he dicho una y mil veces en estos 96 últimos días. Días de sequedad de la palabra escrita. Días de pensamientos recurrentes imposibles de transformarse en un texto inteligible. Días áridos. Días duros. 

Me he visto zarandeado como cuando la ola te envuelve, te agita y te devuelve a la arena de la playa. Nada me ha sido ajeno.

Aquellos segundos días de Marzo (en los primeros aún reinaba la inconsciencia o quizás mejor el desconocimiento) alguien me dijo “Me extraña. Te veo preocupado”. Y lo estaba, pero nunca supe dar motivo de aquel semblante. Seguramente, en mi cabeza sonaban campanas a muerto.

No fue una ola, fue un tsunami. Hicimos lo que pudimos. Como mejor supimos. Con los medios de cada momento. El resto de la película, con tonos y matices diferentes, la conocemos y la vivimos todos.

Y en mi cabeza resonaba una y otra vez “Haz lo que te toca y lo que sabes hacer, con la mayor profesionalidad y de la mejor forma posible”. Así se lo trasmití a las personas del equipo. Miraban en silencio. Nerviosas. 

“Sin mirar para atrás, ni a los lados. Con pocos cuestionamientos. Hagamos lo que mejor sabemos: escuchar, explorar, tratar y acompañar a nuestra gente. Con todo el cariño que seamos capaces”

96 días más tarde nos reunimos en la misma sala de todos los jueves, con las mismas distancias, cubierto cada cual con su mascarilla y con un poco más de paz en las miradas. Hoy, en el orden del día no hay protocolos, estadísticas ni planes de desescalada. Hoy sólo hay una consigna: hablar de lo que nos ha pasado, de lo que hemos sentido y de lo que hemos vivido en este tiempo.

Y enseguida, comienzan a surgir palabras cargadas de emoción: desconcierto, rabia, perplejidad, miedo, impotencia… Y con las palabras llegan las lágrimas. Lágrimas que se multiplican porque estaban dentro, contenidas y bien apretadas. Lágrimas que afloran porque nos identificamos plenamente con lo que escuchamos en aquella sala. Lágrimas que ahora las mascarillas nos permiten llorarlas con más facilidad.

Detrás de cada intervención hay un aplauso. Espontaneo, sincero y emocionado. Aplauso que me conmueve y me reconforta como aquellos de las ocho de la tarde cuando volvía extenuado.

Por supuesto, también hay palabras de las que curan: agradecimiento, equipo, apoyo, valoración, compromiso… Palabras que engrandecen el alma y hacen que esta maldita pesadilla se vea recompensada por la sensación del trabajo bien hecho.

Salimos de la sesión un poco más recompuestos, un poco más personas, un poco más profesionales. Parece que las mascarillas empañadas dejan ver mejor la sonrisa y la satisfacción de lo que hemos hecho.

Estoy orgulloso de este equipo.

96 días para poder escribir.

Me levanto empapado sobre la arena húmeda de la playa. Me sacudo. Me reviso. Estoy entero. Cambiado, pero entero.

VIVO SANO. DE SALUD Y LIBERTAD (Alberto Meléndez)

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La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud como: “El estado completo de bienestar físico, mental y social de una persona, y no solo la ausencia de enfermedad”. Así, según la OMS, para estar sano no sólo debes tener “ausencia de enfermedad” sino que además debes encontrarte completamente bien en lo físico, en lo mental y en lo social. Parece por tanto que la vida sana no es una meta fácil. Y la muerte sería por tanto la culminación de la no-salud. El compendio de todos los malestares. El fin absoluto del bienestar que merecemos y al que aspiramos. Salud, el objetivo. Y su antítesis la muerte

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Después de esta introducción me presento. Soy Alberto Meléndez, médico, y me dedico a la salud en la muerte. Sí. En eso trabajo desde hace casi 18 años. Intento que las personas a las que acompañamos en su fase final de vida mueran con salud.

Honestamente quizá no sean 18 años. Quizá sean muchos menos. No tengo claro cuándo descubrí que se podía morir con salud. No recuerdo cuando se hizo visible en mí que era posible acabar esta vida de forma plenamente saludable. No fue un momento, una revelación, no fue un fogonazo de luz. Pero hubo un antes y un después.

Morir sano es morir libre.

Libre de la necesidad de estar en ese “completo bienestar físico, mental y social”. Libre, por entender que esos malestares forman parte de la vida, de mi vida. Como la noche del día.

Libre de la obligación de no tener “alguna enfermedad”. Constatando que una persona sin enfermedad es una persona insuficientemente estudiada por la medicina. Que la ciencia médica y social ha conseguido que creamos que todo malestar, que toda alteración de la normalidad estadística, tiene un nombre en forma de enfermedad o síndrome que puede y debe ser estudiado y tratado.

Libre para aceptar la limitación de la edad. Libre de la esclavitud de ser eternamente joven, de “hacer” cosas sin límite, de simular ser lo que no soy.

Libre para vivir valorando y creyendo firmemente en las capacidades propias para adaptarme a los cambios a la vez que busco y aprecio las energías del otro para caminar juntos.

Libre en fin de la ciencia que defiende que la muerte es el producto de diferentes alteraciones evitables. Libre de creer que morir será un accidente fatal en mi camino (del que mejor no hablar…) en vez de entender que forma parte esencial de este trayecto.

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Y  en estos más de 18 años más de una vez, de dos y de tres, me he encontrado personas que habían aceptado su enfermedad y las limitaciones que le producían. No con resignación sino con la aceptación que da la confianza. Personas que han encontrado en ellos mismos recursos para adaptarse. Y han celebrado poder ser cuidados por sus seres queridos. Y han sido ancianos, pero también niños. Y creyentes. Y ateos…

 

Y se han muerto sanos. Porque han vivido sanos. Porque han vivido LIBRES.

 

(Este post ha sido publicado también en el blog http://www.vivosano.org, de la Fundación Vivo Sano con quién tengo el privilegio de colaborar).

 

 

 

 

 

 

SER TOCADOS (Maxi Gutiérrez)

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Rosa entra silenciosa. Cabizbaja. Parece arrastrar su cuerpo hasta sentarse. Y dice: “¡Ni se levantó de la silla! ¡Ni me tocó!… (Silencio)”. Esa sutil diferencia entre el sentimiento de abatimiento, tristeza y frustración se conjugaba perfectamente en aquel cuerpo de mujer. Se imponía el silencio.

Rosa consultó hace cuatro largos meses por un dolor que desde el cuello, se irradia por toda la extremidad superior hasta los dedos de la mano.

Tuvieron que pasar unas semanas para que escuchara a su cuerpo, aunque yo ya lo había repetido: “te aconsejo parar ritmos, silenciar los estresores y avanzar con una marcha más corta”. Difícil tarea para cualquiera, pero más si eres mujer, madre de dos hijos en plena adolescencia, hija de madre en proceso de demencia y profesional coordinadora de un equipo humano con altas responsabilidades. Cualquiera nos resistiríamos.

Los analgésicos y los tratamientos fisioterápicos no fueron suficientes para calmar aquel calambre que producía sensaciones extrañas en los dedos. Aceptar la incapacidad laboral fue el siguiente paso. Otro punto difícil que se hizo imprescindible. Poner en orden los asuntos de la vida familiar no ha sido tan sencillo como firmar el parte de baja. Hay que hacer concesiones, demorar asuntos, trasladar responsabilidades y pedir ayuda. Pedir ayuda cuesta, cuesta mucho.

Así han ido pasando las semanas: con mejorías alternantes y con desesperaciones cronificadas. Con escaladas analgésicas, conversaciones para entender el proceso y radiologías que intentan poner imagen a lo que no se ve en las vértebras cervicales.

Las alteraciones de la sensibilidad se instauraron de forma permanente y aquello pedía ser derivada al especialista en traumatología para poder poner luz entre tanta incertidumbre.

Y ese fue el resumen de la visita hospitalaria:

  • “¡Ni se levantó de la silla! ¡Ni me tocó!”.

Palabras que ponían fin a la expectativa de que ese que sabe mucho haga algo por mí más allá de solicitar una prueba de imagen más específica para lo mío. El cóctel esta servido: abatimiento, tristeza y frustración. Lo digerimos como pudimos e intentamos poner la esperanza de mejoría en otros lugares fuera de aquella consulta que, siendo correcta fue un desastre.

 

En nuestras relaciones sociales nos saludamos con el tímido apretón de manos, el contacto entre ambas mejillas o si la relación lo permite, el beso -apasionado en mayor o menor medida- o el abrazo largo y caluroso de los que se encuentran en el andén de larga distancia. ¿Por qué? porque necesitamos sobrepasar el contacto visual o verbal para establecer una relación corporal que nos sitúe en otro plano.

De esa misma manera, el síntoma después de ser expresado necesita ser comprobado. Para verificar la realidad, nada como buscar y tocar el punto de dolor. Confirmar el lugar anatómico y explorar cómo se ve afectado por la movilidad o por la presión. El síntoma necesita ser tocado.

Y así, muchos pacientes entienden que la conexión se ha producido y que está más cerca la solución o el ansiado alivio. Las personas necesitan ser tocadas.

Hace unos días una amiga me confesaba cómo todo su anhelo en la cama de la UCI era ser tocada, tocada por piel humana. Imaginaba entre sueños narcóticos como las rugosidades de la sábana se transformaban en aquella mano amiga que masajea el cuerpo postrado. Cómo pedía a las auxiliares que se quitaran los guantes después de ayudarle a cambiar de postura y rozaran su piel desnuda.

El paciente necesita que le toquen, aunque el profesional no tenga necesidad de tocar porque sabe lo que va a encontrar o porque conoce que aquello es un lugar inaccesible o un síntoma inespecífico. Una prueba radiológica o una analítica sanguínea pueden acercar un diagnóstico, pero nunca sustituir al profesional que explora, los dedos que tocan o la mano que acaricia.

Mucho más si lo que está sufriendo es el alma. La angustia o el llanto reclaman la mano amiga que sostiene o los brazos que rodean.

A veces hay que levantarse de la silla y aprovechar la cercanía para tocar la profundidad de la dolencia, sentarse junto a la cama o la camilla y fusionar las pieles para iniciar el proceso terapéutico.

 

 

 

 

SER MIRADOS (Maxi Gutiérrez)

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Lunes. Ocho de la mañana. En el listado de paciente dados de alta en el hospital aparece el nombre de Tatiana. Ni rastro de informe. Buceo en la historia: ingreso programado tras quimioterapia para intervención, UCI en un postoperatorio complicado y casi un mes de estancia en el hospital. Cáncer, metástasis, exéresis e intervención de varios servicios para atender sus múltiples patologías.

Nunca hemos visto a Tatiana en nuestro centro de salud a pesar de su considerable edad. Son de esas adquisiciones que llegan con las maletas repletas y se bajan del tren en marcha.

La enfermera llama, detecta varias necesidades y decidimos visitar juntos a Tatiana al final de la mañana.

 

Llegamos al domicilio. Todo correcto, pero todo extraño. No hay familia, hay compañeros. No hay hogar, hay habitación.

Miro a Tatiana, sonríe. Nos sentamos junto a la cama y empezamos esas conversaciones de los que nunca se han visto y se cuentan sus historias. Una vida larga, cuatro hijos, exilio y búsqueda de refugio hace apenas dos años en España, enfermedad reciente y periplo por batas blancas. Una vida.

– Estoy bien -dice, sin perder la sonrisa- Contenta y agradecida de que esto me haya pasado aquí. Débil, pero ya me recuperaré.

Dolor contralado, deposición puntual, sueño difícil. Exploramos lo conocido de la enfermedad. Provocamos preguntas que hoy al menos, no se pronuncian en alto. Raquel cura la herida y limpia la vía con exquisito cuidado mientras Tatiana sigue con esa temerosa sonrisa. Y la continuidad…

-¿Cuándo tienes consulta? -pregunto-

-Mañana

-Y ¿cómo vas a ir al hospital?

-Mi hijo ha conseguido una silla de ruedas. Hay un autobús y…

Miro a la calle. Llueve.

-Vamos a ver si podemos ponerte una ambulancia.

-Gracias, de verdad, gracias

(silencio…)

-¿Gracias? ¿Gracias por qué, Tatiana?

-Por mirarme.

Voy camino de casa pensando en la mirada de esa mujer postrada que sonríe y agradece haber sido mirada. ¿Cuántas otras miradas durante esa mañana me pasaron desapercibidas o cuántas rehuí?

Los pacientes antes de ser cuidados, antes de ser atendidos necesitan ser mirados. Que me miren y me reconozcan es una necesidad que todas y todos tenemos. Ser mirado es la mínima dignidad que cualquier persona puede pedir de otro que se acerca. Ser reconocido es el primer paso para poder establecer una relación. Sostener la mirada es la puerta de entrada para descubrir al ser humano que tienes enfrente.

Y para mirar… para mirar hay que frenar. Las inercias y los automatismos de cada día me llevan a saltar a las personas y ponerme tres pasos por delante. ¡Hay que frenar!.

Pareciera que la debilidad de Tatiana le hubiera dejado muchas veces al margen del camino. Pareciera haber pasado desapercibida en demasiadas ocasiones. Y hoy, he frenado, nos hemos encontrado y se ha sentido mirada.