TIENE NOMBRE DE REINA (Alberto Meléndez)

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Hoy es el Día Mundial de los Cuidados Paliativos. #mycaremyconfort Mi Cuidado Mi confort. Y quiero hablaros de ella.

Tiene nombre de Reina. Y porte de Reina. La cuidan “como a una Reina”. No lleva corona, pero su regia cabecita está coronada por cabellos plateados que en nada envidian a las joyas…

Porque tiene nombre de Reina. Pero no de esas Reinas de las revistas o de los telediarios. Tiene nombre de Reina Maga. De las que sirven, cuidan, aman… De las que viajan lo que haga falta para servir de rodillas al que más lo necesite. De esas que no se sorprenden de los milagros diarios que brotan a su alrededor. Milagros que no se compran. Que se comparten y crecen.

Tiene nombre de Reina. Y su trono ahora es una cama eléctrica desde donde reina con la misma paz que lo hacía en su castillo. Porque sus hijos y demás siervos han adecuado esta habitación del Hospital para que siga reinando también ahora, también en su despedida.

Reyes Magos - Wikipedia, la enciclopedia libre

No ha sido fácil, no. Ella es Reina, pero su Reino no es de este mundo, de este Estado, de este Sistema.

Rígidos protocolos amenazan de vez en cuando sus privilegios regios. Pero todo es posible cuando eres Reina; sobre todo cuando tu reinado no es de orden o de mando, sino de petición amable y sonrisa.

Tiene nombre de Reina. No quiere tubos, ni pruebas, ni cantos. Sí quiere caricias, palabras susurradas, oraciones nocturnas leídas una y otra vez escuchadas como si fuera la primera…

Tiene nombre de Reina y se está marchando. Sigue a su estrella, disfrutando el camino pero anhelando la meta. Deja un gran legado, herederos de inmaculada frescura y sabio consejo. Que continuarán su reinado para que siervos como nosotros podamos seguir trabajando, escribiendo, viviendo… Cuidando.

Es el día mundial de los cuidados paliativos. Y ella tiene nombre de Reina. Pero su Reino no es de este Mundo.

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A PROPÓSITO DE ABRAZOS… (Colaboración de María Aparicio)

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Hoy Fátima me ha pedido que le diera un abrazo. Fátima es la mujer de John. Fátima es portuguesa, pero vivió de pequeña en España y de joven inmigró para Reino Unido.

Yo soy española, viví en Portugal y hace unos pocos años, no tan joven, inmigré también para Reino Unido. Rápidamente hay empatía, compasión o conexión que facilita la relación terapéutica, donde la comunicación fluye suavemente al compás de las 3 lenguas y de lo mucho que las culturas unen. 

Hoy, domingo, día 3 de Mayo, fui a visitarles en horario de urgencia. John esta malito, viviendo sus últimas horas con el maravilloso y acogedor apoyo de su mujer y de su hija. Me pongo toda la parafernalia del EPI: mascarillas, lo de los pies, el delantal, los guantes…

Visita fácil: esta tranquilo, le doy SOS porque tiene más secreciones, aumento un poco la medicación del infusor, refuerzo y enseño cómo hacer higiene oral. Le reitero que no está solo, que está en su casa rodeado de los suyos. Y que los suyos le quieren y quedarán bien. 

Me siento con Fátima y con su hija. Aunque hemos mantenido el apoyo telefónico, ya hacía que no nos veíamos. Maldita pandemia.  Las palabras sobran. Refuerzo lo bien que lo están cuidando. La lengua y la pasión de la sangre española dominan. Ya está todo dicho. Me muestran con cariño las fotos de la boda de ésta, su única hija, que adelantaron para que John pudiera asistir: ¡Que orgullo de momento! 

Me despido. Me quito la dichosa parafernalia del EPI ya en la puerta. Me vuelvo a despedir. 

Fátima me dice: “Anda Maria, dame un abrazo!”. El alma se me encoge y se me rompe a pedacitos pequeños y se me caen todos al suelo… En mi cabeza hacen eco las palabras de mi jefe seriamente mirándome a los ojos: “nada de abrazos, ni besos, ni apretones de manos…y distancia social”

“Fátima… no puedo…” 

“¡Ay! ¡Es verdad! ¡Perdona!“

Me voy. (Le he dado un abrazo inventado que es básicamente un restriego de espaldas). Pero me voy destrozada, sin alma, con el corazón encogido y con lágrimas que no paran de caer mientras conduzco de vuelta. Y que vuelven a caer cada vez que recuerdo el momento…

¡Maldita pandemia!

John murió esa noche. Las dos lo sabíamos.

Le debo ese abrazo. Y los que hagan falta. (Bueno, y tomarme un vino y un queso con ella). Me he prometido que nunca más niego un abrazo.  Porque un abrazo pedido y negado es peor que cualquier virus y duele más que un puñetazo. 

Porque todavía no me he perdonado por ese abrazo no dado. 

Abrazos. Abraza. Déjate abrazar. Vuelve a abrazar. Abrazos.

Con mascarilla. Pero ABRAZA. 

Fotos gratis : persona, chico, juntos, niños, fotografía, Hermanos ...

(María Aparicio es amiga y enfermera que trabaja en St Christopher´s Hospice de Londres. Al leer la entrada que le precede nos envió este sincero relato que hemos querido incluirlo como la colaboración que sintoniza con una manera de hacer. Se trata de un relato real con nombres reales que los protagonistas han aceptado que así fuera. Gracias María. Profesionales como tú sois imprescindibles)

EDER TIENE UNA TEORÍA (Alberto Meléndez)

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Eder tiene una teoría. Disparatada cuando menos. Un poco tonta. Iba a decir infantil. Pero claro, Eder tiene 10 años…

Eder se lo ha contado a Nerea, su psicóloga. Bueno, creo que es algo más que eso. Asier le cuenta a Nerea cosas que no le cuenta a nadie. Le confía secretos, o “secretillos”. Comparten ratos de confidencias y algún que otro dolor. Travesuras de niño, dolores de adulto. Y alguna teoría.

Hoy le ha contado a Nerea un descubrimiento. Si te abrazas fuerte fuerte con alguien, tu corazón y sus “venas” se abren, entrando en él de forma inmediata el corazón y las “venas” de la otra persona. “Como las carreteras pequeñas que se abren a una autopista”. Pues así. Y claro, eso “te da una fuerza…”. Es que el hermanito de Eder falleció en sus brazos. En sus últimos momentos, los aitas de Eder (con la sabiduría que sólo da el amor) permitieron ese abrazo. Porque él le daba paz. Porque a ellos les daba paz. Para que se fuera con paz…

el corazón compartido – Los cuentos del hada Jengibre.

Con ese abrazo, Eder siente que se le ensanchó el corazón, que se le abrieron las venas. Que le inunda una fuerza que seguro viene de ahí.

“Ni un catarro en todo el invierno” dice orgulloso. Nerea sonríe. “A lo mejor me ha hecho inmortal, ¿no crees?”, casi grita Eder, un poco provocador. Nerea frunce el ceño. “Eh, no te vengas arriba, Eder…”. Y sonríe.

Y, en el fondo, Nerea sabe que Eder, un poquito, sí ha vencido a la muerte. Y, en el fondo, sabe que los abrazos ensanchan el corazón. Que negar o reprimir abrazos (como nos está pasando) tendrá consecuencias nada buenas. Que corazones y venas, como carreteras, no tienen sentido si no es para abrirse al otro, nutriendo y siendo nutrido. Aunque a veces duela.

Y, en el fondo…

Nerea piensa que, a lo mejor, no es tan descabellada la teoría…

(Esta entrada la he escrito junto con Nerea. Que sabe como nadie de corazones, de abrazos, de vida. Gracias)

Y cuando Eder la ha leído con sus aitas, nos ha pedido que usemos su nombre real. Eder. Que significa “hermoso”. Como su teoría. Como él…

96 DIAS Y 1 EQUIPO (Maxi Gutiérrez)

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“Esto de hoy tienes que escribirlo” me he dicho una y mil veces en estos 96 últimos días. Días de sequedad de la palabra escrita. Días de pensamientos recurrentes imposibles de transformarse en un texto inteligible. Días áridos. Días duros. 

Me he visto zarandeado como cuando la ola te envuelve, te agita y te devuelve a la arena de la playa. Nada me ha sido ajeno.

Aquellos segundos días de Marzo (en los primeros aún reinaba la inconsciencia o quizás mejor el desconocimiento) alguien me dijo “Me extraña. Te veo preocupado”. Y lo estaba, pero nunca supe dar motivo de aquel semblante. Seguramente, en mi cabeza sonaban campanas a muerto.

No fue una ola, fue un tsunami. Hicimos lo que pudimos. Como mejor supimos. Con los medios de cada momento. El resto de la película, con tonos y matices diferentes, la conocemos y la vivimos todos.

Y en mi cabeza resonaba una y otra vez “Haz lo que te toca y lo que sabes hacer, con la mayor profesionalidad y de la mejor forma posible”. Así se lo trasmití a las personas del equipo. Miraban en silencio. Nerviosas. 

“Sin mirar para atrás, ni a los lados. Con pocos cuestionamientos. Hagamos lo que mejor sabemos: escuchar, explorar, tratar y acompañar a nuestra gente. Con todo el cariño que seamos capaces”

96 días más tarde nos reunimos en la misma sala de todos los jueves, con las mismas distancias, cubierto cada cual con su mascarilla y con un poco más de paz en las miradas. Hoy, en el orden del día no hay protocolos, estadísticas ni planes de desescalada. Hoy sólo hay una consigna: hablar de lo que nos ha pasado, de lo que hemos sentido y de lo que hemos vivido en este tiempo.

Y enseguida, comienzan a surgir palabras cargadas de emoción: desconcierto, rabia, perplejidad, miedo, impotencia… Y con las palabras llegan las lágrimas. Lágrimas que se multiplican porque estaban dentro, contenidas y bien apretadas. Lágrimas que afloran porque nos identificamos plenamente con lo que escuchamos en aquella sala. Lágrimas que ahora las mascarillas nos permiten llorarlas con más facilidad.

Detrás de cada intervención hay un aplauso. Espontaneo, sincero y emocionado. Aplauso que me conmueve y me reconforta como aquellos de las ocho de la tarde cuando volvía extenuado.

Por supuesto, también hay palabras de las que curan: agradecimiento, equipo, apoyo, valoración, compromiso… Palabras que engrandecen el alma y hacen que esta maldita pesadilla se vea recompensada por la sensación del trabajo bien hecho.

Salimos de la sesión un poco más recompuestos, un poco más personas, un poco más profesionales. Parece que las mascarillas empañadas dejan ver mejor la sonrisa y la satisfacción de lo que hemos hecho.

Estoy orgulloso de este equipo.

96 días para poder escribir.

Me levanto empapado sobre la arena húmeda de la playa. Me sacudo. Me reviso. Estoy entero. Cambiado, pero entero.

VIVO SANO. DE SALUD Y LIBERTAD (Alberto Meléndez)

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La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud como: “El estado completo de bienestar físico, mental y social de una persona, y no solo la ausencia de enfermedad”. Así, según la OMS, para estar sano no sólo debes tener “ausencia de enfermedad” sino que además debes encontrarte completamente bien en lo físico, en lo mental y en lo social. Parece por tanto que la vida sana no es una meta fácil. Y la muerte sería por tanto la culminación de la no-salud. El compendio de todos los malestares. El fin absoluto del bienestar que merecemos y al que aspiramos. Salud, el objetivo. Y su antítesis la muerte

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Después de esta introducción me presento. Soy Alberto Meléndez, médico, y me dedico a la salud en la muerte. Sí. En eso trabajo desde hace casi 18 años. Intento que las personas a las que acompañamos en su fase final de vida mueran con salud.

Honestamente quizá no sean 18 años. Quizá sean muchos menos. No tengo claro cuándo descubrí que se podía morir con salud. No recuerdo cuando se hizo visible en mí que era posible acabar esta vida de forma plenamente saludable. No fue un momento, una revelación, no fue un fogonazo de luz. Pero hubo un antes y un después.

Morir sano es morir libre.

Libre de la necesidad de estar en ese “completo bienestar físico, mental y social”. Libre, por entender que esos malestares forman parte de la vida, de mi vida. Como la noche del día.

Libre de la obligación de no tener “alguna enfermedad”. Constatando que una persona sin enfermedad es una persona insuficientemente estudiada por la medicina. Que la ciencia médica y social ha conseguido que creamos que todo malestar, que toda alteración de la normalidad estadística, tiene un nombre en forma de enfermedad o síndrome que puede y debe ser estudiado y tratado.

Libre para aceptar la limitación de la edad. Libre de la esclavitud de ser eternamente joven, de “hacer” cosas sin límite, de simular ser lo que no soy.

Libre para vivir valorando y creyendo firmemente en las capacidades propias para adaptarme a los cambios a la vez que busco y aprecio las energías del otro para caminar juntos.

Libre en fin de la ciencia que defiende que la muerte es el producto de diferentes alteraciones evitables. Libre de creer que morir será un accidente fatal en mi camino (del que mejor no hablar…) en vez de entender que forma parte esencial de este trayecto.

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Y  en estos más de 18 años más de una vez, de dos y de tres, me he encontrado personas que habían aceptado su enfermedad y las limitaciones que le producían. No con resignación sino con la aceptación que da la confianza. Personas que han encontrado en ellos mismos recursos para adaptarse. Y han celebrado poder ser cuidados por sus seres queridos. Y han sido ancianos, pero también niños. Y creyentes. Y ateos…

 

Y se han muerto sanos. Porque han vivido sanos. Porque han vivido LIBRES.

 

(Este post ha sido publicado también en el blog http://www.vivosano.org, de la Fundación Vivo Sano con quién tengo el privilegio de colaborar).